Para entender la gran recesión

La crisis financiera internacional que irrumpió el año pasado de manera notoria en el escenario global –aunque estaba allí desde mucho tiempo antes– ha puesto bajo las luces algunas realidades que hasta hace pocos meses merecía solamente debates académicos.

30 diciembre, 2009

<p><strong>El uso eficiente</strong><br /> Los autores fueron para atrás hasta comienzos del siglo 20 y analizaron –basándose en datos de ingeniería– cuál fue la eficiencia con que se usó el petróleo en las diferentes tecnologías: para alimentar vehículos, para calentar, para procesos industriales. Estudiaron esa eficiencia desde la fuente hasta el uso final. A partir de esos datos empíricos, utilizaron principios de termodinámica para cuantificar mejoras en el aprovechamiento de la energía. Así pudieron reproducir fielmente las tasas históricas de crecimiento de los países donde pudieron encontrar los datos necesarios. “Ese es un buen punto de partida para mirar hacia el futuro”, dice Warr.<br /> Otro, añade, sería reconocer que la energía y el PBI están relacionados. “Lo que mostramos es que si usted limita la cantidad de energía que bombea a la economía sin mejorar la eficiencia con que la utiliza, reduce la cantidad de trabajo útil que entrega a la población. Y eso tendrá efectos negativos en el crecimiento. Así, el crecimiento puede desacelerarse, detenerse o hasta contraerse”. <br /> El camino que sugieren para salir de esta trampa lo plantean de esta forma: si con la misma cantidad de energía “bruta” se mejora la eficiencia en el uso de esa energía, se generará más trabajo útil para brindar en el punto de uso. Ese es el rol de la tecnología: generar más servicio por unidad de insumo energético, al mismo precio. Esa sí es una fuente confiable de crecimiento.<br /> <br /> <em>*The Economic Growth Engine: How Energy and Work Drive Material Prosperity</em> por Robert U. Ayres y Benjamin Warr (Edward Elgar Publishing).</p> <p><br /> <em>Web</em> 2.0 y después<br /> <br /> <strong>Qué pasa cuando el público prescinde del marketing</strong></p> <p>“A prepararse para cuando la <em>Web</em> 2.0 se convierta en 3.0”, dice Donna Hoffman, profesora de la Universidad de California que investiga la conducta de los consumidores en Internet. Describe aquí una herramienta desarrollada en el <em>Sloan Center for Internet Retailing: </em>una hoja de ruta para que las empresas se animen a interactuar con sus clientes.</p> <p>Nadie ignora ya que Internet se ha convertido en un vital vehículo para la comunicación, la información y el comercio. Pero lo que sorprende a muchos empresarios es que los clientes <em>online</em> –como productores y consumidores de su propio contenido y servicios– guardan celosamente sus experiencias online. <br /> A medida que los mercados se transforman en “conversaciones” <em>Web</em> 2.0 y los consumidores logran más libertad para perseguir sus propios intereses, hacen cosas que los gerentes de marketing no desean que hagan. Pueden, por ejemplo, conectarse fácilmente entre sí, a menudo en sitios multimedia como YouTube y Flickr, y así ellos mismos están en condiciones de satisfacer su necesidad de información sobre productos. ¿Qué significa esto? Que los marketineros están siendo reemplazados por el público. Más aún, muchas veces la gente confía más en la información que obtiene de esa forma que en la que brinda su compañía. ¿Qué pasará cuando esas experiencias que tienen los consumidores entre sí sean mucho más interesantes que cualquier cosa que los anunciantes hayan puesto en la <em>Web</em>?<br /> El <em>Sloan Center for Internet Retailing</em> desarrolló un modelo que llamó LEAD (por <em>listen, experiment, apply, develop) </em>con idea de ofrecer una hoja de ruta que ayude a las empresas a navegar el mundo <em>online</em>.<br /> Escuchar: una organización debería tener un proceso formal para monitorear y analizar lo que sus clientes están diciendo sobre ella en la <em>Web</em> y usar esa información como sistema de alerta temprana. Aun la observación casual de esas conversaciones online es mejor que nada. Los clientes, seguramente, ya están hablando de usted en sitios como Facebook, haya usted o no instalado páginas allí. También están usando plataformas de <em>microblogging</em> como Twitter para difundir sus opiniones sobre cómo usar sus productos y servicios. En lugar de imponer mensajes a los consumidores, los marketineros deberían escucharlos y en todo momento inventar maneras de conectarse con ellos en forma activa. <br /> <strong>Experimentar: </strong>Comience con pruebas piloto: por ejemplo, crear un perfil de la compañía en una red social. Haga amigos entre los <em>bloggers</em> y converse con sus clientes en Twitter. Aunque todavía no hay métricas para calcular si se recupera la inversión en medios sociales, igualmente vale la pena experimentar para conseguir reconocimiento entre los clientes y relacionamiento con la marca. A menos que tenga expertos en <em>Web</em> 2.0 en el equipo, limítese a pequeños experimentos. Por ejemplo, cree una comunidad controlada por la empresa, tal vez a través de un <em>blog</em> donde sus clientes tengan un lugar para opinar sobre sus productos y servicios. <br /> <strong>Aplicar:</strong> Tome los experimentos y aplíquelos. Para facilitar la llegada a los clientes, optimice su sitio <em>web</em> para que se conecte fácilmente con comunidades online y sitios de medios sociales. La conexión de los consumidores con usted y su empresa debe ser sencilla; busque formas de aumentar la relevancia de su sitio en las búsquedas de redes sociales. Medir el impacto es absolutamente prioritario, de modo que deberá usar herramientas de predicción de la <em>Web</em> y análisis cuantitativo para rastrear los resultados de sus experimentos. <br /> <strong>Desarrollar:</strong> Internet es un medio social y debería ser una parte crucial de cualquier mix de marketing. Pero es importante desarrollar programas integrados que usen la Web como algo más que un canal publicitario. Las empresas deben, por tanto, salir de la mentalidad de los medios masivos: en lugar de comprar avisos en MySpace, deberían incorporar a sus programas de marketing, elementos interactivos de la <em>Web</em> 2.0.</p> <p><br /> Las perspectivas de China<br /> <br /> <strong>Apasionado debate sobre la supuesta hegemonía de Asia</strong></p> <p>Minxin Pei, director del Programa de China en el <em>Carnegie Endowment for International Peace</em> y autor de<em> China Trapped Transition,</em> aconseja en este ensayo que publica Foreign Policy que nadie se trague la píldora de la caída de EE.UU. y el surgimiento de Asia. Tendrán que pasar muchos años antes de que China, India y el resto de la región se pongan al frente del mundo.</p> <p>Si es que eso ocurre alguna vez. Lo que sigue es una condensación de <em>“Think Again: Asia’s Rise”. </em></p> <p>Sobre la afirmación: “El poder se está trasladando del Este al Oeste.”, la respuesta es: no exactamente.<br /> Quien se alimente con una dieta fija de libros como <em>The New Asian Hemisphere: The Irresistible Shift of Global Power to the East</em> o <em>When China Rules the World</em>, le será fácil pensar que el futuro pertenece al Asia. Como dijo recientemente un importante heraldo del ascenso de la región: “Estamos entrando a una nueva era de la historia mundial: el fin del dominio occidental y la llegada del siglo asiático”.<br /> Es cierto: desde la Segunda Guerra Mundial la región tuvo crecimiento sostenido de producción y capacidad militar. Pero no hay que exagerar diciendo que será la primera potencia del mundo. A lo sumo su ascenso favorecerá la existencia de un mundo multipolar. <br /> Todavía está lejos de achicar las diferencias que la separan de Occidente en poder económico y militar. La región genera alrededor de 30% de la producción mundial, pero por su enorme población, el PBI per cápita es de apenas US$ 5.800 (US$ 48.000 en Estados Unidos). En poder militar, el gasto combinado de todos los países asiáticos en 2008 fue la tercera parte del de Estados Unidos. Aun a las tasas de crecimiento actuales, al ciudadano común le llevaría 77 años alcanzar el ingreso del ciudadano promedio de Estados Unidos.