domingo, 24 de mayo de 2026

    Los últimos magnates

    Uno se hacía llamar “capitán Bob”, el otro llegó a ser conocido -hasta por su propia esposa- con un apodo aún más pomposo: “the Trump”. Robert Maxwell encontró un final trágico y misterioso; la odisea de Donald Trump parece más apropiada para una comedia de enredos.

    Ambos irrumpieron con fuerza brutal en una cultura empresaria que veneró sin reparos a las personalidades dominantes, a las que convirtió en verdaderos personajes legendarios, supuestamente dotados con el “toque de Midas”.

    La fortuna terminó dándoles la espalda. Al llegar la crisis, la recesión, la dura competencia, se comprobó que las empresas más eficientes resultaron ser aquellas cuyas cabezas eran prácticamente desconocidas. La infalibilidad del líder cedió paso a la responsabilidad compartida. La decisión del iluminado, al laborioso consenso.

    Vale la pena, en este momento de transición, recordar las historias de estos dos hombres, no tanto para exponer nuevamente sus conocidos pecados, como para reflexionar sobre las circunstancias que les permitieron trepar a la cima.

    Su hijo terminó reconociendo, en las páginas de uno de los diarios del derruido emporio familiar, que tienen razón quienes califican de delincuente a su padre. Los analistas financieros siguen preguntándose cómo fue posible que US$ 1.200 millones (de los cuales 700 pertenecían a los fondos de pensiones de los empleados) se esfumaran para una suerte de “agujero negro” de la poderosa

    organización.

    Día a día se agiganta la leyenda de Robert Maxwell, el advenedizo que gozaba con cada foto, cada centímetro de columna, cada instante de televisión que se le dedicaba.

    Con el hallazgo de su cadáver frente a las costas de las islas Canarias se cumplió el destino de un hombre que pulió cuidadosamente su imagen pública, construyó un imperio multimedios, y se codeó con reyes, presidentes y encumbrados personajes del jet-set, que lo temían tanto como despreciaban

    su vulgaridad y sus oscuros orígenes.

    Hace 51 años, un joven judío checoslovaco -nacido el 10 de junio de 1923- llegó a Gran Bretaña, huyendo de la invasión nazi. En aquel tiempo todavía se llamaba Jan Ludwig Hoch. Pronto se enroló como voluntario en las fuerzas expedicionarias británicas al continente y combatió con tanto valor, que de soldado raso pasó a ostentar el grado de teniente y la Cruz al Valor Militar.

    Su paso por los escenarios bélicos no sólo le dio méritos militares: en Francia conoció a la que sería su mujer, hija de una rica familia protestante. En Berlín, cumpliendo todavía con sus deberes militares, encontró el primer gran negocio. En poco tiempo reorganizó una editorial especializada en temas científicos y universitarios que, trasladada a Inglaterra, se convirtió en la prestigiosa Pergamon Press.

    A mediados de la década de los ´60, Maxwell cumplió otro sueño. Fue electo miembro del Parlamento por el Partido Laborista. Siempre se mantuvo leal a su primer adhesión partidaria: se declaró de ideas socialistas, aunque simultáneamente era odiado por los sindicatos, con los que se enfrentaba a diario en sus empresas. Fervoroso anticomunista, no vaciló nunca en hacer negocios con los entonces satélites soviéticos, donde mantuvo una red de excelentes contactos.

    A comienzos de los ´70 tuvo un serio traspié. Ya había vendido Pergamon a un prominente financiero estadounidense, cuando éste deshizo el trato argumentando que la contabilidad estaba “arreglada”.

    Los cargos nunca pudieron comprobarse, pero un informe oficial del Departamento de Comercio e Industria declaró a Maxwell “no confiable” para dirigir una empresa que cotizaba en Bolsa.

    DULCE VENGANZA.

    En el mismo año, 1970, fue derrotado en su intento de ser reelecto como parlamentario. La revancha comenzó a insinuarse en1974, cuando recuperó el control de Pergamon. Hubo unos años de discreto silencio. A principios de los ´80, Maxwell era el propietario de BPC (British Printing Corp.), una de las

    mayores impresoras del país. En poco tiempo, despidió a 7.000 de los 13.000 empleados, reequipó la firma y le dio nueva gerencia. Las utilidades comenzaron a ser importantes.

    Entonces comenzó a tomar cuerpo el sueño de este infatigable “tycoon”: estaba a la venta el Daily Mirror, un tradicional vespertino de gran circulación. Pocos años antes, Maxwell había hecho un intento por quedarse con el bicentenario The Times. Fracasó rotundamente. En su camino se cruzó un australiano poco conocido entonces, Rupert Murdoch, quien a lo largo de la década se convertiría

    en su más enconado rival, al que nunca pudo derrotar.

    Pero esta vez tuvo suerte. Maxwell compró el Daily Mirror y se puso a dirigirlo de verdad. Despidió a redactores y jefes, contrató nuevos gerentes, y por largo tiempo se ocupó de elegir personalmente los títulos de tapa, que cada vez fueron más escandalosos.

