Las inundaciones de mañana

En 2003 un grupo de ingenieros elaboró un diagnóstico sobre el cambio climático y las consecuencias territoriales. Vino la sequía y se redireccionaron las inversiones para controlar crecidas. Hoy se las llora en zonas bonaerenses donde el agua no termina de bajar por la frecuencia con que se sucedieron: 2013, 14, 15 y una nueva amenaza actual primavera-verano.

Por Rubén Chorny

Es una mañana apacible, casi primaveral, de un invierno sin fríos que lo acrediten. Suena el teléfono en el estudio tipo casa que el doctor en Ingeniería Hidráulica, jefe de Programa del Instituto Nacional del Agua y profesor en la Facultad de Ingeniería de la UBA, Ãngel Menéndez, tiene en Caballito Norte. Lo llaman de la localidad bonaerense de Villa General Belgrano unos antiguos conocidos de la Sociedad Rural de Fomento local que suelen acordarse de él cada vez que el río Salado se trepa al arbolado balneario de la ciudad en un marco de densas nubes amenazantes.

Anota en la agenda una visita para el mes siguiente en aquellos pagos, donde lo esperarán el intendente, el candidato al cargo de la oposición, los miembros del Concejo Deliberante en pleno, los aspirantes a la sucesión y las fuerzas vivas en las que se imbrican campo y urbe, del mismo modo que se mancomunaron “Rural y Fomento” en torno de la denominación de la entidad social que representa los intereses de un todo.

Menéndez integra con otros tres colegas (Ãngel Maydana, Pablo Bronstein y Horacio Escofet) el grupo de ingenieros que plasmó la problemática hídrica en un documento de dos tomos, financiado por una constructora estadounidense: “El cambio climático y sus consecuencias territoriales”, que fue presentado en la Convención Anual 2003 de la Cámara Argentina de la Construcción. Los ejemplares que conservan sus autores no se pusieron amarillos, ni huelen a viejo, ni tampoco se desactualizaron sus conclusiones, a pesar de que durmieron en el estante de las bibliotecas durante la “década ganada”, transcurrida en el marco de una emergencia económica perpetua. 

Solo que los eventos extremos se han ido acelerando. “En el año anterior a la gran inundación en La Plata de 2013 hubo una menos difundida en Villa Elisa; en Luján repitieron dos veces en menos de un año, el prólogo fue la sequía de 2006 a 2009”, ejemplifica uno de ellos. 

El otro, Horacio Escofet, trasciende los estantes e invoca la denuncia que hizo hace poco el candidato a gobernador Felipe Solá de que lleva unos 10 años sin dragarse el río Salado en la zona pampeana, luego de haber arrancado en la desembocadura de la bahía de Samborombón: tenía que llegar a Junín y se detuvo en el arroyo Los Poronguitos, de Villa General Belgrano. El parate coincidió con la gran sequía de 2007-2008 que enardeció a los productores y encendió la mecha de la rebelión en rechazo de la resolución 125.
Nada fue causal. Chequeado.com, en base a UCOFIN (Mecon) e informe “Análisis de la situación Cuenca Río Salado” del diputado Carlos Brown (FP), confirma que la ejecución de las obras correspondientes a la tercera y cuarta etapa del Plan Maestro Integral de la Cuenca del Salado no registra avances significativos desde fines de 2008. 

Lo inesperado fue el contexto económico global. Aunque sin guardar relación alguna con esos pormenores, la burbuja inmobiliaria estallaría por entonces en Estados Unidos y propagaría sus secuelas por Europa y el resto de los países activos en el sistema financiero internacional. En tanto, la Argentina se encontraba desentendida en plena fiebre de desarrollos de centros urbanos construidos cerca de los espejos de agua, en los que únicamente se preveían obras que se limitan a bombear y sacar el agua.


Horacio Escofet

Pompeya y más allá?