<br /> Tampoco se puede hablar de Asia como una sola entidad. El ascenso de un actor regional será recibido con alarma por sus vecinos. La historia del continente está repleta de ejemplos de puja del poder y conflictos militares. <br /> Además hay otro ingrediente: ideas. La pax americana fue posible no solo por el poder económico y militar sino también por un conjunto de ideas visionarias: libre comercio, liberalismo wilsoniano e instituciones multilaterales. Asia todavía no lidera en el mundo de las ideas.</p> <p><strong>El ascenso es indetenible</strong><br /> No hay motivos para estar tan seguros. Dado que el ingreso per cápita es relativamente bajo, su tasa de crecimiento sí va a superar la de Occidente durante varios años. Pero a la región le esperan enormes problemas demográficos. El envejecimiento es uno de ellos. En China la población vieja será inmensa para mediados de la próxima década. Su tasa de ahorro caerá mientas explotarán los costos de salud y jubilaciones. India es la única excepción en estas tendencias, que en los demás podrían llegar a detener el crecimiento. <br /> Luego están los problemas ambientales y de recursos naturales. La polución agrava la escasez de agua y la contaminación ambiental mata 400.000 personas por año en China solamente. <br /> Además, si con la crisis se evapora la demanda occidental, las empresas asiáticas podrían sufrir una tremenda capacidad ociosa, pues la demanda nacional no puede absorber tanta producción.<br /> También están los que sostienen que “el capitalismo asiático es más dinámico”. Ahora que Occidente está en una crisis provocada por la avaricia, hay quienes dicen que la versión asiática de capitalismo –con intervención estratégica del Estado, visión de largo plazo y deseo irrefrenable de mejora material– lleva las de ganar.<br /> Pero el dinamismo –con excepción de Japón– no proviene de una forma asiática de capitalismo. La verdad es más simple: se debe a sus sólidos principios fundamentales (mucho ahorro, urbanización y demografía) y a las ventajas del libre comercio, reformas de mercado e integración económica. El atraso relativo de la región es aquí una bendición: tienen que crecer más rápido porque empezaron de mucho más abajo. <br /> El capitalismo asiático tiene tres rasgos únicos, que no necesariamente le confieren ventajas competitivas. 1) Los Estados intervienen en la economía mediante política industrial, inversión en infraestructura y promoción de exportaciones. Si esa intervención hace más dinámico el capitalismo aún no se ha podido comprobar. 2) El ambiente empresarial está dominado por dos tipos de compañías: grandes conglomerados familiares y empresas estatales. Aunque esas estructuras permiten evitar el cortoplacismo, también las protegen de las presiones del mercado volviéndolas menos responsables, menos transparentes y menos innovadoras. 3) Las altas tasas de ahorro brindan una enorme fuente de capital interno que alimenta el crecimiento económico. Pero los asiáticos ahorran porque sus Gobiernos no les brindan una red de seguridad social. Los Gobiernos, además, penalizan a los ahorristas con magras tasas de interés y premian a los productores subsidiando el capital.</p> <p><strong>¿Líder en innovación?</strong><br /> Es cierto que cada vez más patentes se otorgan en Estados Unidos a inventores asiáticos. La tendencia parece alarmante, pero aquí tampoco hay que exagerar. El liderazgo de Estados Unidos sigue siendo enorme. En 2008 los inventores estadounidenses registraron 92.000 patentes, el doble del total combinado otorgado a inventores coreanos y japoneses. Los dos gigantes asiáticos, China e India, quedan muy atrás. <br /> Asia está destinando mucho dinero a educación superior, pero las universidades no serán centros mundiales de estudio e investigación en un futuro próximo. Ninguna de las 10 primeras universidades del mundo está en Asia. La de Tokio está entre las primeras 20. <br /> Sobre el sistema político, se piensa que las dictaduras fueron una ventaja. No está tan claro el punto. Tal vez parezca que las autocracias hayan traído prosperidad. Los llamados dragones –Surcorea, Taiwán, Singapur, Indonesia y ahora China tuvieron gran crecimiento con regímenes no democráticos. Pero Asia también tuvo muchas autocracias que empobrecieron a sus países (Burma, Pakistán, Norcorea, Laos, Camboya bajo Khmer Rouge y Filipinas bajo Ferdinando Marcos). China es un ejemplo mixto. <br /> Cuando se miran las autocracias que lograron éxito económico se advierten dos hechos curiosos. Primero, su desempeño económico mejoró cuando se volvieron menos brutales y permitieron mayor libertad personal y económica. Segundo, la clave del éxito se encuentra en políticas económicas (política macroeconómica conservadora, inversión en infraestructura, promoción del ahorro e impulso exportador). La dictadura no tiene una fórmula mágica para el desarrollo económico.</p> <p><strong>La hegemonía china</strong><br /> Aunque es cierto que China se convertirá en el país más poderoso de Asia, su ascenso tiene límites. Es improbable que reemplace el papel de Estados Unidos como guardián de la paz o que influya en la política exterior de otros países. Su crecimiento económico tampoco está garantizado. Minorías secesionistas habitan áreas estratégicas que cubren casi 30% del territorio. El partido comunista gobernante –que considera la perpetuación del Estado unipartidario más importante que el expansionismo– no se va a dejar seducir fácilmente por fantasías de grandeza imperial. <br /> China tiene vecinos poderosos en Rusia, India y Japón que van a resistir ferozmente su intento de convertirse en la potencia hegemónica regional. Por razones complejas, su ascenso ha inspirado temor e incomodidad, no entusiasmo. <br /> Se dice que Estados Unidos está perdiendo influencia en Asia. Estados Unidos, es cierto, parece una superpotencia en declinación. Su influencia en Asia aparentemente mermó y ahora el dólar tiene menos demanda que el yuan. Pero es prematuro declarar el fin de su preeminencia geopolítica en ese continente. Seguramente sus mecanismos políticos y económicos le permitirán recuperar posiciones. <br /> El liderazgo de Estados Unidos en Asia tiene muchos orígenes, no sólo militares y económicos. Como la belleza, la influencia geopolítica de un país suele estar en el ojo del que mira. Para muchos de los países de la región Washington es el garante de la paz. Las élites de Nueva Dehli y Tokio siguen confiando en el Tío Sam para vigilar a Beijing.</p>

