¿Quién es dueño del futuro en el universo digital?

En su último libro, el pionero digital Jaron Lanier plantea que los servicios online más grandes del mundo, como Google y Facebook, no son “gratuitos” dada la información que les entregamos, que usan para ganar mucho dinero. Lanier aboga por una economía digital humanista, donde la gente gana dinero simplemente siendo ella misma.

9 septiembre, 2013

Las revoluciones suelen desencantar a sus creadores y la digital no es la excepción. Jaron Lanier, uno de los creadores de la realidad virtual en los 80, dice en su último libro Who Owns the future que Internet, después de prometer descentralizarlo todo, permitió la mayor consolidación de riqueza, poder y territorio desde el Imperio de los mongoles. 

Apple, Amazon, Facebook y Google – los servidores sirena, como llama a esos cuatro gigantes — se están repartiendo el mundo entre ellas, dejando al resto solo las migajas. Apple, después de exhortarnos a “pensar diferente” está creando un futuro donde todos debemos pensar igual. Amazon no es solo el centro de compras que va a acabar con todos los centros de compras, es el almacén de la esquina que va a acabar con todos los almacenes de la esquina. Facebook está monetizando la gráfica social. Google va tras cada uno de nuestros movimientos para luego venderlos.

Esto suena deprimente y se pone peor, opina George Dyson, autor de “The origins of the digital universe”. Lanier dice que la economía digital está en peligro de matar la gallina de los huevos de oro: nosotros. La computadora personal, que al principio se la definía como la máquina para las masas, ha comenzado por intermaciadión de Internet, a eviscerar a la clase media.

A las empresas les da un consejo: además de recolectar tributos (en datos monetizables y creatividad individual) de los esclavos que trabajan en la base de la economía digital, les deberían pagar algo a cambio. Lanier no se refiere simplemente a pagar los impuestos empresariales; se refiere a aplicar la misma habilidad para los algoritmos que permite a Google vender palabras con objetivos publicitarios, a premiar a los autores por escribirlos.

¿Quién es el dueño del futuro?

En ¿Quién es dueño del futuro? Lanier cuestiona la trayectoria del valor económico en la era de la información y argumenta que, cuando el capitalismo se volvió digital dio un paso en falso fundamental. El capitalismo, dice, no solo está gastado sino que es humillante para la persona común: en el mundo automatizado la información es más importante para la economía que los trabajadores manuales y sin embargo se espera que nosotros, la gente común, demos de manera gratuita información generada por nosotros mismos, que ahora se considera un recurso valioso.

¿Debería Google compensarnos por nuestras búsquedas? Debería Amazon pagarnos por los libros que compramos? Claro que sí, porque nos están usando para expandir sus bases de datos y afinar sus algoritmos y…..en última instancia, robar nuestros empleos.
¿Cómo funcionaría el plan de Lanier? Cada vez que Amazon usa nuestro historial como clientes para hacer una venta o cada vez que OkCupid arma una pareja basándose en nuestros antecedentes personales, deberíamos recibir un “nanopago”.

En su utopia, los datos que divulgamos a los sitios que él llama “los servidores sirena” (Apple, Amazon, Facebook y Google) deberían pagarnos “regalías basadas en contribuciones creativas de toda una vida”. Debemos echar mano de la iniciativa para hacerla realidad o prepararnos para una eventual “reacción socialista”.

En ese futuro, todos estaríamos diciendo “me gusta” por la mañana, enviando mensajes de texto por la tarde y tuiteando en la noche. Los robots y las impresoras en 3D harían todo el trabajo difícil y nosotros podríamos hacernos ricos simplemente siendo nosotros mismos. “En una economía digital humanista,” dice, “los diseñadores igualmente se van a ganar la vida, incluso cuando el vestido es cosido y terminado en una casa por un robot”. Y hay más buenas noticias: “Alguien que use el vestido podría también ganar algo de dinero al popularizarlo” Y así, uno puede comprarse otro vestido y ganar todavía más plata.

Para explicar este lucrativo guardarropas, Lanier propone un sistema de vigilancia ubicua, con cámaras, bases de datos y todo lo demás. Ya que no podemos tener privacidad, que al menos nos paguen algo. “Los derechos comerciales se adecuan más a una multitud de pequeñas situaciones que ocurren en la vida real que los nuevos tipos de derechos civiles según los lineamientos de la privacidad digital”.