    Mucha gente -especialmente los competidores- comenzó a preguntarse de dónde vendría el dinero que respaldaba las operaciones de Maxwell. Pronto se supo que todas las acciones de las empresas en las que él intervenía eran propiedad de un “holding” con sede en el paraíso fiscal de Liechtenstein.

    Quiénes son los accionistas de ese “holding es un secreto impenetrable, pero muchos allegados creen que además de Maxwell y de la familia de su esposa, hay otros ricos franceses que durante mucho tiempo evadieron impuestos y sacaron su dinero fuera de Francia.

    AÑOS DORADOS.

    Sea cierto o falso, lo real es que pocos como Maxwell aprovecharon las oportunidades de la década donde todo se compraba con papeles: “junk-bonds” o bonos basura, adquisiciones, fusiones y participaciones accionarias. Todo sirvió para construir un imperio a ambos lados del Atlántico: diarios en Gran Bretaña y Estados Unidos, editoriales de libros y de sistemas de información

    electrónica; televisión abierta en Francia, por cable en Gran Bretaña y por satélite en toda Europa. En todos los terrenos en donde su archienemigo Murdoch solía llegar primero, pero con más sigilo. Muchas de las “compras” eran golpes publicitarios. Se anunciaba la negociación, pero nada se decía

    cuando el negocio se caía. Otras eran reales, pero a veces las mismas empresas eran vendidas por Maxwell para conseguir dinero fresco para otras audaces operaciones.

    A veces amanecía en Israel, comprando una empresa farmacéutica; cenaba en Kenia, donde adquirió una imprenta; o llamaba a editores españoles para persuadirlos de que vendieran, desde su yate en el Mediterráneo. El mismo en el que viajaba la noche de su muerte.

    La desaparición de Maxwell provocó el derrumbe del imperio, y seguramente seguirá concentrando la atención de la prensa, permitirá la aparición de algún “best seller”, y será argumento obligado para productoras cinematográficas. Siempre habrá tornadizas versiones sobre su desaparición. A él le encantaría leerlas.

    “THE TRUMP”.

    Donald Trump es un símbolo de la década de los ´80: el puro ejemplar de la “reaganomía” que construyó un imperio colosal a tal velocidad que se olvidó de consolidar los cimientos (suprema ironía en un constructor). Acumuló millones, estampó su nombre en edificios impresionantes, en empresas aéreas y casinos suntuosos. Fue el rey Midas que convirtió en éxito todo lo que tocó, llevó un ritmo de vida que hace parecer modestos los gastos de un jeque petrolero. Y para coronar la leyenda, tuvo al mejor estilo “Dinastía”, un sonado romance con una actriz de segunda línea que provocó el divorcio de su esposa Ivana, lo que a su vez condujo a un publicitado pleito financiero.

    A los 45 años, tras conocer lo que se ve y se siente desde la cumbre, Trump enfrenta una bancarrota que no llegó a las proporciones de un escándalo porque los bancos que le prestaron prefirieron diluir su propia responsabilidad en el desastre y manejar una quiebra ordenada.

    En 1982, el joven Trump era ya una personalidad conocida en el mercado inmobiliario neoyorquino.

    Con un capital de US$ 100 millones -en buena parte originados por la actividad familiar en el mismo negocio- comenzó la aventura. Primero fue la Trump Tower, el edificio que dio más fama a la Quinta Avenida, construido a un costo de US$ 200 millones. En lo alto de la torre, cerca del cielo, el incipiente magnate instaló sus oficinas.

    Dos años después abrió su primer casino en Atlantic City. También clavó su bandera en el mundo hotelero con el Trump Plaza y adquirió un inmenso terreno en pleno West Side de Manhattan por US$ 96 millones, donde se proponía levantar un vasto complejo de edificios coronado por el Trump Building, destinado a ser el más alto del mundo.

    En 1987 comenzó el proyecto que lo llevaría al descalabro. Otra vez en Atlantic City, levantó un fastuoso casino, el Taj Majal, que debía generar ganancias de US$ 1.300.000 diarios sólo para amortizar los gastos.

    En 1988 dio su último golpe espectacular. Por US$ 400 millones se quedó con el tradicional Plaza Hotel de Nueva York. Un año después compró el servicio de puente aéreo de la Eastern, un pésimo negocio desde el comienzo. También fracasó con su intento de tomar el control de American Airlines, que le dejó una pérdida bursátil de US$ 100 millones.

    Como principio del fin vino el escándalo familiar. Un romance con la actriz Marla Maples alimentó durante meses a la prensa sensacionalista. Ivana, la esposa engañada, se reveló decidida y vengativa.

    Trump acumuló deudas por US$ 2.000 millones, de las cuales US$ 300 millones no tienen más garantía que la encantadora personalidad del deudor. Pero nada de esto le impidió publicar un libro de irónico título: “Trump, Surviving at the Top” (Trump, sobrevivir en la cúspide). En cada página se permite dar consejos sobre cómo superar los riesgos que acarrea el éxito: “Hay que ser honesto, disciplinado y flexible”, predica. Como no podía ser de otro modo, el libro se ha convertido en un best seller.