<p>Resurgir xenofóbico<br /> <br /> <strong>En Rusia, el nacionalismo es mucho más que un espectro</strong></p> <p>Amén de la mera acumulación de poder –que el Kremlin llama ”soberanía democrática”–, se notan brotes internos de nacionalismo ligados al endurecimiento de la política exterior. Esto explica actitudes hacia las ex repúblicas soviéticas, Europa occidental, Estados Unidos y la disidencia local.</p> <p>El 31 de diciembre de 1999, el flamante presidente Vladyímir Putin heredó una economía agobiada por una privatización caótica, la crisis de 1997/8 y la guerra en Chechenia. Rusia ya no era superpotencia y la asediaban otros espectros.<br /> Diez años después, Dmitri Miedvyédiev sucede a su mentor, que pasa a primer ministro y poder en la sombra. Hasta hace poco, entretanto, la economía crecía, en gran medida por los hidrocarburos, que aportan casi 60% de las exportaciones. Desde mediados a de los 90, en efecto, el flujo de inversiones externas fomentaba el desarrollo. Pero este cede hoy por la volatilidad de precios y la guerra en Georgia, ahora en suspenso: algunos analistas occidentales sostienen que el conflicto hizo salir US$ 30.000 millones de Rusia.<br /> Sospechosas xenofobias se orientan a los nexos entre Ucrania, Georgia y Occidente, en particular la OTAN, pese a su decadencia. En realidad, Moscú se embarcado en la tarea de reconstruir la esfera soviética de influencia.<br /> Ya en los años 90, bajo Boris Yeltsin, surgió una ola xenofóbica que aún no cesa, especialmente dirigida al Cáucaso y Asia central. Por ejemplo, el notorio Vladyímir Zhirinovsky y su partido “demoliberal”, que abogaban por la reexpansión territorial por Eurasia.<br /> Otras organizaciones ultraderechistas que surgieron entonces eran y son más intimidatorias. Un caso extremo era la ya disuelta “Unión Nacional Rusa”, un grupo paramilitar que desplegaba una esvástica retocada y se proclamaba heredero de las Centurias Negras, una legión monarquista anterior a 1917 asociada a Rasputín.<br /> Formada en 1990, la UNR creció hasta reunir hasta 50.000 miembros e infiltrar altos estamentos de la burocracia. Sobre todo en el Ministerio del Interior. Prohibida por Putin, sus epígonos integran hoy bandas de rapados que atacan civiles de piel cetrina. De 2004 a 2007, hubo más de 1.000 ataques racistas solo en Moscú y Petersburgo “la santa”, con 14 muertos. Paradójicamente, en la mejor tradición estalinista, las autoridades emplean “fascista” contra todo tipo de disidente u opositor. Por ende, el nacionalismo del Estado fomenta esos sectores nazifascistas.<br /> Este fenómeno data de fuentes tan oscuras como el centenario espiritismo de Nicolái Uspyensky, vía gente como Alyexandr Dugin, un charlatán que mezcla historia y ocultismo patriótico. En la actualidad, el personaje es asesor de Vladyíslav Surkov, subjefe de Gabinete. En libro editado en 1997, Dugin propone una doctrina irredentista eurasiática.<br /> Desde 2005 el ideólogo critica a Putin por no ser más firme ante Estados Unidos. El contexto es claro: al recobrar Rusia peso internacional, su política exterior oscila entre un pragmatismo occidentalista y el viejo nacionalismo enraizado en Iván IV, Pedro I y la URSS. Sin alcanzar este extremo, Moscú persigue una geopolítica proactiva.<br /> Sin duda, crece la injerencia en la gigantesca periferia rusa que formaba parte del imperio zarista o la Unión Soviética. Así, cuando Polonia aceptó que la Organización del Tratado Noratlántico instalara bases para proyectiles, la reacción de Moscú fue amenazadora. Antes, Ucrania desataba una crisis por querer entrar en la OTAN. A raíz de estos roces, en septiembre se deshizo la coalición de 2004 entre el prooccidental Víktor Yushchenko y Iulia Tymoshenko, ex aliada del anterior captada por los rusos.</p> <p><br /> Sucesión en la Reserva Federal<br /> <br /> <strong>¿Merece otro mandato Benjamin Bernanke?</strong><br /> <br /> Aunque Wall Street lo respalde como propia tropa, la gestión de quien preside la Reserva Federal muestra demasiados altibajos. Esto le genera rivales para el cargo. Por ejemplo, Lawrence Summers, Roger Ferguson, Alan Blinder o Cristina Römer.</p> <p>La tenida de Bernanke acaba el 31 de enero próximo y cunden dudas sobre la renovación del mandato. Si eso sucede, sería confirmado uno de los funcionarios más ligados a dos crisis, la hipotecaria (heredada del hoy silencioso Alan Greenspan) y la financiera. Peor aún, transmitiría a la sociedad un mensaje políticamente letal para Barack Obama: desde 1987, en la RF se imponen los fracasos. <br /> Quienes abogan por este experto en las depresiones estadounidenses de 1933/7 y japonesa de los años 90 arguyen esa trayectoria universitaria. También sostienen que su astucia evitó el desastre tras los colapsos de Bear Stearns y Lehman Brothers. ¿Cómo lo logró? Pues triplicando los recursos de la RF para apuntalar los mercados especulativos y encarando políticas heterodoxas.<br /> Pero sus partidarios no mencionan el papel de Bernanke en la peor recesión sufrida por EE.UU. (y Occidente) desde, justamente, la de los años 30. Tampoco recuerdan su insalubre complicidad con el entonces secretario del Tesoro, Henry Paulson (ex Goldman Sachs, de paso), en el manejo del programa pro alivio de activos tóxicos (TARP, US$ 700.000 millones) apelando a dinero de los contribuyentes. <br /> Al evaluar la gestión de BB, debe indagarse por qué fue tan pasivo en oportunidad del desastre hipotecario (2006), un agujero de casi US$ 600.000 millones. Vale decir, no lejos del monto involucrado en TARP<em> (Troubled Asset Relief Program),</em> dos años después.<br /> Otro punto contra renovar el mandato de Bernanke es la total subestimación de los efectos implícitos en el violento desinfle de la burbuja inmobiliaria y sus repercusiones en Europa occidental. Recién en abril de 2007 (un año después del propio Obama), advirtió que algo marchaba mal en materia de insolvencias hipotecaria y precios de vivienda. Pocos meses más tarde, se vio forzado a admitir que los préstamos en cese de pagos podrían sumar de US$ 50.000 a 100.000 millones en el sistema, monto que elevó a 150.000 millones si trepidar ni ofrecer la renuncia. Sólo Mervyn King (Banco de Inglaterra) o Jean-Claude Trichet (Banco Central Europeo) tienen la piel más dura. <br /> “Al decidir la suerte de Bernanke –señala el ortodoxo Desmond Lachman, ex analista del Fondo Monetario Internacional–, Obama debería examinar no sólo los aparentes éxitos posteriores al caso Lehman Brothers, sino toda su gestión. Si lo hace fría, sistemáticamente, descubrirá un desempeño integral deficiente y que hay mejores candidatos a dirigir el banco central”.<br /> ¿Los hay en verdad? Faltan seis meses y el nombre de Summers se perfila al frente del pelotón, en buena medida porque se promueve activamente a sí mismo. Wall Street lo detesta y uno de sus ideólogos, David Wyss (Standard & Poor’s), recomienda “no cambiar de caballo en medio del río”. Ello presupone además que Obama logrará reelegirse. Varios gurúes neoyorquinos directamente rechazan a Summers por poco ortodoxo.<br /> Sea como fuere, la Casa Blanca recién evaluará antecedentes desde octubre, o sea dentro de dos meses. Algunos moderados, como Michael Ferroll (JPMorgan Chase) sugieren no politizar el manejo monetario. Dos influyentes diputados –Bernard Fink, comité de servicios financieros, y Caroline Maloney– apoyan a Bernanke, pero la mayoría de senadores quisiera verlo afuera. Si en verdad Summers parece polémico, Ferguson y Yellen tienen buenas credenciales universitarias y amigos fuertes en Washington.<br /> A diferencia del liberal Ferguson –en el sentido anglosajón–, a Yellen se la considera demasiado conservadora e ideológicamente cercana a Bernanke. Pero tal vez existe un tapado. Mejor dicho alguien que, si no le va bien en su actual cargo, podría aspirar a la sucesión: nadie menos que Timothy Geithner, secretario del Tesoro, otrora presidente de la RF Nueva York. Hay un inconveniente: demasiados legisladores demócratas creen que la Reserva Federal tiene mentalidad similar a Wall Street.</p> <p><br /> El perfil hídrico del planeta<br /> <br /> <strong>Agua por todas partes, pero cada día más cara</strong><br /> <br /> “Dios nos da el agua, pero no paga cañería ni plantas potabilizadoras”. Así Loïc Fauchon –presidente del Consejo Mundial del Agua (CMA) y católico practicante– resume los mismos problemas en materia de provisión que entusiasman a un actor financiero como Goldman Sachs.</p> <p>En verdad, las tres primeras culturas dependientes de los dioses para su agua (Sumeria, Egipto, el Indo) solo debían cavar zanjas para distribuirla. Con los siglos, vendrían las guerras por su control. En enero de 2005, Fauchon asumió la conducción del CMA, que representa unos 350 miembros en más de 70 países.<br /> Este experto sabe perfectamente qué deteriora los recursos hídricos del planeta: sobrepoblación, contaminación y urbanización. “El recalentamiento global se avecina, cierto, pero los problemas actuales no se deben a él. Son culpa de los hombres. Otrora, debíamos satisfacer apenas las demandas agrícolas, industriales y doméstica. Ahora, será preciso modificar estrategias”.<br /> Por ejemplo, las reservas acuíferas en la cuenca de Beijing significan casi 4.000 millones de barriles anuales. ¿Qué sucederá pues en 10, 20 años? Para entonces, “China deberá bombear agua de sur a norte, algo ecológicamente dañino, pero ¿qué podrá hacer ante la escasez”, se pregunta Fauchon. Los dilemas no se limitan al mundo en desarrollo. Arnold Schwarzenegger, gobernador de California –quinto producto bruto interno del globo–, explicaba en junio que deberá reducir en 2009/10 el consumo de agua potable.<br /> Sin ayuda de dioses, distribuir agua es caro. Los servicios en Europa occidental y Norteamérica son privados, problema que no afrontan los países emergentes. Por eso, en Estados Unidos las potabilizadoras y distribuidoras cotizan en Wall Street.</p>

