Las empresas argentinas están hoy expuestas a la mirada de la opinión pública como nunca antes.
Esto obedece a un cúmulo de razones, cada una de las cuales justificaría un análisis en profundidad.
No obstante, veámoslas rápidamente:
1) Hay un cambio en el poder empresario en la Argentina. El país está cambiando y del mismo modo se modifican las estructuras empresarias: sectores en auge, otros que decaen; liderazgos empresarios que se apagan, nuevas estrellas que surgen. Tomemos un caso hipotético: una empresa exportadora de cereales, tradicionalista y de bajo perfil, se adjudica la privatización de un servicio público. ¿Es necesario decir que la exposición pública de su imagen va a hacer eclosión en cosa de pocas semanas?
2) Hay -y este es un fenómeno mundial- crecientes demandas de la sociedad al mundo empresario.
Hoy se exige a las empresas mayor información sobre sus actividades, más transparencia, códigos de ética, responsabilidad social, compromiso con la comunidad de la que forma parte, conducta en materia ecológica, etc. En todo el planeta es así, pero como hasta hace poco en Argentina esto era casi ciencia ficción, todo cuanto suceda aquí en ese sentido será nuevo y muy importante.
3) Hay un cambio visible en el periodismo argentino; cada día es más profesional, más exigente, más inquisitivo. Es cierto que a veces también incurre en excesos de sensacionalismo o vedetismo, pero la tónica general es aceptar que el mejor negocio es obtener y difundir buena información. Hay más competencia entre los medios, lo cual además de ser sano pone a las empresas en la mira de la investigación periodística. El periodismo -más profundo, menos corrupto- pasa a desempeñar así su papel como polea de transmisión, interpretando y exponiendo las inquietudes de la sociedad con
respecto al mundo empresario y, del otro lado, haciendo que las empresas sean fuentes genuinas de información, algo que muchas veces ignoran los propios empresarios. Cuesta pocos dólares enterarse de cómo funciona esto en el mundo: basta con comprar en un kiosco Business Week, Fortune, The Economist o el Wall Street Journal, por ejemplo.
4) Hay -en Argentina y en casi toda América latina- gobiernos democráticos y un creciente desprestigio de los totalitarismos (como hace muy poco lo dijo Giovanni Sartori). Esto significa que funcionan sistemas y organismos, formales e informales, que también miran al mundo empresario y juzgan sus conductas: desde el Congreso y los partidos políticos hasta organizaciones no gubernamentales, fundaciones, encuestadores, intelectuales, etc. Democracia es libre expresión y esto potencia en grado sumo todo lo que llevamos dicho.
¿Hace falta más? ¿Hay que repetir por millonésima vez aquel lugar común según el cual el low profile no es buen camino para una empresa que quiera sobrevivir al año 2000? Tal vez sí; tal vez haya que decir que esta creciente exposición de las empresas a la opinión pública que se está viviendo hoy en la Argentina (que, dicho sea de paso, altera los nervios a más de un ejecutivo) es sólo un tímido comienzo. No es para asustarse, pero esto es nada comparado con lo que vamos a ver en los próximos pocos años. ¿Consejos para sobrevivir? Básicamente estar preparados y recordar que lo peor que se puede hacer es no hacer nada, pensando que “a mí no me va a pasar”. La respuesta para estos casos recalcitrantes es simple: “No se equivoque, a usted ya le está pasando aunque todavía no se dé cuenta. Y cuando se dé cuenta probablemente sea tarde”.
