Irlanda trata de forzar el renacimiento del erso

Una ley cambió la toponimia del inglés al erso en el tercio occidental de la isla. Amén de poco práctico, eso puede crear problemas en un país donde la gente habla casi exclusivamente inglés. Y lo hace muy bien, de paso.

Desde este mes, unas 2.300 localidades en el oeste de Erin abandonan la grafía inglesa y retornan a la gaélica, especialmente en señalizaciòn, documentos oficiales y manuales escolares. En Argentina, donde creen que Patricio (Padraig) es el santo de la cerveza tipo alemán, la colectividad irlandesa –que no habla la lengua celta- parece no haberse enterado del dislate dispuesto desde Dublin (mejor dicho, Baile átha cliath).

El caso es que la vieja obsesión contra Inglaterra y siglos de dura férula son fenómenos sociales y políticos, no lingüísticos. En cuanto a la ley -data de 2003 pero recién se aplica desde ahora-, fue una victoria del oeste, o sea del Gaeltacht (la ch se pronuncia como jota rioplatense). Vale decir, el litoral atlántico de Donegal (Dhun na nGall) a Cork (Choircai). Desde ahora, Mayo es Maigh, Galway es Gailimh y Kerry es Chiarrai. Salvo Donegal (Ulster histórico), el resto se divide entre dos de los antiguos reinos, Connaught y Munster. El oriental, Leinster, es casi 100% anglófono.

Como en inglés, aunque por otras razones, ninguna de esas grafías refleja la pronunciación del gaélico actual y debieran adaptarse a la realidad fonética. Resulta irónico que “Donegal” o “Galway” suenen mucho más cerca de lo real que las formas autóctonas. En efecto, la grafía del erso, pese a dos reformas en los siglos XIX y XX, continúa atada a la fase medieval tardía. Por el contrario, el galés –otro idioma celta, pero de distinto grupo, sigue siendo hablado por la mitad de Gales, aunque el dominio inglés sobre el principado se haya consolidado dos siglos antes que en Irlanda.

Tras siglos de coexistir con las formas inglesas, las nativas las excluyen, con lo cual la señalización verbal (topónimos) les crea ya serios problemas a irlandeses no familiarizados con el gaélico (son mayoría en casi toda la isla) y extranjeros. Entre ellos, los visitantes de ese origen provenientes de Estados Unidos, Canadá y Argentina (éstos ya ni siquiera usan el inglés).

Se supone que, en los cinco condados occidentales, el gaélico goza de vigencia, aunque la población sea totalmente bilingüe. Pero el cuadro general es muy distinto: aunque 35% de los ersos afirme conocer la lengua, apenas 60.000 habitantes sobre cuatro millones (1,5%) la hablan y escriben. La disparidad entre el oeste y toda la isla es fácil de explicar: los cuatro condados tienen muy baja densidad de población.

Los líos no acaban ahí porque, aun en el oeste, existen muchos villorios que habían olvidado hace siglos el nombre celta. Por ejemplo Dunquinn o Ventry, hoy rebautizados Dun chaoin y Ceantra. Por supuesto, Sean o’Cuireeain, “colmisineir teanga” (comisionado de lengua), festeja con whiskey. Perdón, uisghe baugh. Lo mismo hace Donald Martin, director de la agencia promotora del idioma.

Ambos y los fanáticos del Gaeltacht ignoran la propia historia social de Erin, en aras de un sueño que remite a antes del siglo XIII. Más aún, tratan de resucitar una lengua que dejó de hablarse, salvo en media docena de pueblos, a mediados del siglo XIX. Cuando la Irlanda católica recobró la independencia en 1922 –salvo el Ulster oriental, todavía británico y protestante-, todos hablaban inglés. Proclamas, documentos y literatura de los movimientos rebeldes estaban en inglés.