<p><strong>Pago o subsidio</strong><br /> Algunas multinacionales también se dedican al negocio. Pero, “en términos de políticas –apunta Fauchon–, toca al Estado asegurar que el sector privado cree, mantenga y opere infraestructuras”. Las opciones sobre el tapete son pagar por el agua (método para el mundo desarrollado) o subsidiar la distribución (método para el resto).<br /> La cuestión se agrava a mayor ritmo que las posibilidades de pagar en buena parte del mundo. Fauchon o Schwarzenegger sostienen que cabe al Estado fijar tarifas y marcos regulatorios. No será fácil. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud estima que, en 2009/13, los países en desarrollo necesitarán US$ 18.000 millones anuales para redes hídricas. No parece mucho, si se compara con los US$ 700.000 millones gastados por EE.UU. en seis meses para rescatar banqueros. <br /> En este escenario, el agotamiento de reservas quizá tenga efectos peores que el de los hidrocarburos. Transtornará mercados, ecosistemas y geopolítica. Naturalmente, no todos creen que el recurso sea un negocio y apuntan a China, India, Rusia, Brasil y otras economías menos condicionadas al lucro privado. <br /> ¿Cuál es el perfil hídrico del planeta? El agua salada, solo apta si se la desaliniza –algo por hoy imposible en altamar–, representa 97% de la masa total. En cuanto al restante 3%, su uso humano vive un auge por efectos de sobrepoblación y creciente necesidad de alimentos. Hacia 1900, el consumo hídrico totalizaba cerca de 700.000 m3, señala Sustainable Asset Management, una consultoría suiza. Hace dos años, la cifra se elevaba a 3,84 billones de m3 (+400%) y probablemente alcance cinco billones (+550) en 2025. <br /> Ya se observan consecuencias tales como racionamiento hídrico en California, desecamiento en la cuenca del río Amarillo (China) o reducción glaciar en la Patagonia. Los gigantescos desprendimientos de témpanos circumpolares son otro signo. Hacia 2030, más de media humanidad vivirá en zonas con problemas de abasto hídrico. <br /> Muchos se inquietan, no por buenas razones. Por ejemplo, Goldman Sachs coincide en que la falta de agua será una amenaza geopolítica superior a los precios agrícolas y el agotamiento de hidrocarburos. Pero también será un gran negocio financiero. Ya en 2006, Nicholas Stern compartía esas aprensiones en un estudio encargado por el Gobierno británico. A GS eso lo fascina. Según ellos, cada 20 años se dobla el consumo hídrico mundial. Por consiguiente, el banco otrora dirigido por Henry Paulson prevé un aumento en el precio eventual del agua y lo ve como “oportunidad, casi como el petróleo del futuro”. Derivativos inclusive.</p> <p><br /> Una actividad muy golpeada por la crisis<br /> <br /> <strong>Hay que reinventar el negocio aerocomercial</strong><br /> <br /> Demanda y rendimientos en picada, pasajeros desconfiados –el síndrome Airbus– y temor a una pandemia, las aerolíneas luchan por sobrevivir en un año con pérdidas proyectadas en US$ 9.000 millones e ingresos cediendo de US$ 528.000 a 448.000 millones. Solo Lufthansa parece bien encaminada.</p> <p>“Las empresas deben aprovechar la crisis como oportunidad y mejorar servicios”, cree Giovanni Bisignani, director general de la Asociación Internacional del Aerotransporte (AIA). Recientemente, la entidad realizó su sexagésima quinta asamblea anual en Kuala Lumpur, Malasia.”Eso significa redimensionarse y reciclarse, cargas que deberán compartirse en todo el espectro sectorial”. <br /> Para sobrevivir, por ejemplo, los agentes de viajes han de redefinir modelos de negocios y ofrecer servicios de calidad a quienes estén dispuestos a pagarlos. Como apuntan datos del <em>Institut Européen d’Administration des Affaires </em>(INSEAD, París), vinculado con la escuela de negocios Wharton, mientras el sistema distribuidor occidental cobra cuatro dólares por operación, la alianza china TravelSky hace lo mismo por 50 centavos. “Esto debe cambiar”, reclama la AIA.<br /> “Las relaciones entre aerolíneas privadas y Gobiernos también requieren replanteos”, apunta Bernard Gustin (Brussels Airlines, que Lufthansa planea tomar parcialmente). Este directivo revela que su empresa ha tenido 20% menos pasajeros en el primer trimestre del año, esencialmente gente de negocios. Las compañías han impuesto limitaciones a gastos de viajes, lo cual se nota en abandono de la clase ejecutiva en favor de la económica. <br /> Desde abril, la cantidad de pasajeros repunta, pero siguen disminuyendo los valores, en buena medida por ese traspaso a económica. La proliferación de turistas queda en parte compensada por su tendencia a buscar precio reservando por anticipado. De acuerdo con Gustin, Brussels ha reducido 15% su capacidad y negocia un congelamiento salarial. “Mantenemos rindes, pero la baja de precios significa que la clientela actual paga menos. Al mismo tiempo, creamos promociones innovadoras para estimular demanda”.</p> <p><strong>Efectos aeroportuarios</strong><br /> Junto con las aerolíneas, los terminales también son afectadas por el bajón. Comparten pasajeros y tienen intereses comunes, como servicios en tierra, seguridad, eficiencia, control de costos o responsabilidades ambientales. <br /> La onda depresiva llegó exactamente cuando el sector levantaba vuelo en lo atinente a erogaciones de capital, respondiendo a una tremenda demanda de los pasajeros. Sin embargo, los aeropuertos no pueden, como las aerolíneas, contraerse y expandirse velozmente.<br /> James Cherry –<em>Aéroports de Montréal, International Airports Council</em>– fue claro. “La propia naturaleza de esas instalaciones, intensivas en capital a largo plazo, dificulta mucho hacer amplios recortes en medio de una crisis como esta, tan repentina”. Pese a ello, “pensamos constantemente a 10, 20, hasta 30 años vista. Sabemos que las presentes turbulencias no son gran cosa en el marco histórico y pronto se olvidarán”.</p> <p><strong>Sobreviviendo</strong><br /> Algunas estrategias al respecto son ya claras. Ambiciosas fusiones y adquisiciones han producido supercompetidores. Entre ellos, Lufthansa-Swiss-Austrian, Air France-KLM, Delta-Northwest, JAL-JAS, Cathay-Pacific-Dragonair.<br /> En Estados Unidos, las compañías han recortado capacidad rápidamente. Si bien cada empresa debe adoptar sus propias decisiones, todas tienen que compatibilizar capacidad, caída de demanda y compra de aviones. Unas 4.000 unidades, 17% de la actual flota, están programadas para entrega de ahora hasta 2011/2. Naves pedidas en buenos momentos quizá lleguen a las líneas en coyunturas recesivas o estancadas: tornarlas rentables será un desafío.<br /> <br /> <strong>F&A. La clave de Lufthansa</strong><br /> La compañía germana transportó en 2008 un total de 70.500.000 pasajeros y quedó al frente en la estadística de la AIA. Esto deja Air France-KLM 20% detrás de la líder, a quien proyecta como modelo eficiente de negocios.