Siguiendo su lógica, cualquier corrección en el sistema de mercado, como ajustes de precios basados en cambios en la demanda, exigirían que las ganancias adicionales sean transferidas a los consumidores. Pero ¿alguien esperaría que un supermercado le envíe un cheque sólo porque eligió comprar una marca de leghe y no otra? Probablemente no. ¿Por qué tratar a Amazon diferente?

Para Goerge Dyson, autor de The origins of the digital universe, la sola idea de que cada una de nuestras decisiones es un dato a ser monetizado parecerá espantosa, y lo es. ¿Qué hay de “humanista” en la visión de Lanier? se pregunta.

Veamos algunas de las cosas que dice Lanier en su libro:

“Yo no estoy a favor de inventar empleos para crear la ilusión de que las personas trabajan. Eso sería humillarlas y un imán para el fraude y la corrupción. Pero las empresas con orientación a la red generalmente juntan enormes cantidades de dinero justamente sobre la base de dar valor a lo que hace la gente común. No es que el mercado esté diciendo que la gente común no es valiosa online; es que la mayoría de la gente ha sido reposicionada en el círculo de su propio valor comercial.

Una sonrisa sobradora suele recibir las propuestas de una economía de información humanística. ¿Cómo podrían los que no son genios, la gente común, tener algo valioso que ofrecer en un mundo dominado por la élite de personas técnicas y máquinas avanzadas?

Esta reacción es comprensible, porque nos hemos acostumbrado a ver languidecer a los subempleados. Pero hay ocasiones cuando este tipo de duda sobre el valor de otros traiciona gruesos prejuicios.

Un ejemplo es cuando los inversores se sienten totalmente confiados al valuar en miles de millones de dólares a alguno de los cuatro gigantes que acumulan datos sobre la gente; no importa cuán remota sea la posibilidad de que un verdadero plan de negocios logre una determinada cantidad de ganancias. Y sin embargo, al mismo tiempo, esos mismos inversores no pueden imaginar que la gente, que es la única fuente de eso que es tan valioso, pueda tener algún valor.

¿Por qué es que desde la perspectiva de un “sirena servidor”, saber lo que hace la gente común es algo tan increíblemente valioso, mientras que desde una perspectiva personal, esos mismos datos por lo general le significan migajas efímeras en la forma de facilidad para encontrar un sillón o el mejor precio para una heladera?

O dicho de otra forma, una vez que el transporte, o la energía o la salud sean mediados por el software, ¿no deberían las comunicaciones y el entretenimiento adquirir más importancia relativa para la economía? Y sin embargo esos son justamente los negocios que hasta ahora el software ha debilitado”.

Evgeny Morozov, autor de “To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological Solutionism”, opina que la propuesta de Lanier plantea dos temas que en realidad nunca confronta. El primero es si este plan realmente ayudará a la clase media a tener un sueldo digno una vez que la computadora Watson de IBM comience a atender pacientes y corregir ensayos universitarios. El segundo es cuántos servicios online sobrevivirían a las reformas que propone.

Si sirve como guía el destino de los músicos, la clase media está frita, dice Morozov. El sitio web Spotify está pagando a los músicos sobre la base del número de veces que sus canciones son escuchadas. Lo mismo hace You Tube. Este método funciona bien para los grandes nombres famosos, pero a los artistas desconocidos les tocan monedas.
Además, los tipos de automatización que preocupan a Lanier, como el reemplazo de taxistas por autos que no necesitan conductores – no necesitan expertos humanos que aporten ningún dato personal. A menos que los taxistas hayan contribuido directamente a hacer los mapas que usan los autos sin conductor, es difícil ver cómo se puede justificar un sistema similar al de las regalías. La cuestión de cuántos servicios sobrevivirían a las reformas propuestas debilita aun más su argumento, dice el crítico. Y cita como ejemplo a Wikipedia. ¿Por qué no compensar a sus autores por cada coma que aportan? Fundamentalmente porque la introducción de incentivos monetarios probablemente afectaría la motivación de los autores. El propósito no monetario de Wikipedia atrae mucho más que lo que atraería la start-up Wikipedia.

 

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