En ese aspecto, Escofet hace notar que “los barrios cerrados, más allá de ideologismos, usan relleno para elevar las construcciones, con lo cual trasladan el problema más abajo. Pero lo que no se cuenta es que hubo una enorme urbanización en la provincia de Buenos Aires”, que Solá cuantifica en “más de 60 urbanizaciones que han ocupado unas 9.200 hectáreas de humedales” levantadas en los últimos 15 años.

La contracara administrativa fue la inactividad sentenciada por el lápiz rojo presupuestario de la provincia a las excavadoras que hacen los dragados y abren canales principales, secundarios, terciarios. Las únicas que andaban tras las tranqueras eran las que llevaban por su cuenta los productores que, ante la mirada hacia otro lado oficial, tomaban sus propias precauciones en la materia.

Por entonces a nadie le interesaba escuchar nada que no fueran gotas de lluvia repiqueteando sobre las chapas. Menos aún prestarles atención a los especialistas que advertían que “en nuestra zona húmeda, que ocupa un tercio del país contra el resto que es semiárido y árido, vino habiendo un incremento de las precipitaciones medias, 5% o un poco más de punta a punta”, como señala Menéndez.

Certifica, libro en mano, que “cuando hacemos los trabajos de investigación ponemos precipitaciones y tendencias. Es como un filtro que se incorpora para ver hacia dónde va, después habrá oscilaciones, pero la curva viene en alza. Desde los años 60/70 hay claramente una tendencia al crecimiento de las precipitaciones sobre escalas de tiempos de décadas”.

Organismos calificados como la Subsecretaría de Recursos Hídricos de la Nación hicieron asimismo en 2003 un inventario de los años con mayores registros de inundaciones, y señalan a 1980, 1985, 1986, 1987, 1993 y 2000, aunque “los episodios más graves, en cuanto a su impacto sobre la sociedad, ocurrieron en el periodo 1985-1987”. No incluye 2013, 2014 y 2015. Cuantitativamente suman nueve episodios en 35 años, a un promedio de uno cada cuatro años.

Atento a la aceleración de estos episodios extremos, el Ministerio de Economía de la Provincia de Buenos Aires había encargado a mediados de la década del 90 a la consultora inglesa Sir William Halcrow & Partners la elaboración de un plan de recursos hídricos, que se realizó entre 1997 y 1999 y costó US$ 3,3 millones, financiados por el Banco Mundial. 

Se lo reconoce como Plan Maestro y consistía en construir canales, obras de almacenamiento y regulación en lagunas embalses, destinados a mejorar la red de drenaje para “proteger el valor ambiental de la cuenca”, “mejorar las condiciones económicas” y “mitigar los impactos negativos de inundaciones y sequías”. La Legislatura provincial le incorporó el Código de Aguas, que “creó la Autoridad del Agua, y los Comités de Cuenca integrados por un representante municipal, dándole la posibilidad a los gobiernos locales de ?gerenciar? las acciones”, como Chequeado.com reproduce la explicación de Fernanda Gaspari, directora de la Maestría de Manejo de Cuencas Hidrográficas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). La provincia de Buenos Aires tardó cinco años en poner en marcha las medidas estructurales del Plan Maestro, y del resto, ni noticias.

En apenas cuatro años, los funcionarios de La Plata que hacían los números iniciado el primer período de Daniel Scioli como gobernador decidieron hincarle el diente en el fondo específico, como cuando la hacienda baguala va al jagüel con la seca. Total, si había alguna escasez acuciante para esa coyuntura, además del recurso económico, era el hídrico.


Ãngel Menéndez

Emergencia hídrica

Llegado 2013, la Naturaleza cambió de opinión y transformó en agua lo que había sido sequía y, en su segundo mandato, Scioli tuvo que decretar la emergencia hídrica con una parte de La Plata sumergida y la militancia del gobierno nacional dándole lecciones de solidaridad en su territorio.

Pero ni aun así el programa “Control de inundaciones” llegó a mover el amperímetro, e inclusive en 2014 tuvo un gasto menor. Tampoco el de “Saneamiento hidráulico” fue puesto a la altura de aquellos avatares, porque aun cuando fue mayor en el año último, sigue siendo menor a lo gastado en 2009. En pleno enfrentamiento de la Casa Rosada con el aspirante a suceder a Cristina Fernández de Kirchner, la tijera bonaerense terminó recortando la inversión en el área de desagües y drenaje, que del 0,34% del gasto total en 2011 descendió a 0,12% en 2014.