<br /> La nueva líder también efectuó una serie de movidas estratégicas. Así, estableció Luftansa Italia, la red específica para ese mercado y el distribuidor Malpensa (Milán), desdeñado por Alitalia. O tomar parte de JetBlue –la línea económica estadounidense– y ubicarse segunda, tras British Airways, en el control de Heathrow, el aeropuerto europeo más activo.<br /> Por otra parte, hizo punta en materia de F&A absorbiendo Swiss International y Austrian Airlines, ambas operaciones sujetas al acuerdo de la comisión europea. Poco después, Lufthansa adquiría 45% de Brussels Airlines y una opción por el resto en 2011, asimismo condicionada al veredicto de la CE.<br /> Wolfgang Mayrhuber, presidente ejecutivo de la compañía, conversó con Insead/Wharton Knowledge sobre cómo se compite y por qué las F&A resultan necesarias en fases turbulentas. “En primer lugar, teníamos una sólida base financiera más experiencia en afrontar situaciones difíciles. En ese marco, fue clave para estabilizar ingresos la cartera de negocios segmentados”.<br /> Gracias a sus diferentes ciclos individuales, “el conjunto permite un desarrollo grupal sostenible. También fue decisivo el hecho de que los segmentos de por sí resultaran mucho menos volátiles entonces que años antes. La combinación de esos factores –consecuencia directa de nuestra orientación en estrategia y rentabilidad– hace que, aun en tiempos tormentosos, Lufthansa funcione mejor que sus competidoras”.<br /> Ahora bien ¿qué tendencias actuales se observan en la actividad? “Aun en medio del retroceso, el aerotransporte es un servicio expansivo. En tanto la flota se ha doblado en número durante 40 años, la eficiencia de los combustibles mejoró 70%. En cuanto a la tendencia dominante, es clara: buscar métodos para afrontar desafíos ambientales en un contexto de mayor tráfico y menores recursos”. <br /> Por ende, “mejorar en lo ecológico influirá positivamente en el desempeño económico. La meta –indica Mayrhuber– es disminuir constantemente costos operativos, elevar productividad y morigerar efectos ambientales”.<br /> Según AIA, el negocio acumulará este año –como ha señalado Insead/Wharton– pérdidas contables por unos US$ 9.000 millones. Dado que Lufthansa está al frente en F&A ¿su presidente ve la consolidación como forma de neutralizar quebrantos? <br /> En el largo plazo, las F&S “deparan excelentes oportunidades de seguir compitiendo en el mercado mundial. Por ejemplo, permiten retener nodos distribuidores, mejorar conexiones, rebajar tarifas y asegurar puestos laborales en medio de una crisis. Amén de asegurarnos el futuro vía adquisiciones, hemos probado –vía Swiss International– que el esquema funciona”. Una vez tomada por Lufthansa, Swiss pudo invertir más de e 1.000 millones en aeronaves y ampliar vuelos de larga distancia. Hoy, la línea da utilidades en su país y estados alemanes vecinos.<br /> Por cierto, “las condiciones al momento de comprar Swiss y Austrian favorecían nuestra estrategia y anticipaban años de auge. No es el caso actual. La economía –sostiene Mayrhuber– está en problemas, sí, pero no será para siempre. Con las incorporaciones adicionales de Brussels Airlines o Heathrow, estaremos en condiciones de ligar distribuidores y beneficiar pasajeros”.</p> <p><br /> Cambio de mentalidad<br /> <br /> <strong>Vínculos entre energía y crecimiento económico </strong></p> <p>Según los autores de<em> The Economic Growth Engine, </em>los economistas están desperdiciando una enorme fuerza generadora de crecimiento económico: la energía convertida en “trabajo útil”. De acuerdo a la teoría universalmente aceptada, dicen, la energía es un bien intermedio que puede ser “producido” por una combinación de inversión de capital y trabajo (más tecnología).</p> <p>Esto significa que el crecimiento económico es independiente del uso de la energía y sugiere que el crecimiento puede continuar indefinidamente a tasas históricas. <br /> Esto es falso, explican los autores en su libro. “Creemos que este supuesto (el crecimiento es independiente del uso de la energía) está enviando señales peligrosas a los políticos. Existe contradicción entre la idea de gravar el uso de la energía o poner un tope a las emisiones de carbono (cualquiera de las dos elevará el precio) y simultáneamente esperar que el crecimiento no se vea afectado”.<br /> <em>El motor del crecimiento económico</em> (*) es un original libro en el que sus autores –Robert U. Ayres y Benjamin Warr– exploran la relación entre termodinámica (trabajo físico) y economía. <br /> Más precisamente, estudian la relación entre progreso tecnológico, eficiencia termodinámica y crecimiento económico; las revelaciones que obtienen les permiten, a su vez, dar una explicación de crecimiento endógeno que es cuantificable y consistente con las leyes de termodinámica. Una de las conclusiones que se desprenden del estudio es que el crecimiento económico futuro no está garantizado a menos que continúen las mejoras en eficiencia energética que siempre generaron crecimiento en el pasado. <br /> “Para evitar esta contradicción –señalada por los autores– hay que encontrar formas de aumentar la eficiencia con la cual producimos trabajo útil, materiales útiles, productos, servicios y demás, sin aumentar los costos. Lo que hay que hacer es buscar maneras de producir más de ese trabajo útil con menos recursos, o sea, más barato”.<br /> Sin embargo, cambiar mentalidades va a ser difícil, dice Warr. El método estándar es no solamente aceptado en todas partes sino, peor todavía, tomado como cierto. Está incorporado a todos los grandes modelos globales de predicción y modelos financieros.<br /> Ayres y Warr desarrollaron una base de datos de eficiencia en uso energético que se aparta del modelo tradicional basado en costos y consumo de energía. Su método plantea, por ejemplo, que a un automovilista le importa más el rendimiento de la nafta que su precio; o sea, cuántos kilómetros recorre con un tanque lleno. El interés se pone aquí en el “servicio” de la energía, que ellos llaman “trabajo útil”.</p>

<p><strong>La burbuja machista</strong><br /> Entonces, la burbuja inmobiliaria y sus malas hipotecas generaron casi tres millones de empleos en la construcción, de otro modo no factibles. Mientras tanto, otras áreas masculinas (materiales, transporte pesado, plomería, etc.) se enganchaban en una “burbuja laboral”. Los altos salarios permitían a los hombres un apreciable margen de “superioridad”. Así terminaron. <br /> Por supuesto, la burbuja inmobiliaria fue solo el último intento por apuntalar el machismo en EE.UU., Irlanda, España y otras economías. Todavía su ejemplo clásico es el New Deal (Nuevo Trato) de Franklin D. Roosevelt y su cerebro, John Maynard Keynes, irónicamente un homosexual como John Edgar Hoover. “En el piso de la depresión de 1933/7 –recuerda la historiadora Gwendolyn Mink–, había 15 millones de desocupados en una fuerza laboral 75% formada por hombres. Eso atentaba contra el modelo del padre de familia proveedor y protector. Roosevelt lo salvó del colapso, queriéndolo o no”. <br /> 60 años después, aquel modelo se desploma y no habrá intervención estatal que lo rescate. Por el contrario, el paquete de estímulos por US$ 787.000 millones no se parece al Nuevo Trato en lo laboral. Pese a proyectos de rutas, ferrocarriles, etc., favorables a la mano de obra masculina, el grueso de inversiones irá a educación, tecnología, salud y servicios sociales. O sea, el dominio femenino (aunque Silicon Valley se resista).<br /> En EE.UU. ya las mujeres representan casi la mitad de cargos en biología, genética y especialidades médicas. También aportan tres cuartos de trabajadores en hospitales y clínicas, realidad que la TV aún no admite: basta ver <em>ER</em> (sala de guardia) o <em>Doctor House.