La promesa de la impresión 3D

No son pocos quienes consideran que las impresoras 3D pueden transformar la producción de bienes. ¿Podrá el consumidor final crear lo que necesita desde casa o se quedará en las necesidades más superficiales?

La impresión 3D ha capturado la imaginación de miles de personas por las posibilidades que encierra: crear diseños sobre telas, por ejemplo, que una vez superpuestos presentan objetos terminados. No se necesita saber coser o poseer una fundidora de plástico para crear, de la nada, una funda para celulares. Es casi ciencia ficción.

La tecnología existe desde hace tiempo: ingenieros del MIT habían patentado una impresora 3D a principios de los 90. General Electric la usó para hacer prototipos de turbinas e instrumentos médicos. Pero ahora que su producción es  factible a gran escala la pregunta es qué harán los consumidores con ella. No se trata de un consumidor cualquiera, además: se trata de lo que el ex editor de Wired, Chris Anderson, llamó “el movimiento de los que hacenâ€: personas que quieren usar las impresoras 3D para crear herramientas sofisticadas con diversos usos. Crearon una comunidad tan grande que sus ferias superan las 100.000 personas.

Para Anderson, que escribió un libro al respecto, no son usuarios que utilizan las impresoras como hobby sino miembros de una comunidad que comparte conocimiento y que, potencialmente, puede cambiar la manera en que se accede a bienes. El término “fábricaâ€, insiste, podría comenzar a caer en desuso.

Pero del dicho al hecho, como dice el refrán, hay un largo trecho. ¿Cómo logrará, este grupo de entusiastas, convertirse en un movimiento industrial? Anderson, al menos, no da pistas en su libro. El razonamiento es simple, aunque incompleto: “Las grandes empresas han tenido el monopolio del know-how y los equipos para producir bienes de los que dependemos. Eso ha cambiado –dice- porque ahora los bienes se producen en pantallas y esos archivos se pueden compartirâ€. No dice cómo podrá el usuario común hacerse de ellos sin el presupuesto ni la tecnología que todavía son de exclusiva propiedad de los grandes productores de bienes.

Su visión del futuro no sólo es interesante sino posible. Pero la evidencia actual apunta lejos de allí, por lo menos en el corto plazo. Y es una pena. Al menos eso piensan Gary Pisano y Willy Shih, dos profesores de la escuela de negocios de Harvard. En su nuevo libro discuten las dificultades de la industria estadounidense para reinventarse: siguen siendo la primera economía del mundo, una potencia industrial hecha y derecha, pero están perdiendo terreno a manos de China como el primer productor del mundo.

Para Shih no solo es necesario contar con un archivo con un diseño sino, también, conocimiento de cómo funciona el proceso productivo. Algunos productos requieren de mucha precisión en la elección de materiales, por ejemplo. Por más buena voluntad que pongan las personas y la tecnología, si no entienden el proceso tendrán productos mediocres y caros.

Aunque en el movimiento de “creadores†hay buenas ideas, y un espíritu de colaboración muy interesante, todavía están lejos de producir herramientas sofisticadas. Tal vez todavía sea terreno fértil para crear fundas de iPhone con la cara de Hello Kitty y poco más.

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