¿Faltó sensibilidad o idoneidad y criterios para asignar los recursos públicos de los fondos específicos en medio de una disputa política ajena a lo que representan para la comunidad? 

Ya la forma en la que se creó esa partida presupuestaria destinada a la atención de catástrofes lo dice todo: el entonces gobernador, Carlos Ruckauf, llevó a De la Rúa a recorrer en helicóptero las áreas inundadas para que así Cavallo sacara el decreto. Pero no fue bien direccionado después de la emergencia económica de 2001. Escofet recuerda el episodio.

En todos estos espasmódicos barquinazos entre excesos, defectos y consecuencias climáticas podría argumentarse la notoria ausencia de una oficina calificada, con voz y voto, pertrechada con idóneos, computadoras y teléfonos, que se impusiera en firme silencio a la agenda mediática y las conveniencias electorales para dedicarse a pensar en los cambiantes escenarios de una generosa geografía nacional que suele quedarles grande a pequeñas instituciones per se, como organismos federales, intendencias, gobernaciones y hasta el propio Poder Ejecutivo Nacional. 

Sin ir más lejos, Estados Unidos reúne en una Agencia Federal de Emergencias (FEMA), creada en 1979 por James Carter, la gestión de las emergencias no solo de agua, sino de fuego, huracanes, tornados, terremotos, sismos, nieve, etc., coordinando el control y a los que actúan. Hasta de la seguridad nacional se ocupó el 11 de septiembre. 

Con todo, Menéndez frunce el entrecejo cuando se lo mencionan como ejemplo: “Pasa el huracán que se llevó puestas unas cuantas casas, se inunda el Mississippi; en 1993 desbordan todos los terraplenes con los que creía tener domesticado al río, y ocurre un desastre total que arrasó con Nueva Orleans. En las conferencias que dieron los participantes que analizaron esa inundación, que eran los que le daban explicaciones a Bush, hicieron una cruda autocrítica de los errores terribles cometidos, casi de países subdesarrollados”, rememora.

Cancha embarrada

Celebradas ya las PASO en agosto, tenía armado el bolso para viajar a Villa General Belgrano por el convite, cuando la plana de los noticieros de la televisión se copa con las coberturas del furioso embate de las aguas que atraviesa trasversalmente el centro-sur de la provincia de Buenos Aires. Desoladoras imágenes de las casas con el agua cubriendo del medio para arriba, con los muebles flotando en el interior, los botes que circulaban por las calles, las tierras avenidas en grandes espejos de agua, pobladores trepados a los techos para cuidar sus pertenencias de los depredadores humanos, colegios convertidos en grandes comedores y dormitorios de los evacuados constituían la escenografía audiovisual clásica de lo que justamente se hubiese querido mitigar. 

No solo el Salado se había ido de madre, tapado las localidades de Villa Nueva, Pila; avanzado sobre Dolores en el sur bonaerense y puesto en jaque a populosas ciudades como Olavarría, Azul y Tandil, sino que, contiguo a la cuenca superior, el río Luján también repitió dos veces en un año la escalada en las adyacencias y en la propia basílica.

Fue así como desde la entidad anfitriona de General Belgrano se comunicaron con el grupo de expertos liderado por Ãngel Menéndez para avisarle la, a esa altura, obvia postergación de la cumbre cívica hasta que la situación estuviese bajo control: programar un diseño de desagües pluviales para 50 años amerita no sólo de consensos, sino que se haga con los pies, y no con el agua, sobre la tierra.
Finalmente, a mediados de septiembre se pudo concretarse el gran cónclave para decidir con qué plan sistemático habría de encararse el problema a largo plazo. Por ahora, la urgencia no golpeaba tanto a las puertas como en el sistema nervioso de los damnificados directos e indirectos. 