</em> Nadie menos que Barack Obama ha aportado a la polémica sobre la transferencia de poder a las mujeres: “Industria y construcción no desaparecerán, pero su peso se reducirá en la economía total. Por consiguiente, las mujeres serán proveedoras de la familia en igual o mayor grado que nosotros”. Curiosamente, por razones opuestas –subdesarrollo, pobreza–, en el ex “tercer mundo” las madres cumplen el papel de los padres ausentes.</p> <p><strong>El futuro posmachista</strong><br /> ¿Cómo afectarán esos cambios en el mundo posmachista? Depende de las opciones que adopten los hombres y hay solo dos. La primera es aceptar a las mujeres en pie de igualdad, asimilándose a nuevos parámetros culturales o institucionales diferentes. Nada de eso implica que los occidentales se conviertan en metrosexuales o híbridos, sin fútbol, vino ni cerveza. Pero lo cierto es que, en la óptica conductista, emerge otro modelo masculino, particularmente entre los occidentales cultos.<br /> Sin embargo, existe otra opción: resistir. Los recalcitrantes pueden sacrificar sus propias posibilidades sociales en aras de esfuerzos para demorar tendencias históricas, por lo menos en economías centrales donde haya émulos de Silvio Berlusconi o los hermanos Kaczynski en Polonia. Por cierto, quienes no hallen formas constructivas de elaborar frustraciones arriesgarán llegar a extremos estilo ruso o musulmán. Pero, en los países desarrollados de Occidente y algunos emergentes (no China ni India), los machistas son minoría. <br /> En verdad, la elección entre asimilarse o resistir quizá marque divisorias geopolíticas. Norteamérica (EE.UU.-Canadá, no México) y Europa occidental –no Polonia ni los Balcanes– van aceptando un orden sexualmente igualitario. No así los gigantes eurasiáticos (China, Rusia, India, Japón, Indonesia), donde las mujeres sufren opresión doméstica y desigualdades a veces crueles, vistas aún con ojos machistas del oeste. En esa sociedades el Estado, totalitario o en apariencia democrático, no hace nada para mejorar la suerte femenina. Resulta irónico que, en India, solo las mujeres descastadas (parias) o el clan Gandhi-Nehru haga activismo antimachista.<br /> Rusia es un caso emblemático. Si bien hay 10,5 millones más mujeres que hombres, ellas casi no desempeñan cargos políticos ni tienen presencia en economía y finanzas. El colapso de la Unión Soviética arrastró el ideal comunista de igualdad femenina, excepto en las repúblicas bálticas o Ucrania. Al revés, muchos rusos adhieren hoy al ideal masculino como proveedor de la familia que, cuando se dedica a la bebida o el juego –lacras habituales en el país–, es sustituido por el Estado. ¿Cómo? Subsidiando a las mujeres para que tengan hijos y los mantengan.<br /> Si eso y lo que sucede en las villas miseria latinoamericanas o africanas es un escenario de pesadilla, el panorama chino no es mejor. El paquete de estímulos por US$ 590.000 millones es lo más parecido al Nuevo Trato que nada concebido en el EE.UU. de Obama o el Brasil de Luiz Inácio de Silva. En efecto, el plan se basa en obras públicas de corte keynesiano y neto sesgo laboral masculino.</p> <p><br /> Tecnologías para enfriar al planeta<br /> <br /> <strong>Reingeniería del clima y los riesgos del aerosol sulfúrico</strong></p> <p>A medida que crece el efecto invernadero, algunos científicos audaces encaran esquemas –tan radicales como peligrosos– para modificar el clima por la fuerza. Ciertas ideas al respecto –como los aerosoles sulfúricos– son tecnológica y económicamente plausibles. Pero aterran.</p> <p>Yendo delante en el tiempo, a un planeta arrasado por catástrofes ambientales, un viajero podría toparse con largas columnas de fuego subiendo 20.000 metros en zepelines, como en <em>Viaje a las estrellas </em>versión 2008 o<em> Max Headroom</em> (años 80). Desde el suelo, plantas químicas bombean 10 kilos de dióxido de sulfuro por segundo. Arriba, mangueras lo descargan en la estratósfera. En parte del planeta, estos aerosoles contaminan la noche de rojo, pues el ozono está desapareciendo. De día, esa capa protege de la radiación solar y, mientras dure, mantendrá temperaturas relativamente bajas.<br /> En verdad, esta tecnología u otras –casi tan locas– para enfriar el mundo ya están disponibles. Según sus promotores, las temperaturas medias pueden retornar a fines del siglo 18, primera fase de la revolución industrial, y sin pagar mucho: por solo US$ 100.000 millones (un séptimo del megarrescate financiero estadounidense) sería factible revertir los cambios climáticos antropogénetas operados en los últimos 200 y pico de años. Algunos expertos sospechan que bastará un centésimo de ese monto.<br /> Por el contrario, frenar el calentamiento global costaría alrededor de un billón anual. Este cálculo explica que un asesor científico de Barack Obama, John Holdren, recomendara en abril que el Gobierno contemplase la opción de los aerosoles “si las cosas se descontrolasen”. ¿Habrá considerado el tremendo costo político que ese tipo de soluciones implica? <br /> Paul Crutzen, Nobel de química compartido en 1995, es uno de los abogados más entusiastas de bombardear con azufre el planeta. Según sostiene, “los dos siglos recientes son un período antropoceno, pues los hombres trasformaron casi la mitad del mundo. En la nueva fase, se lo reformará intencionalmente, para volverlo a la era preindustrial o, alternativamente, a una fase postindustrial”.</p> <p><strong>Hora de la georeingeniería</strong><br /> El conjunto de proyectos faraónicos en cualquiera de esos sentidos se conoce como “georeingeniería”. Representa las ideas más innovadoras y peligrosas existentes para afrontar el efecto invernadero. Un grupo de científicos tipo doctor No –su modelo político era el difunto Robert McNamara– las ven como receta suprema para evitar incinerar el globo. Sus oponentes temen consecuencias catastróficas. Por cierto, esta gama de tecnologías es tan riesgosa y fácil de instrumentar que el mundo debiera decidir cómo manejarlas antes de que algún país al margen de la ley –Norcorea, Birmania– o algún individuo lo haga por su cuenta (eso sucede en “Viaje a las estrellas”).<br /> Los georeingenieros tienen un enemigo, el sol, de ahí que su primer impulso sea bloquearlo. El escocés Stephen Salter ha proyectado una estrategia para enfriar el globo pintando de banco los cielos oceánicos. Tomando un modelo desarrollado por John Latham, sostiene que basta una flota permanente de 1.500 buques, equipados con extractores que chupen agua y la despidan lo bastante alto para que el viento la lleve a las nubes. Eso elevará la humedad de esas nubes, las blanqueará y aumentará su capacidad de reenviar luz solar al espacio. Salter estima en US$ 600 millones los costos para los primeros 300 barcos. <br /> El óptico Roger Angel (Arizona) optaría por bloquear el sol armando un gigantesco reflector espacial: 20 fusiles electromagnéticos, cada uno 1,7 km de largo, colocados en puntos muy altos. Cada fusil dispararía 800.000 discos de cerámica, día y noche, en intervalos de cinco minutos, durante 10 años. Los impactos darían en un punto gravitacional a medio camino entre el sol y la Tierra, de modo que los proyectiles permaneciesen allá, formando una enorme barrera de pantallas. Entonces, la luz solar quedaría bloqueada en una especie de eclipse anular. Pero el delirio de Angel requiere tecnologías de lanzamiento aún inexistentes, cuesta billones y no dice qué pasará si algún asteroide, cometa o meteorito golpea los discos.<br /> Al lado de esa propuesta, la inyección de azufre en aerosol parece sensata. Tanto que existen planteos apoyados en hechos históricos. Cuando el volcán Tambora eruptó en las entonces Indias holandesas (1815) y envió dióxido sulfúrico a la estratósfera, en Nueva Inglaterra los campos se congelaban en pleno verano. En 1991, el Pinatubo (Filipinas) enfrió medio grado la temperatura global por algunos años.