Moda: un canal para lavar fondos, no para dar ganancias

Desde hace por lo menos treinta años, la gran moda –vestimenta, adminículos- persigue obsesivamente ganancias, no buen gusto. Pero también las esconde, paga en negro y lava millones vía los “off shore” más tradicionales y discretos.

Pero hoy el cuadro se complica. “Tras endiosar durante mucho tiempo a diseñadores famosos que pierden plata, los empresarios del negocio comienzan a ajustarles clavijas a nombres legendarios”. Así señala el “Wall Street Journal” en su página frívola. Por de pronto, al austríaco Helmut Lang –viste a Maria Shriver porque fue amigote de Arnold Schwarzenegger en sus tiempos heroicos- acaba de renunciar a su apellido. A su marca, mejor dicho.

Lang queda en manos de PradaGroup (con sede ostensible en Holanda o sus posesiones). O sea, del italiano Patrizio Bertelli, hombre afecto a las cuentas numeradas. ¿Qué pasó? Simple: el admirador de atletas nunca obtuvo ganancias desde que Bertelli le compró la firma, hace casi seis años. En 2004, vendió por menos de US$ 40 millones.

En general, la industria de la moda –o sea, su parte fabril, comercial y financiera- ha malgastado insumos, fondos y esfuerzos para rescatar de la decadencia a “marcas nuevas”. Esto significa las docenas de advenedizas que saltaron de pronto a la fama en el auge de los años 90. Esto incluye muchas marcas de perfune con nombre de deportistas, actores o actrices y simples portadores de apellido. Casos como Paloma Picasso, Gala (Dalí), Maradona o Gabriela Sabatini son típicos.

Louis Vuitton-Moët-Hennessy (LVMH), el mayor grupo mundial de bienes suntuarios, encara hoy la venta de Christian Lacroix y por lo menos dos marcas de licores, porque también dan pérdida, “Si Bernard Arnault vende, es que surge una tendencia capaz de causar muchas bajas”, apunta la analista sectorial Alexandra Galloni aludiendo al jefe de LVMH.

Gucci, otro grupo registrado como SA holandesa (NV), lo cual significa Aruba, Curazao y otras islas aptas para filtrar fondos grises, todavía asegura que no piensa vender marcas ni activos. Pero algunos malos balances contradicen a su presidente ejecutivo, Robert Polet: la firma presiona a las marcas menos rentables para que mejoren, so pena de ir a la venta. En su caso, hay un nombre que tiene más de 85 años, Balenciaga (Gucci lo tomó en 2001), cuyo modista –Nicolas Ghesquière- hace mucho ruido en las presentaciones, pero no logra convertirlo en ingresos.

A criterio de algunos expertos norteamericanos e italianos, parte del problema nació en una “loca diversificación” que lleva veinte años o más. Marcas como Balenciaga, Jean Cartier o Ives Saint-Laurent han añadido a la vestimenta perfumes y una serie de artículos lujosos tal vez excesiva. La proliferación de fragancias masculinas muy similares entre sí –aun en diseño de envases y publicidad-, estos últimos años, diluye la diferenciación, aunqque no consigue sacarles mercado a perfumes tradicionales.

Por supuesto, la dimensión financiera internacional del negocio no se compara con la de sectores tecnológicos, el acero, el petróleo ni los automotores. Pero, por ejemplo, PradaGroup factura anualmente unos € 1.500 millones (US$ 2.000 millones) y LVMH casi 50% más. Entretanto, la actividad no consigue salir de la recesión iniciada hace cuatro años, que ha postergado ya tres veces la salida de PradaGroup a la bolsa.

Esta situación agudiza viejas costumbres contables del negocio. Desde pagar en negro adicionales a cotizadas modelos hasta evadir impuestos instalándose en plazas extraterritoriales como las holandesas, Suiza, Luxemburgo, Guernsey, etc. Algunos especialistas atribuyen parte del desinfle actual a un exceso que data de los 90: colecciones de modelos –para ambos sexos- imposibles de usar en la vida cotidiana, aun de ricos y famosos. Su expresión extrema es el “mamarrachismo” tipo Versace, que ha copado la moda italiana y sus pobres copias sudamericanas. Si bien Argentiona fue pionera, hace 40 años, con los diseños de Ante Garmaz.