Hace unos 70 años, fracasó inclusive un intento “antipapista” en Belfast, cifrado en difundir el gaélico de Escocia. Ahí quedó en evidencia otra travesura de la historia. Cuando los ocupantes ingleses trataron a arrinconar a los irlandeses de Ulster, transplantaron escoceses protestantes. La antigua lengua de éstos era, a su vez, fruto de la colonización ersa en los siglos V a X. Mucho después, los “gael” se hicieron protestantes y “rebotaron” al norte de Irlanda: los condados orientales de Ulster son protestantes, pero todos, salvo parte de Donegal, hablan en inglés.

En otro gesto emblemático, Irlanda –que había simpatizado con el Eje durante la II guerra mundial- se separó de la Comunidad Británica. La constitución de 1948 la proclamó república y la rebautizó “Eire”. Ahora bien, los irlandeses no sólo se habían pasado al inglés, sino que –desde el siglo XVIII- su aporte al pensamiento y la literatura inglesa es tan vasto como inapreciable, aunque esté perdiendo calidad desde hace varios años. El “Ulysses” de James Joyce ilustra sobradamente la penetración del inglés: cuando el autor mecha textos en otros idiomas, no hay ninguno en gaélico. Y esa mítica jornada transcurre en Dublin… Para no mentar la obra en francés de Samuel Beckett.

Perfecto. Pero ¿por qué el gaélico no sobrevivió en Irlanda como el galés en Gales? No por la tenue relación entre palabra escrita y hablada, pues en eso el inglés se lleva las palmas desde tiempos de Chaucer. Tampoco por diferencias estructurales ni religiosas. No. La explicación es social y económica: tres siglos después de completada la conquista, ya había una aristocracia terrateniente de origen celta casi totalmente anglicizada. Paralelamente, el atraso industrial de la isla impidió que aparecieran imprentas. El teatro y la literatura se publicaban en Londres o Edimburgo, reductos del inglés. Más tarde, Dublin y Belfast también imprimirán en inglés, no en gaélico.

Por el contrario, en Cardiff y Rennes se publicaban textos en galés y su hermano transplantado a Francia, el bretón. A tal punto estaba asentado el celta de Gales que los colonos de ese origen afincados en la Patagonia desde 1865 todavía conservan el idioma en un área más grande que Irlanda y Gales juntos.

Desde este mes, unas 2.300 localidades en el oeste de Erin abandonan la grafía inglesa y retornan a la gaélica, especialmente en señalizaciòn, documentos oficiales y manuales escolares. En Argentina, donde creen que Patricio (Padraig) es el santo de la cerveza tipo alemán, la colectividad irlandesa –que no habla la lengua celta- parece no haberse enterado del dislate dispuesto desde Dublin (mejor dicho, Baile átha cliath).

El caso es que la vieja obsesión contra Inglaterra y siglos de dura férula son fenómenos sociales y políticos, no lingüísticos. En cuanto a la ley -data de 2003 pero recién se aplica desde ahora-, fue una victoria del oeste, o sea del Gaeltacht (la ch se pronuncia como jota rioplatense). Vale decir, el litoral atlántico de Donegal (Dhun na nGall) a Cork (Choircai). Desde ahora, Mayo es Maigh, Galway es Gailimh y Kerry es Chiarrai. Salvo Donegal (Ulster histórico), el resto se divide entre dos de los antiguos reinos, Connaught y Munster. El oriental, Leinster, es casi 100% anglófono.

Como en inglés, aunque por otras razones, ninguna de esas grafías refleja la pronunciación del gaélico actual y debieran adaptarse a la realidad fonética. Resulta irónico que “Donegal” o “Galway” suenen mucho más cerca de lo real que las formas autóctonas. En efecto, la grafía del erso, pese a dos reformas en los siglos XIX y XX, continúa atada a la fase medieval tardía. Por el contrario, el galés –otro idioma celta, pero de distinto grupo, sigue siendo hablado por la mitad de Gales, aunque el dominio inglés sobre el principado se haya consolidado dos siglos antes que en Irlanda.

Tras siglos de coexistir con las formas inglesas, las nativas las excluyen, con lo cual la señalización verbal (topónimos) les crea ya serios problemas a irlandeses no familiarizados con el gaélico (son mayoría en casi toda la isla) y extranjeros. Entre ellos, los visitantes de ese origen provenientes de Estados Unidos, Canadá y Argentina (éstos ya ni siquiera usan el inglés).