Mucho más cuando “el intendente me contó que lo habían convocado para avisarle que tuviera cuidado que en octubre puede haber lluvias que provoquen una crecida del río”, subrayó el experto.
La notebook de Menéndez dejaría atónitos a los ciudadanos de General Belgrano. Extrapolaba la lluvia récord y posterior inundación de La Plata del 2 de abril de 2013 y en la pantalla la traslada hipotéticamente al área de los arroyos de Sarandí?Domínico, en el sur del conurbano. Todo el partido de Avellaneda quedaba virtualmente debajo del agua.

Una simulación construida con estadísticas y no con pronósticos (que no los hay), remite a preguntarse: ¿Podrían haberse evitado las consecuencias de las últimas inundaciones? No, responde categóricamente el equipo interdisciplinario afectado a la temática, pero sí atenuarse los daños.
Lo desgrana el experto: “Cuando participamos en diseño de obras hacemos una estadística en la cual planteamos proteger de crecidas con una recurrencia de 50 años. Sería el lapso en que prevemos que suceda un evento para el que no se está preparado. Inclusive un puente, casas, todo se hace con ese criterio. Se trata de tomar más reaseguros según lo que sea. Por ejemplo, en algunos lugares, los desagües pluviales se hacen para que no se llenen cada dos años, sino cada cinco. Y en algunos emprendimientos llegan a 10, 20. Pero la probabilidad sigue latente. Cuando se estipula un plazo no significa que se cumpla estrictamente, sino que puede venir mañana, y después dentro de los 20 años. No podemos saberlo”.

Los desagües pluviales se diseñan apelando a lo que llovió, hasta si se quiere hora por hora, y a través de una modelación hidrológica se transforma esa lluvia en caudal. “De eso se ocupa el grupo mío. Podemos colocar el desagüe capaz de extraer el agua en un determinado tiempo, para lo cual hay que tener la tormenta de diseño, que es lo máximo que puede sacar sin inundar. El problema se presenta cuando es más grande la tormenta real que la de diseño”, relativiza.

Actualmente, la comunidad de esta localidad a la que se ingresa por la ruta 29 y vadea el río Salado estudia los papeles que generó la visita de los calificados asesores y, con la espada de Damocles de nuevas copiosas lluvias sobre la cabeza, comparan las inversiones que requieren las obras propuestas con la evaluación histórica de los daños que provocan esos desastres. De ese cruce de datos surgirá si el tiempo en que no suceden compensa los esfuerzos económicos que demandaría la prevención. 
De ahí se podría llegar a un diseño óptimo de las obras según su valor económico y costo de oportunidad, conjugando tres prioridades en la ponderación: primero las fatalidades, segundo las propiedades y tercero el medio ambiente. Es el consejo que les da Menéndez y quedará ad referéndum de lo que suceda superada la alerta temprana meteorológica de la temible corriente del Niño en retirada.

Los partes meteorológicos o de organismos globales especializados, como el Instituto Internacional de Investigaciones en Clima y Sociedad, amagan con no dar tregua en este último tramo del año: la probabilidad de precipitaciones en la Pampa Húmeda supera a lo normal en la mayoría de las zonas, con oscilaciones que van desde 70% (este de Entre Ríos) a 40% o 45% (hacia el oeste de la región productiva). 

Se vaticina un trimestre comparable al de la campaña 1997/98, que también tuvo al Niño y de temible reputación, con lo cual cualquier exceso hídrico se complementará con los milímetros ya caídos hasta este momento del año. Para adosarle una cuota mayor de dramatismo la consultora rosarina Cultivar Conocimiento Agropecuario asegura en su informe climático que el impacto en el régimen pluviométrico de la región pampeana será de los más fuertes desde 1950.

