miércoles, 29 de abril de 2026

    Un elefante norteamericano en un bazar ruso

    Douglas Royce es un norteamericano de 33 años que trabaja en Rusia. El día en que debutó en su actual puesto como director de la tradicional fábrica de porcelana Lomonosov invitó a un grupo de empleados y abogados a su oficina para que fueran testigos de lo que habría de encontrar dentro de la caja fuerte: una pila de billetes (no registrados en los libros contables), papeles con detalles sobre operaciones secretas y una carta en la que se confirmaba la venta de la centenaria marca a una firma con sede en Chipre, por US$ 20.000.


    Este fue el episodio culminante en la guerra entre un consorcio de inversionistas norteamericanos que adquirieron la mayoría de las acciones de una de las más conocidas empresas del país y un grupo de ex gerentes rusos. Fundada en 1744 por una hija de Pedro el Grande, Lomonosov abasteció de vajilla de porcelana a los zares primero y a los jefes del Partido Comunista después. Artistas del renombre de Kandinsky y Malevich trabajaron para la firma.


    Botón de muestra


    Esta disputa aporta, por cierto, un ilustrativo ejemplo de lo que puede ocurrirles a los inversores extranjeros en la selva del capitalismo ruso.


    Para entrar a la fábrica ­y a la caja fuerte­ el enérgico Boyce tuvo que ganar una batalla en los tribunales, tres meses atrás. Ahora se enfrenta a la tarea de reestructurar una planta en ruinas, desterrar las prácticas ilegales y ganarse la lealtad de 1.750 trabajadores.


    Boyce asegura que no le preocupan las amenazas de muerte que recibe habitualmente. Nacido en un barrio bajo de Chicago, está acostumbrado a enfrentarse a los desafíos. Luego de graduarse como contador, se especializó en trabajos de investigación, particularmente en los negocios de la mafia en Nueva York y luego en la ex Unión Soviética.


    A mediados de 1999, fue contratado para trabajar en Lomonosov por los accionistas extranjeros de la firma, encabezados por el US-Russia Investment Fund, una institución auspiciada por el gobierno norteamericano.


    Lomonosov fue privatizada a mediados de la década de 1990 y las acciones se distribuyeron entre los empleados. El estatuto sólo permitía que un trabajador le vendiera sus acciones a otro; estaba prohibido transferirlas a terceros. Pero un empleado que se había retirado en medio de un conflicto eludió las reglas y le entregó sus acciones a un agente de bolsa local, llamado Rendezvous, que logró convencer a otros trabajadores de que vendieran sus títulos. Para lograrlo, se encargó de repartir volantes en la puerta de la fábrica, advirtiendo sobre la inminente quiebra de la empresa.


    Rendevezvous le ofreció luego las acciones al US-Russia Fund, que efectuó la compra a través de intermediarios y socios, pera evitar que aumentara la cotización de los papeles.


    Finalmente, el fondo adquirió 29% del capital, por US$ 4,5 millones. Varios socios de la firma Kohlberg Kravis Roberts, de Wall Street, se hicieron de otro 29%. Un agente de bolsa holandés con vínculos en Rusia, Stoomhamer, compró 18%. Y un empresario de origen armenio, llamado Maxwell Asgari, adquirió 7%. Los trabajadores se quedaron con 16%.


    La vieja guardia


    Al principio, los nuevos dueños norteamericanos decidieron mantener en sus puestos a los gerentes, encabezados por Yevgeny Barkov, un ingerniero y ex jefe de la rama local del Komsomol (la Juventud Comunista).


    Boyce, quien había sido contratado como número dos de Barkov, no tenía libre acceso a la fábrica. Y los gerentes acudieron a un tribunal local para impedir que se realizaran asambleas de accionistas. Boyce dice que Barkov era “un típico director comunista”, empeñado en mantener el control. Barkov argumenta que sólo quería hacer lo mejor para la empresa.


    Finalmente, según relata Boyce, los gerentes convencieron a los funcionarios locales del ministerio de propiedades estatales de que iniciaran una acción legal para anular la privatización y volver a nacionalizar la fábrica. En octubre, un tribunal de San Petersburgo falló a favor del ministerio.


    Los inversionistas norteamericanos apelaron. Boyce se propuso, mientras tanto, acercarse a la comunidad local. Como le prohibían la entrada a la planta, se instalaba en la puerta para hablar con los empleados a la salida. También visitó a las autoridades municipales para demostrarles sus buenas intenciones.


    En enero, la cámara de apelaciones de la región rechazó el reclamo de renacionalización. Los inversores externos convocaron rápidamente a una asamblea, en la que, con 84% de los votos, despidieron a Barkov y designaron a Boyce como director general. Lo primero que hizo el flamante CEO fue llamar a los bancos para reemplazar las firmas autorizadas. “Ya lo hice en otras ocasiones. Hay que mantener, ante todo, el control sobre el dinero”, explica.


    Gangas y robos


    El 28 de enero, Boyce finalmente ingresó a la fábrica, aprovechando que ese día Barkov se encontraba ausente. “Les dije a los gerentes que había llegado un nuevo sheriff al pueblo”, recuerda. Y se quedó a dormir allí durante el fin de semana, para evitar que el lunes lo dejaran afuera.


    Boyce aumentó los sueldos del personal en 20% y ordenó la refacción de las zonas más deterioradas de la planta, empezando por los baños. Para mejorar el clima laboral, reinstauró la costumbre soviética de repartir leche gratis a los trabajadores.


    Pero también anunció que pondría fin a los robos de mercadería dentro de la fábrica (un problema muy común en la industria rusa). Contrató a guardias de seguridad para evitar que los empleados se lleven bolsas con piezas de porcelana. Y demostró su decisión de terminar con la corrupción y las maniobras secretas el día en que abrió la caja de seguridad en presencia de trabajadores.


    Boyce dice que tiene pruebas de que valiosas piezas salieron de la fábrica a precios equivalentes a 1% de su verdadero valor, entre ellas obras de arte que se cotizan en miles de dólares. Barkov, por su parte, niega que durante su gestión se hayan cometido ilícitos.


    En cuanto a la aparente venta de la marca LFZ, Boyce dice que no le preocupa, porque la transacción no es válida, y no hay pruebas de que Lomonosov haya recibido dinero en contrapartida.


    Ahora, la prioridad de Boyce es lograr una operación rentable, y hacer subir las ventas de los US$ 8 millones del año pasado a 12 millones. Planea varias inversiones (US$ 2,7 millones este año) para mejorar la calidad y aumentar el valor de los productos.


    “Aportaremos todo el capital que haga falta”, promete Boyce, quien acaba de comprarse un departamento en San Petersburgo. “En Lomonosov puedo combinar los negocios con mi amor por Rusia y por el arte. Pienso quedarme un buen tiempo aquí.”


    © Financial Times / MERCADO