Se supone que, en los cinco condados occidentales, el gaélico goza de vigencia, aunque la población sea totalmente bilingüe. Pero el cuadro general es muy distinto: aunque 35% de los ersos afirme conocer la lengua, apenas 60.000 habitantes sobre cuatro millones (1,5%) la hablan y escriben. La disparidad entre el oeste y toda la isla es fácil de explicar: los cuatro condados tienen muy baja densidad de población.

Los líos no acaban ahí porque, aun en el oeste, existen muchos villorios que habían olvidado hace siglos el nombre celta. Por ejemplo Dunquinn o Ventry, hoy rebautizados Dun chaoin y Ceantra. Por supuesto, Sean o’Cuireeain, “colmisineir teanga” (comisionado de lengua), festeja con whiskey. Perdón, uisghe baugh. Lo mismo hace Donald Martin, director de la agencia promotora del idioma.

Ambos y los fanáticos del Gaeltacht ignoran la propia historia social de Erin, en aras de un sueño que remite a antes del siglo XIII. Más aún, tratan de resucitar una lengua que dejó de hablarse, salvo en media docena de pueblos, a mediados del siglo XIX. Cuando la Irlanda católica recobró la independencia en 1922 –salvo el Ulster oriental, todavía británico y protestante-, todos hablaban inglés. Proclamas, documentos y literatura de los movimientos rebeldes estaban en inglés.

Hace unos 70 años, fracasó inclusive un intento “antipapista” en Belfast, cifrado en difundir el gaélico de Escocia. Ahí quedó en evidencia otra travesura de la historia. Cuando los ocupantes ingleses trataron a arrinconar a los irlandeses de Ulster, transplantaron escoceses protestantes. La antigua lengua de éstos era, a su vez, fruto de la colonización ersa en los siglos V a X. Mucho después, los “gael” se hicieron protestantes y “rebotaron” al norte de Irlanda: los condados orientales de Ulster son protestantes, pero todos, salvo parte de Donegal, hablan en inglés.

En otro gesto emblemático, Irlanda –que había simpatizado con el Eje durante la II guerra mundial- se separó de la Comunidad Británica. La constitución de 1948 la proclamó república y la rebautizó “Eire”. Ahora bien, los irlandeses no sólo se habían pasado al inglés, sino que –desde el siglo XVIII- su aporte al pensamiento y la literatura inglesa es tan vasto como inapreciable, aunque esté perdiendo calidad desde hace varios años. El “Ulysses” de James Joyce ilustra sobradamente la penetración del inglés: cuando el autor mecha textos en otros idiomas, no hay ninguno en gaélico. Y esa mítica jornada transcurre en Dublin… Para no mentar la obra en francés de Samuel Beckett.

Perfecto. Pero ¿por qué el gaélico no sobrevivió en Irlanda como el galés en Gales? No por la tenue relación entre palabra escrita y hablada, pues en eso el inglés se lleva las palmas desde tiempos de Chaucer. Tampoco por diferencias estructurales ni religiosas. No. La explicación es social y económica: tres siglos después de completada la conquista, ya había una aristocracia terrateniente de origen celta casi totalmente anglicizada. Paralelamente, el atraso industrial de la isla impidió que aparecieran imprentas. El teatro y la literatura se publicaban en Londres o Edimburgo, reductos del inglés. Más tarde, Dublin y Belfast también imprimirán en inglés, no en gaélico.

Por el contrario, en Cardiff y Rennes se publicaban textos en galés y su hermano transplantado a Francia, el bretón. A tal punto estaba asentado el celta de Gales que los colonos de ese origen afincados en la Patagonia desde 1865 todavía conservan el idioma en un área más grande que Irlanda y Gales juntos.

Notas Relacionadas

Suscripción Digital

Suscríbase a Mercado y reciba todos los meses la mas completa información sobre Economía, Negocios, Tecnología, Managment y más.

Suscribirse Archivo Ver todos los planes

Newsletter


Reciba todas las novedades de la Revista Mercado en su email.

Reciba todas las novedades