Los mayores impactos se avizoran en el NEA y la región pampeana, pero también se sigue atentamente el caudal de los ríos Paraná y Uruguay para los que hay servicios de alerta hidrológico, como el del Instituto Nacional del Agua con el río Paraná. Da crecidas o bajantes y se hacen pronósticos

Todos para ninguno

La reversión del dicho “sobre llovido, mojado” moviliza a la burocracia estatal, a punto tal que, en plena campaña electoral, se llevó a cabo una reunión plenaria de la Comisión de Trabajo de Gestión de Riesgo (CTGR) en la Sociedad Científica. Estuvieron representados el Ministerio de Ciencia; el de Seguridad, a través de una nueva Subsecretaría de Protección Civil y Abordaje Integral de Emergencias y Catástrofes; el de Agricultura; el de Salud; y varias reparticiones vinculadas a la temática como el Servicio Meteorológico Nacional, el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), la Dirección Nacional de Vialidad; el Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa (CITEDEF); el Instituto Antártico Argentino (IAA); el Instituto Geográfico Nacional (IGN), el CITEDEF; la Red Nacional de Investigación y Educación Argentina ? InnovaRed; la Red Universitaria de América Latina y el Caribe para la Reducción de Riesgo de Desastres (REDULAC); la Universidad Nacional de Tres de Febrero y la Universidad Nacional de Cuyo.
El antecedente que se encuentra en los archivos es el de SIFEM, creado en 1999, que trascurre como Buika compara a la gitana de la canción con “la falsa moneda que de mano en mano va y ninguno se la queda”. La recibió la Jefatura de Gabinete hasta que en 2002 le fue transferida a la Secretaría de Seguridad Interior dentro del Ministerio de Justicia. En 2007 pasó como una Dirección de la cartera política. En todas esas silentes etapas recibió presupuestos millonarios, y últimamente, la unidad ministro del Ministerio del Interior recibió una partida de $195.052.537 para el programa denominado “Protección civil y prevención de emergencias”.

Tanta dispersión inspira a Escofet a preguntarse si no sería mejor que inviertan los términos y se haga un casting para que aparezca un “Señor Inundación”, con potestad sobre toda la jurisdicción nacional. Un Berni, todo terreno para las emergencias, pero que se ocupe de un trabajo subterráneo, valga la analogía, con conocimiento de causa. 

Se abre así el paréntesis a una gran duda. Si se diera con “un alguien” capaz y con perseverancia para cargarse al hombro la temática y desde ahí construir la estructura de la agencia: ¿dedicará esos atributos especiales a atender el bien general o los intereses, sean políticos o de negocios?

Retener un poco más donde se pueda

Que las circunstancias se imponen por sobre cualquier rigor científico pueden dar fe los ribereños santafesinos. Con todas las defensas contra las crecidas emplazadas, nadie podía imaginar que en 2003 se abriría una brecha en el taponamiento a la altura del hipódromo y que les ingresaría de lleno en la ciudad el desborde del Salado. Escofet analiza el episodio: “Así como hubo gente con experiencia en inundaciones que murió ahogada en su propia casa porque se confió en el tiempo que dispondría para rescatar muebles, sin calcular la velocidad fuera de lo común con que les entraba el agua, el entonces gobernador Reutemann desestimó en principio el riesgo del que lo habían alertado, porque sospechó que podía haber algún negocito detrás del proyecto presentado. Ya con la catástrofe consumada se movieron rápido y cortaron el avance en el puente de Santo Tomé, pero la causa judicial le quedó abierta”. 

Moraleja política: ¿quién corta las cintas del mantenimiento?”.
Otra enseñanza, más infraestructural, que dejaría: “Pretender que no pase nada llevaría a hacer obras absurdas desde el punto de vista técnico y económico. Y que nadie nunca las va a pagar”, según se encarga de remarcar Menéndez, quien exhorta a abrazar la cultura de la inundación, porque es obvio que va a seguir existiendo. “No hay modo de eliminarlas, forma parte de un mecanismo totalmente natural”, enfatiza.

Lo que no significa que no se las pueda mitigar de alguna manera. Pone de relieve que hace algún tiempo que se viene trabajando en alternativas para retener un poco más donde se puede. “No se trata solo hacer conductos y sacar, porque lo mejor sería no ir transfiriendo el efecto aguas abajo. Es como un manejo, un sistema que conjuga las dos ideas: retención y conducción”, completa.

 

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