Pero hoy el cuadro se complica. “Tras endiosar durante mucho tiempo a diseñadores famosos que pierden plata, los empresarios del negocio comienzan a ajustarles clavijas a nombres legendarios”. Así señala el “Wall Street Journal” en su página frívola. Por de pronto, al austríaco Helmut Lang –viste a Maria Shriver porque fue amigote de Arnold Schwarzenegger en sus tiempos heroicos- acaba de renunciar a su apellido. A su marca, mejor dicho.

Lang queda en manos de PradaGroup (con sede ostensible en Holanda o sus posesiones). O sea, del italiano Patrizio Bertelli, hombre afecto a las cuentas numeradas. ¿Qué pasó? Simple: el admirador de atletas nunca obtuvo ganancias desde que Bertelli le compró la firma, hace casi seis años. En 2004, vendió por menos de US$ 40 millones.

En general, la industria de la moda –o sea, su parte fabril, comercial y financiera- ha malgastado insumos, fondos y esfuerzos para rescatar de la decadencia a “marcas nuevas”. Esto significa las docenas de advenedizas que saltaron de pronto a la fama en el auge de los años 90. Esto incluye muchas marcas de perfune con nombre de deportistas, actores o actrices y simples portadores de apellido. Casos como Paloma Picasso, Gala (Dalí), Maradona o Gabriela Sabatini son típicos.

Louis Vuitton-Moët-Hennessy (LVMH), el mayor grupo mundial de bienes suntuarios, encara hoy la venta de Christian Lacroix y por lo menos dos marcas de licores, porque también dan pérdida, “Si Bernard Arnault vende, es que surge una tendencia capaz de causar muchas bajas”, apunta la analista sectorial Alexandra Galloni aludiendo al jefe de LVMH.

Gucci, otro grupo registrado como SA holandesa (NV), lo cual significa Aruba, Curazao y otras islas aptas para filtrar fondos grises, todavía asegura que no piensa vender marcas ni activos. Pero algunos malos balances contradicen a su presidente ejecutivo, Robert Polet: la firma presiona a las marcas menos rentables para que mejoren, so pena de ir a la venta. En su caso, hay un nombre que tiene más de 85 años, Balenciaga (Gucci lo tomó en 2001), cuyo modista –Nicolas Ghesquière- hace mucho ruido en las presentaciones, pero no logra convertirlo en ingresos.

A criterio de algunos expertos norteamericanos e italianos, parte del problema nació en una “loca diversificación” que lleva veinte años o más. Marcas como Balenciaga, Jean Cartier o Ives Saint-Laurent han añadido a la vestimenta perfumes y una serie de artículos lujosos tal vez excesiva. La proliferación de fragancias masculinas muy similares entre sí –aun en diseño de envases y publicidad-, estos últimos años, diluye la diferenciación, aunqque no consigue sacarles mercado a perfumes tradicionales.

Por supuesto, la dimensión financiera internacional del negocio no se compara con la de sectores tecnológicos, el acero, el petróleo ni los automotores. Pero, por ejemplo, PradaGroup factura anualmente unos € 1.500 millones (US$ 2.000 millones) y LVMH casi 50% más. Entretanto, la actividad no consigue salir de la recesión iniciada hace cuatro años, que ha postergado ya tres veces la salida de PradaGroup a la bolsa.

Esta situación agudiza viejas costumbres contables del negocio. Desde pagar en negro adicionales a cotizadas modelos hasta evadir impuestos instalándose en plazas extraterritoriales como las holandesas, Suiza, Luxemburgo, Guernsey, etc. Algunos especialistas atribuyen parte del desinfle actual a un exceso que data de los 90: colecciones de modelos –para ambos sexos- imposibles de usar en la vida cotidiana, aun de ricos y famosos. Su expresión extrema es el “mamarrachismo” tipo Versace, que ha copado la moda italiana y sus pobres copias sudamericanas. Si bien Argentiona fue pionera, hace 40 años, con los diseños de Ante Garmaz.

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