<br /> Los aerosoles son tan baratos que dan vuelta los análisis convencionales sobre métodos y costos para mitigar cambios climáticos. Thomas Schelling (Nobel económico 2005, compartido) subraya cuán difícil es gestionar tratados internacionales y hacerlos cumplir, según demuestra el protocolo de Kyoto, que ni siquiera Japón toma en serio. Pero “las estrategias de georeingeniería plantean drásticas transformaciones. De pronto, en vez de que algún Gobierno trabe acuerdos como el de Kyoto, cualquiera podrá reducir contaminación por cuenta propia. Bombear azufre en la estratósfera –señala el analista– es peligrosamente más fácil que orquestar políticas entre 180 Gobiernos que representan 7.000 millones de habitantes”. <br /> Por otro lado, todos saben que casi todos los planes de georeingenería significan inconvenientes substanciales. Por ejemplo, los aerosoles sulfúricos pueden generar lluvia ácida que diezme plantas y peces. Peor aún, arriesgan cambios climáticos con efectos geográficamente desiguales, por lo cual “5.500 millones se beneficiarían a costa de 1.500 millones, por lo común en países o zonas pobres”. Eso indica Martin Bunzi, otro experto en la materia. <br /> Pero hay un peligro mayor, definido por Raymond Pierrehumbert, un geofísico de Chicago, como vera espada de Damocles. Los aerosoles sulfúricos, en efecto, enfriarían el planeta, aunque luego llevasen a otra calamidad. Al dejar de bombearlos, volverán a la superficie en forma de lluvia ácida y años de carbono acumulado aumentarían de nuevo la temperatura. No conforme, el científico imagina otro tipo de consecuencias imprevistas: rápida destrucción de la capa de ozono, ya castigada por aerosoles. “Sin duda, la inyección de dióxido sulfúrico es fácil de llevar a cabo pero, si fracasa, será un Armagedón”.</p> <p><strong>Otra alternativa</strong><br /> En 1977, Freeman Dyson sacó un trabajo sobre cómo las plantas afectan la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. Cada verano, absorben un décimo y, en otoño, liberan casi todo en el aire. Entonces, el articulista proponía plantas de bosques de “árboles comecarbono” artificialmente desarrollados para limpiar el aire, unidos al suelo mediante raíces tan gruesas como las de un ombú o un baobab. Sin tomar en cuenta el tiempo que le lleva crecer a esos árboles, hoy Dyson estima que, elevando 10 milímetros anuales la capa de humus, podrán neutralizarse todas las emisiones antropogénetas de dióxido. <br /> Con sus bemoles, Dyson encaraba un problema central: ni los aerosoles sulfúricos, ni una flota blanqueando cielos, ni un despliegue de discos en el espacio remoto limitarían mucho los niveles de dióxido y monóxido de carbono. En tantos las emisiones sigan constantes, la atmósfera contendrá más y más gases contaminantes.<br /> Bloquear el sol no hará casi nada para frenar el efecto invernadero, pues equivale a contener la obesidad con una faja y seguir comiendo de todo. Si el corsé se saca, la grasa reaparecerá como si nunca hubiera estado la faja. Por ese motivo, casi todos los especialistas en cambio climático que conversaron con <em>The Atlantic</em> –fuente de esos comentarios– recomiendan sin vacilar reducir emisiones, no jugar con la georeingeniería. Pero los esfuerzos internacionales no rinden frutos y el tiempo se agota, subrayan los heterodoxos.<br /> De ese modo, el canadiense David Keath desarrolla un sistema para captar carbono de la atmósfera misma, mediante estructuras semejantes a edificios verticales que contengan grillas bañadas en una solución química. A medida como el aire pase por ventiletes, ese compuesto atraparía moléculas de dióxido de carbono. Esto se parece a las torres enfriadoras de varias industrias y permitirá controlar emisiones en forma barata desde sitios centrales, no ya en fuentes emisoras tan dispersas como autos, aviones, calefactores, etc.</p> <p><br /> El tiempo de los vehículos económicos<br /> <br /> <strong>Lo mejor de la industria automotriz está por venir</strong><br /> <br /> Quienes piensan así se apoyan en economías emergentes y productos como el Lak o Nano de Tata Motors (a US$ 2.800) y sus rivales chino (Chery) e indio (el Maruti de Mahindra & Mahindra). Pero también Volkswagen, Nissan-Renault o Fiat tienen o tendrán coches chicos.</p> <p>Los modelos económicos son parte de una revolución mundial en una industria más que centenaria. Hoy muchas compañías replantean sus ideas sobre mercados y estrategias, pese a un 2009 turbulento. Por de pronto, lo ocurrido en Detroit –alianza Fiat-Chrysler, achicamiento de General Motors tras las respectivas bancarrotas– indica que se han exagerado pronósticos tremendistas.<br /> Al contrario, empieza a recobrarse productividad merced a innovaciones en diseño o motorización. Nadie se asusta cuando GM revive el Camaro de 1966 y vende 300 en un mes. Pero la clave reside no en Estados Unidos, sino en países “nuevos”desde la perspectiva automotriz. Otro factor reside en millones que en el mundo arriban a ciudades y necesitan coches para moverse. “El impulso se atenúa en 2008-9 pero –según sostiene un estudio de Booz & Co.– existe un potencial en el próximo decenio en tres categorías.</p> <p><strong>1. Economías emergentes dinámicas (EED). </strong>Son el bloque BRIC (Brasil, Rusia, India, China) más la Argentina, Malasia, México, Turquía, Tailandia, Vietnam, Irán e Indonesia.</p> <p><strong>2. Economías menos dinámicas (EMD).</strong> Se trata de unos 100 países con pobres perspectivas y poblaciones. Un subgrupo busca fomentar clases medias y tal vez demanden automotores luego de 2020.</p> <p><strong>3. Economías maduras (EM). </strong>Incluyen Norteamérica, Japón, Taiwán, Surcorea y Europa occidental. Antes que expansión económica, el crecimiento poblacional y el cambio de vehículos definirán cada mercado.<br /> Los tres grupos, estima la consultora, venderán hacia 2013 más de 370 millones de unidades adicionales, margen que subirá a 715 millones hacia 2018. Ninguno de los actuales modelos de negocios está listo para captar esos incrementos. En realidad, durante más de un siglo, los fabricantes de vehículos (FV) han compartido un solo método para armar y vender: unidades de motorización y redes de concesionarios similares. EE.UU., Europa occidental y Japón fueron actores dominantes: 80% de ventas pasaban por ahí.<br /> No obstante, hoy los FV se diversifican y de tornan más complejos. Ya no podrán tener éxito desarmando unidades producidas en esos centros para enviarlas y rearmarlas en economías emergentes. En estos tiempos, las EED son distintas a las de EM y entre ellas en materia de población, desarrollo, prioridades, recursos naturales, redes de transporte o infraestructura energética. Cada mercado exhibe pautas diferentes de demanda, normas, comercio, inversión directa, etc.<br /> También la competencia evoluciona. Esta industria nació en Europa occidental (1905), pasó a EE.UU. (1907) y llegó a Japón en los años 30. Toyota, Honda y Nissan (ex Datsun) empezaron a exportar en los 70 y los surcoreanos se sumaron en los 80 (Hyundai, Kia, Daewoo). En la actualidad empiezan a pesar marcas chinas e indias.</p> <p><strong>Las EED como claves</strong><br /> Las economías emergentes dinámicas implican un potencial como fenómeno planetario: la relación no lineal entre el crecimiento y la movilidad personal. En países del grupo, a medida como sube el ingreso por habitante lo hace la propiedad de vehículos, pero en una clásica curva S.<br /> Las tasas de propiedad automotriz permanecen bajas en las primeras fases de desarrollo. En cuanto el producto bruto interno o la capacidad de compra alcanza niveles identificables con la prosperidad y la urbanización redefine pautas sociales, la venta de vehículos se dispara. Eventualmente, la tasa de crecimiento se nivela y el país se satura de coches, aunque en un grado más alto que antes.