Lo que hace falta para instalar los autos eléctricos

Mejorar y abaratar las baterías, desarrollar infraestructura y cambiar los hábitos de la gente. Difícil, pero necesario para el planeta.

La ciencia corrió a la velocidad de la luz para afrontar el desafío de desarrollar una vacuna que frene al coronavirus.

Sin embargo, hay otro desafío que es tan importante para la salud del mundo como las vacunas pero que le está llevando una enorme cantidad de tiempo: el de mejorar las baterías para los autos eléctricos. Esa es la tesis que plantea hoy John Gapper en el Financial Times.

“La producción de baterías celulares es el principal obstáculo qie demora la difusión de los autos sustentables. Ese es un gran problema”. Así tguiteó Elon Musk, fundador de Tesla. Las automotrices esperan ansiosas esa difusión, los inversores también. Pero los científicos siguen trabajando en el desafío de desarrollar una alternativa práctica al la nafta. La naturaleza creó – a lo largo de millones de años – una forma de energía con los combustibles fósiles. Si no fuera por el daño ambiental que causan, serían difíciles de superar.

Pero es absolutamente necesario superarlas, dice Gapper. Y queda poco tiempo para reemplazar los motores de combustión interna. Las baterías de litio-ion que se colocan en los autos eléctricos son un enorme avance frente a las de ácido de plomo, pero distan mucho de ser ideales.

Si bien la ciencia de materiales que se aplica para las baterías y las vacunas es completamente diferente, los tiempos necesarios para desarrollar una batería y una vacuna son muy similares: diez años o más para el descubrimiento de una nueva tecnología, desde el desarrollo hasta la aprobación y manufactura.

Hay innovaciones interesantes en baterías, pero el problema está en la producción. Hacen falta millones y millones de beterías listas para ser instaladas en los vehículos. Las baterías deben avanzar porque los combustibles fósiles están excelentemente adaptados para alimentar a los autoss. En parte debido a una infraestructura creada a principios del siglo 20, con los primeros modelos de Ford. Todo el mundo sabe que puede llenar su tanque en cualquier estación de servicio y luego recorrer cientos de kilómetros con esa carga.

La densidad energética de la nafta es muy alta comparada con la de las baterías más avanzadas de litio-ion. La competencia es desigual. Para liberar energía los combustibles fósiles se queman y desprenden el dañino dióxido de carbono. Las baterías no pueden quemarse. La nafta se usa una sola vez. Las baterías se recargan. Pero el conductor igualmente pretente que un vehículo eléctrico se comporte como uno a nafta.

Para lograr eso, hay que almacenar más energía en cada batería, que además debe ser más barata y debe recargarse más rápido y sin dañarse; su vida útil debe ser más larga y debe funcionar bien con muchas temperaturas diferentes. Además de todo esto deben cargarse con electricidad limpia y ser reciclables.

Son muchos desafíos y necesitan mucho capital. Mucho más de lsos US$ 300.000 millones comprometidos para la fabricación de vehículos eléctricos.

Aquí es donde sirve el ejemplo de las vacunas, vuelve Gapper a su comparación. La idea de que el descubrimiento y desarrollo de una droga pudiera comprimirse en menos de un año parecía absurda a principios de 2020. Pero los científicos se arremangaron, las compañáis farmacéuticas hicieron alianzas, los organismos reguladores trabajaron más rápido. Un esfuerzo público-privado global que dio sus frutos.

Hay diferencias. No se trata solo de cambiar la fue¡nte de energía sino la totalidad del sistema de infraestructura del transporte.

 

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