¿Maldición? La bendición en el precio de la soja 

Desde hace algunos meses se vienen observando incrementos en el precio internacional de los commodities agrícolas (soja, trigo y maíz), impulsando el valor exportado por nuestro país.

Estas subas estuvieron motivadas por varias causas, entre las que destacan: i) la debilidad del dólar a escala mundial, ii) la elevada demanda china de estos productos, iii) las magras cosechas esperadas para Argentina, Brasil y Estados Unidos (entre los tres, reúnen al 80% de la producción mundial de la oleaginosa).

Esta alza en los precios –recuerda del informe de la consultora Ecolatina-, reavivó algunas discusiones sobre el potencial beneficio que representa la suba de los precios internacionales: ¿es un fenómeno que únicamente mejora la rentabilidad del sector agropecuario o puede ayudar a nuestra economía como un todo? ¿Sufrimos una maldición de exportar cereales y oleaginosas? Analizar la dimensión cambiaria y fiscal nos permitirá pensar una respuesta.

Históricamente, Argentina se caracterizó por ser un gran exportador de alimentos. Así como las carnes, el trigo y el maíz fueron los productos estrella a comienzos del siglo XX, el poroto de soja es el cultivo principal de las últimas décadas. Actualmente, el complejo sojero explica casi un tercio de nuestras exportaciones de bienes.

De esta siembra no sólo se venden los porotos, sino principalmente (complejo de crushing mediante) derivados como aceite, harina, pellets y biodiésel. Al comparar los precios que estos productos tuvieron en diciembre pasado con los que exhibían en promedio en el primer semestre del 2020, encontramos subas considerables: el poroto se encareció 38%, la harina 37% y el aceite 35%. En paralelo, el precio del trigo subió 17% y el del maíz 27% en dicho lapso.

Mejor aún, los contratos futuros correspondientes a los meses de mayor exportación de estos commodities están operando incluso por encima de los valores de diciembre. De modo que el mercado espera que sus precios sigan creciendo y que, para cuando la cosecha salga efectivamente al exterior, se obtendrían mayores valores.

Es evidente que el encarecimiento de estos bienes favorece a quienes los venden, elevando su rentabilidad, en tanto los costos quedan virtualmente quietos. Sin embargo, además, la mejora de sus precios puede beneficiar a la toda la economía, por lo menos por dos vías.

En primer lugar, esta suba del precio de las exportaciones mejora el total de nuestras ventas al exterior. Aunque al momento hay incertidumbre sobre la magnitud de la actual cosecha, si las lluvias siguieran siendo favorables, el incremento rondaría los US$ 7.000 millones (70% de ellos gracias al complejo sojero y 30% al trigo y el maíz) comparado con el ingreso que hubiera habido de mantenerse los precios del primer semestre del año pasado.

Este flujo adicional de divisas aliviaría las tensiones en el mercado cambiario, permitiendo fortalecer las reservas netas del Banco Central o apreciar el tipo de cambio real, o una combinación de ambas. Un avance de la liquidación de divisas podría despejar expectativas devaluatorias, a la vez que serviría para afrontar el pago de deuda externa sin mayores tensiones (pese a que los vencimientos de títulos en moneda dura son muy acotados en 2021, el Tesoro podría aprovechar la disponibilidad de divisas para cancelar pasivos con el Club de París).

Alternativamente, podría ser una oportunidad para disminuir las restricciones a la compra de dólares. En particular, las dificultades que hoy tienen los importadores para acceder a los dólares golpean la actividad económica y podrían suspenderse con un mayor influjo de divisas.

Un desafío en este sentido será que las ventas al exterior efectivamente se concreten: la elevada brecha cambiaria y las tasas de interés en pesos por debajo de la expectativa de inflación/devaluación son claros incentivos para posponer/minimizar exportaciones (que deben liquidarse rápidamente en el oficial).

Por otra parte, el aumento de las ventas al exterior incrementa las retenciones que cobra el Estado a los exportadores. Así, la ganancia externa también contribuye a una mejoría fiscal. Esta suba podría ubicarse por arriba de los $ 180.000 millones (0,4% del PBI, un 31% de los ingresos por retenciones del 2020), comparando las ventas al precio futuro más representativo de cada cultivo con su valuación a precios del primer semestre de 2020.

En este caso, casi 90% del incremento sería explicado por el complejo sojero, que tiene mayores alícuotas que los otros productos. Considerando que parte de las presiones cambiarias del último año estuvo vinculada a la emisión récord en que incurrió el sector público para afrontar los gastos extra que provocó la pandemia, un mayor financiamiento por la vía de impuestos (y no por la vía de asistencia del BCRA) también ayuda a lograr una mayor calma cambiaria.

Se dijo que la suba de precios internacionales era perjudicial puesto que su traslado a los precios de los alimentos merma al poder adquisitivo de los sectores más vulnerables. Sin embargo, con este volumen de recursos adicionales, el Palacio de Hacienda puede compensar potenciales efectos dañinos, ya que, por caso, el monto de retenciones adicionales permitiría triplicar el alcance de la tarjeta AlimentAR, incluyendo a 3,1 millones de familias adicionales al programa.

Alternativamente, estos fondos podrían ser usados para incrementar en 75% el presupuesto anual de la AUH o para congelar las tarifas de servicios públicos por casi dos trimestres. Por otra parte, contando con más reservas internacionales, el Banco Central podría optar por reducir el ritmo de aumentos del dólar oficial. Hoy en día esta cotización se mueve al ritmo de la inflación, pero si se rezagara con respecto al resto de precios, se abarataría el precio relativo de los transables.

Por todo lo dicho, la mejoría de los precios internacionales es particularmente bienvenida en un contexto de tensiones cambiarias y déficit fiscal récord. Salvando las distancias en términos inflacionarios y el carácter -por ahora- transitorio del fenómeno actual, esta situación se asemeja al boom de las commodities agrícolas que aprovechó la economía argentina en la primera década del siglo XXI.

Luego del estallido de la crisis del 2001 y el default de la deuda, Argentina se apalancó en el precio récord de sus exportaciones para fortalecer sus reservas, incrementar sus políticas sociales y crecer sostenidamente hasta la pérdida de los superávits gemelos.

 

 

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