<br /> ¿Cómo afecta este patrón la recesión en las economías centrales? Aquel concepto de Thomas Friedman (“el mundo se achata”) hizo que muchos empresarios creyeran posible adoptar un modelo de negocio fijo región por región. Pero un estratega de Booz & Co., Pankaj Ghemawat sostiene que, en verdad, el mundo es semiglobal. Las economías emergentes requieren una gran variedad de esquemas estratégicos. Por ejemplo, definir qué mercados abandonar, cómo y cuándo.<br /> En ese contexto, la FV es una industria de punta que genera enormes ingresos, emplea millones y suele definir el peso de un país en el concierto internacional. Ello explica que los Gobiernos se involucren en regular o influir aspectos decisivos de sus procesos fabriles, laborales y económicos. La semiestatización de General Motors es un caso que llegará a lo clásico. Ahora bien, ente las EED hay un sector significativo, las BRIC, donde se notan las complejidades operativas.<br /> <strong><br /> • Brasil</strong> es líder en al sur del río Bravo en un club que incluye México y la Argentina. Su población, 188 millones, resulta pequeña comparándola con China (1.320 millones) e India (1.100 millones). Pero su uso de vehículos (104 por cada 1.000 personas) decuplica la cifra india y, por eso, sus proyecciones de crecimiento sectorial se acercan más a las de EM: 2% anual en 2008/13 contra 3,2% de EE.UU.</p> <p><strong>• Rusia,</strong> con 145 millones de habitantes (en el mayor territorio del mundo), es el menos poblado del grupo. Pero muestra la mayor tasa de adopción automotriz: 213 cada 1.000 personas. Por su parte, Europa occidental tiene 518 por cada 1.000 individuos. Sin embargo, las ventas rusas proyectan +6,5% entre 2008 y 2013, mucho más que Brasil, Europa occidental (1,2%) y Japón-Surcorea (0,2%).</p> <p><strong>• India</strong> reúne 1.100 millones. Pero su tasa de adopción o incorporación automotriz llega a solo 11 personas por cada 1.000. Por supuesto, hay un lado positivo: su ritmo de ventas crece a razón de 14,7% anual de 2008-13. La proliferación de coches económicos (el término “subcompacto” carece de sentido) es una oportunidad para Tata o Mahindra sino, además, para FV del exterior.<br /> China es un caso excepcional, aun para el grupo BRIC. Casi tan grande como las otras cuatro economías juntas, solo cuenta con 18 vehículos por cada 1.000 habitantes. Sus expectativas de expansión promedio son 8,3% entre 2008 y 2013, con un perfil urbano decisivo: tiene ya más de 140 ciudades con más de un millón de residentes.</p>

<p>La crisis financiera internacional que irrumpi&oacute; el a&ntilde;o pasado de manera notoria en el escenario global &ndash;aunque estaba all&iacute; desde mucho tiempo antes&ndash; ha puesto bajo las luces algunas realidades que hasta hace pocos meses merec&iacute;a solamente debates acad&eacute;micos. La decisiva y creciente intervenci&oacute;n del Estado en la econom&iacute;a, los reclamos por mayor intervenci&oacute;n estatal han ganado adeptos entre las v&iacute;ctimas reales o presuntas de la cat&aacute;strofe financiera. Es decir, entre casi todos. <br />
Es como un espejo que se ha partido en mil pedazos. Intentar recomponerlo y reconstruir la imagen que refleja, aunque resulte distorsionada, es tarea ardua y compleja. Tal vez porque hace falta un nuevo espejo que explique lo que surgir&aacute; despu&eacute;s de lo que se ha dado en llamar &ldquo;la gran recesi&oacute;n&rdquo;. <br />
Como siempre, para el ser humano, indagar sobre lo que traer&aacute; el futuro es obsesivo. Es una manera &ndash;f&uacute;til tal vez&ndash; de controlar la incertidumbre, esa omnipresencia angustiante. Usualmente Gobiernos, pol&iacute;ticos y empresas quieren conocer las fuerzas que transforman la pol&iacute;tica, la econom&iacute;a, los negocios, la tecnolog&iacute;a, la sociedad y el mundo. El punto de partida es siempre el presente. A veces se extrapola demasiado y los pron&oacute;sticos resultan err&oacute;neos. Otras, la predicci&oacute;n intuye cambios disruptivos y acierta. <br />
Cada pieza de la realidad, cada &oacute;ptica para mirar lo que ocurre, contribuye a armar este delicado rompecabezas y a tratar de descifrar el enigma. Para algunos analistas, la crisis toc&oacute; fondo y comienza, lenta, la recuperaci&oacute;n. Para otros, todav&iacute;a es predecible una segunda oleada de graves complicaciones financieras.<br />
Hay quienes ponen el &eacute;nfasis en c&oacute;mo ser&aacute; el capitalismo que sobrevenga, en cu&aacute;les son los riesgos morales de salvatajes impresionantes, en c&oacute;mo ser&aacute; la industria del futuro.<br />
Otras preferencias indagan sobre el poder en el mundo: si el surgimiento asi&aacute;tico es indetenible; si EE.UU. lograr&aacute; recuperarse; si Rusia est&aacute; amenazada por otro brote nacionalista; si China est&aacute; llamada a liderar; si Am&eacute;rica latina tiene una brillante oportunidad o est&aacute; atrapada en su rol de proveedor de materias primas.<br />
No tiene mucha importancia si esta crisis global es igual o peor a la de 1930. Son econom&iacute;as, finanzas y mundos muy diferentes para hacer comparaciones lineales. Lo &uacute;nico cierto es que es una situaci&oacute;n excepcional de extraordinaria gravedad, que plantea dudas angustiosas sobre el futuro inmediato, que dinamita todas las ideas ortodoxas sobre intervenci&oacute;n del Estado y salud del capitalismo, y que muestra en forma inequ&iacute;voca que ya no existe m&aacute;s la pretensi&oacute;n de un mundo unipolar<br />
Sobre todo esto, y sobre las profundas transformaciones sociales que acarrear&aacute; este proceso, versa este informe que, ensamblado, pretende dar una explicaci&oacute;n coherente, y que tomando cada ensayo por separado, ofrece innumerables costados de la realidad.</p>
<p>El profeta del desastre<br />
<br />
<strong>Nouriel Rubini no cree que las cosas anden tan mal</strong></p>
<p>El controvertido economista universitario, que augur&oacute; el colapso hipotecario y sus consecuencias, hoy cree que el equipo de Barack Obama encara pol&iacute;ticas adecuadas. A su juicio, la recesi&oacute;n cede y volver&aacute; el crecimiento. As&iacute; sosten&iacute;a el mes pasado, no sin trepidaciones.</p>
<p>Roubini vive el gran momento de su vida como &ldquo;ese tipo que ten&iacute;a raz&oacute;n&rdquo;: mientras los mercados se ca&iacute;an, se multiplicaba la demanda de sus informes y evaluaciones. Su curioso ingl&eacute;s, con ecos turcos, fars&iacute;es, hebreos e italianos, a&uacute;n llama la atenci&oacute;n en su nicho universitario, Harvard.<br />
Hace algunas semanas, conversando con el semanario<em> The Atlantic </em>en Hongkong, calific&oacute; positivamente la gesti&oacute;n del secretario del Tesoro, Timothy Geithner, en general mal visto por otros analistas. Este economista multinacional &ndash;por el contrario&ndash; censura con dureza a Benjamin Bernanke y a su antecesor en la Reserva Federal, Alan Greenspan. <br />
De paso, opin&oacute; sobre la reacci&oacute;n china a la crisis occidental. Entre otras cosas, sugiri&oacute; que &ldquo;en verdad, las opciones que afronta Beijing no son tan tantas como las que supone su Gobierno&rdquo;. <br />
Los elogios de Roubini a Geithner derivan de un contexto hist&oacute;rico (pol&iacute;tico, financiero), la serie de cracs iniciada en 2006 y sus nexos con fen&oacute;menos anteriores. &ldquo;La crisis puntocom y sus efectos en el sector tecnol&oacute;gico en 1999-2001 &ndash;apunta&ndash; quem&oacute; m&aacute;s capitalizaci&oacute;n burs&aacute;til que ahora. Durante el p&aacute;nico de los bonos chatarra (1987), se dren&oacute; en pocos d&iacute;as casi 25% del valor accionario en Wall Street&rdquo;.<br />
En comparaci&amp

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