Más conflicto que cooperación

Tal vez cuesta creerlo. Pero el mundo extraña la época –no tan lejana- en que una sola superpotencia como Estados Unidos, fijaba el rumbo de la economía global y se ocupaba de prevenir y conjurar las crisis financieras.

A veces, los problemas eran inmensos, pero entonces Washington recurría a Europa y a Japón, y entre los tres grandes actores fijaban un derrotero.

Pero nada de eso ocurre ahora. Estados Unidos está muy concentrado en reactivar su economía de modo firme, después de la crisis –la verdadera gran Depresión de 2008, no la de 1930- . Europa lucha por salvar el euro y toda la arquitectura de la eurozona. Japón no logra superar sus problemas y la política de quantitive easing (inyectar recursos líquidos en el mercado cada mes comprando bonos y títulos) que tan bien le sirvió a Washington, no les está funcionando y el estancamiento continúa.

¿Puede ser China la gran esperanza? De ninguna manera. El crecimiento se desacelera, hubo devaluación, caída bursátil y menor demanda de productos mundiales. Pero sobre todo, no tiene el menor interés de enfrentar el paquete que viene junto con convertirse en líder internacional en el campo económico y financiero.

Tal vez –se pensó- hace falta un esfuerzo global, mayor concertación entre mayor número de actores. Eso es lo que se intentó a lo largo de todo este año con el G-20, el grupo de las principales economías mundiales. La diversidad de posiciones en el campo político y económico, pero también las circunstancias particulares por las que atraviesan los distintos actores, tornó imposible toda concertación.

Esta excepcional situación en la que nos toca vivir hizo decir al ensayista Ian Bremmer que (ni G3, ni G7, ni G 20) que esta es la hora de G Cero. No hay un país o bloque de países con el potencial o la voluntad de imprimir una dirección a la agenda internacional. Es la primera vez que esto ocurre en los últimos 70 años.

 

Un enorme vacío

 

Hay un enorme vacío, justo cuando el mundo enfrenta enormes desafíos desde la lucha –que debe ser conjunta- con el recalentamiento del planeta, el terrorismo, los ciber ataques, y el suministro de agua, exige la cooperación.

La consecuencia de un liderazgo mundial puede provocar volatilidad, incertidumbre, hasta llegar al conflicto abierto.

La emergencia de este peligroso vacío de poder en la política internacional, causado en parte por la declinación del poder de los grandes países occidentales y la concentración de los países emergentes en la resolución de sus propios problemas es lo que se llama el mundo G Cero, según la expresión popularizada por Bremmer. Es la declarada obsolecencia del G-7 y del G-2, como de cualquier otra fórmula similar. Todo el mundo se mira el ombligo, se concentra en los problemas domésticos. Es lo que los votantes exigen a sus políticos.

Esta falta de colaboración y coordinación aparece justo cuando aumentan los conflictos interregionales y entre países. Rusia contra Ucrania, pero también contra Estados Unidos y la Unión Europea. Y ahora, actuando desde Siria contra los intereses de las potencias occidentales, so pretexto de combatir al Ejército Islámico.

Crece la tensión comercial entre China y Estados Unidos por muchas razones comerciales, pero sobre todo por el control del Océano Pacífico y de la influencia en el sudeste asiático.

Rusia y China no se quedan atrás. La famosa “Ruta de la seda” china pasa justo por los países de Asia central que forman parte de la Mancomunidad de naciones que defiende Moscú después de la disolución de la URSS.

Alguna esperanza se deposita en los acuerdos regionales como la Alianza del Transpacífico entre Estados Unidos y otros 11 países con costas sobre ese océano. O la en la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste asiático).

En una extensa entrevista que le hizo Sarah Green para la Harvard Business Review, Ian Bremmer insistió en su idea central: no hay un liderazgo global.

“Desde el fin de la Segunda Guerra –recordó- Estados Unidos era el policía del mundo”. Con el respaldo de organizaciones internacionales que concibió y ayudó a crear, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad, pero sobre todo el acuerdo de Bretton Woods.

Pero a partir de 208- asegura Bremmer- la creación del G-20, las más grandes economías, hizo concebir esperanzas. Pero en verdad, “ya estábamos en un mundo G-Cero”.

Como quedó en evidencia con la crisis financiera europea que están capeando en soledad, o como la guerra civil siria con muchos actores y ningún protagonista.

Este concepto que implica ausencia de poder efectivo, pronostica lo peor para resolver crisis globables como las del clima y el ambiente, por ejemplo. Pueden estar de acuerdo los países ricos, pero no los que están en pleno camino de indusrialización, como es el caso de China.

En definitiva, afirma Bremmer en esta entrevista, es inevitable que sobrevenga una crisis. Luego de ella es probable que surja una forma de cooperación global que hoy no existe ni hay voluntad de que exista.

 

 

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