El arte como cura, para la sociedad, personas y negocios

Este autor todavía no puede mirar las fotos que sacó en la “Zona Zero” alrededor de los restos del World Trade Center en septiembre de 2001, sin sentir el olor a goma quemada, humo y desinfectante que había en el lugar cuando las tomó.

30 noviembre, 2021

Por Patricio Cavalli (*)

La visita fue con un miembro de su familia, en honor a un amigo que había desaparecido en el derrumbe de la Torre Sur. Las fotos (muy pocas) están en una caja y se miran muy cada tanto. El hedor vuelve, y a veces traen las voces de los soldados ordenando el flujo de gente a los gritos de: “We’re moving, this ain’t no Disneyland. (Nos movemos, esto no es DisneyLandia)”

El sistema neurológico humano funciona así. Tenemos dolores, traumas, heridas que persisten aún décadas después de haber sufrido los eventos. Y sus evocaciones son poderosas.

A medida que el sueño de una “Post-Pandemia” se desvanece en medio de nuevas variantes del Covid-19, y que el mundo empieza a tomar conciencia de que epidemiológicamente vamos a una “Endemia” (Harvard Medical School, 2021), los sistemas de protección emocionales que tenemos como seres humanos deben comenzar a reactivarse.

En el mundo de los negocios estamos constantemente pensando en esta pandemia y sus efectos en términos de, bueno… negocios: cash flow, tax shields, inversiones, winners & losers, mercados emergentes, fintech, medtech, agrotech, unicornios, intervención estatal, océanos azules, macro y micro economías.

Y es lógico, es nuestro trabajo. Pero: no somos algoritmos dedicados exclusivamente a expandir y repartir lo mejor posible la torta. Somos sujetos psico-bio-sociales, y como tales tenemos que poder abordar los desafíos de la sociedad, la economía y el contexto para poder sanar las relaciones financieras, el intercambio de bienes y servicios, las brechas salariales y la fuga de talentos.

Todas las sociedades, tarde o temprano necesitan sanar. La crisis creada por el Covid-19 ha sido despiadada con las personas y los negocios (sobre todo los pequeños y no tecnologizados). Y lamentablemente, “el martillo y la danza” (Tomas Pueyo, 2020) seguirán aquí por un rato largo. Si queremos sobrevivir y prosperar, debemos volver a cargar nuestros tanques.

En economía se dice que “Por donde pasan los carruajes, no pasan los soldados”. ¿Qué le espera a un mundo donde la gente no pasa por las calles?

Ayudar un ser querido durante la pandemia y cuarentena era difícil, pero no era tan complejo. Se trataba simplemente de mantenerse cerca, ser empático, abrazar y decir “Te quiero”. Suena cursi y lo es. También es efectivo.

Ayudar a una sociedad entera en esta danza semi-post-pandémica será infinitamente más complejo. Pero tenemos una herramienta clave, nuestra gran arma ancestral frente a nuestros grandes angustias y temores: el arte.

Alguien dirá que el arte no genera negocios (ejem, Pablo Picasso, ejem…). Pero no se trata de eso, simplemente de ganar dinero. Se trata de limpiar mentes y sanar corazones. Para luego poder circular, innovar, producir, intercambiar, comerciar y prosperar.

Durante las semanas (y meses) siguientes a los atentados del 11-S, la Ciudad de Nueva York organizó el circuito “Art as Healing” (El arte como curación). Cientos de miles de personas (incluido este autor) deambularon por retrospectivas, salas egipcias, colecciones pictóricas, conciertos, bibliotecas y pasos de danza. Nadie quería mostrarse culto ó erudito. Se trataba de catartizar, como nuestros ancestros en la Cueva Chauvet hace 32.000 años.

Hoy, cuando la supervivencia y la esperanza de la sociedad está puesta en la ciencia, también lo está la angustia. Según Bloomberg (29/11/2021), “Los científicos necesitarán semanas para conocer si las vacunas son efectivas para la variante Omicron”.

La ciencia nos da certezas. El arte nos da ilusiones. Vivimos de ambas.

Por eso no tenemos que olvidarnos de nuestra otra gran arma. La que iniciamos pintando con ceniza, sangre y un palo en una caverna oscura. El método científico tiene cerca de 700 años, las artes casi 40.000. Podemos contar y confiar en su experiencia.

La ciencia, los campos STEM (Science, Tech, Engineering & Mathematics) nos llevaron hasta aquí durante la emergencia de la pandemia. Nos dieron los campos estériles, las vacunas, el MrNA, los respiradores. Ahora hay que activar otro anticuerpo esencial y avanzar con los campos STEAM (Science, Tech, Engineering, Arts & Mathematics). Necesitamos historias, risas, llantos, sueños, delirios.

De la misma manera que en algún momento aplaudimos a los científicos (médicos y enfermeros) -y deberíamos haber aplaudido a docentes, psicólogos y psiquiatras- hoy debemos, al menos, empezar a escuchar a escritores, poetas, músicos y dramaturgos.

Nadie dice que larguemos todo y nos volvamos bohemios, hippies y trotamundos. Nuestro trabajo es pasar dinero de mano en mano. Pero debemos reactivar ese circuito emocional. Los museos, teatros, salas de cine estuvieron cerrados durante demasiado tiempo. El daño económico es trillonario, el emocional es todavía incalculable.

Hoy, podemos empezar a caminar por la senda de la curación de nuevo. No se trata de una cuestión sentimental ó emocional. Es el cálculo más racional y la inversión más efectiva que podemos hacer para asegurarnos que las personas (a quienes llamamos en nuestro mundo “consumidores”) sientan mínimamente que hay un horizonte en su camino. Y salgan de su casa, de su “cabaña”, de su aislamiento y se conviertan (nos convirtamos) de nuevo en el motor económico que un mundo partido de pobreza, impuestos e inequidad necesita.

Si alguien piensa que los negocios pueden prosperar sin la cooperación de la ciencia y de las artes está viviendo en 2019.

(*) Docente universitario y asesor de negocios, marketing y economía digital.

 

 

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