La cuestión clave es: ¿funciona la RSE?

La idea está instalada. El debate –que antes era sobre la legitimidad de su existencia– hoy es acerca de los resultados y de las modalidades prácticas de ponerla en marcha. Mañana, seguramente al paso con que se avanza, será sobre si debe ser obligatoria. Volverse “verde” es la opción menos riesgosa, y muchas empresas transitan ese camino.

<p><strong>Una verdad molesta</strong></p>
<p>Ergo, la responsabilidad empresaria remite a un “egoísmo inteligente”. Pero ¿sus políticas asociadas funcionan? De no ser así, el universo RSE perdería sentido. La gente ya no pregunta “qué” sino “cómo” y, en el futuro, querrá saber hasta qué punto la RSE valorizará el negocio. <br />
Al presente, las decisiones sectoriales se inspiran más en el instinto que en la experiencia, pero van surgiendo mediciones. Muchas firmas grandes difunden informes de sustentabilidad repletos de verborragia. Por eso, una iniciativa global en la materia (Amsterdam) aspira a crear un parámetro general de 79 indicadores. Parece buen comienzo, pero con frecuencia se emplea para disimular desempeños pobres. <br />
La clasificación por sustentabilidad y otros indicadores no lo es todo. Dos mediciones corrientes (Dow Jones Sustainability Index y el FTSE4Good en Londres) subestiman el mercado. AccountAbility, una consultoría británica, admite una verdad molesta: su selección 2007 de firmas que practican RSE entre las 100 globales de Fortune no guarda relación con los resultados contables.<br />
Aun así crece el interés en inversiones socialmente responsables, especialmente relativas a cambios climáticos. Así lo revela un dato: las entidades financieras adherentes a esos principios suman US$ 10 billones de capitalización. (Habrá que ver si esta tendencia se mantiene en cuanto se profundice la actual crisis financiera).<br />
Una nueva, exhaustiva revisión de 16 estudios hechos en 35 años concluye que existen nexos positivos entre desempeños social y financiero. Pero son muy tenues.</p>
<p><strong>Política en derechos humanos</strong></p>
<p>Hay 167 empresas de rango internacional que han adoptado, formalmente, políticas referidas al respeto a los derechos humanos (una pequeña porción de ellas está entre las Fortune 500). Desde Naciones Unidas se exhorta a los directivos empresariales a adherir a la iniciativa.<br />
Precisamente, John Ruggie de Harvard, y UN Special Representative on Business and Human Rights, dice en su último informe a Naciones Unidas que las empresas necesitan adoptar una política sobre derechos humanos. <br />
Diversas ONG han respondido que hay una brecha significativa entre las mejores prácticas delineadas en ese informe y las reales prácticas de las empresas.</p>
<p><strong>Para profundizar</strong> </p>
<p>“Protect, Respect and Remedy: a Framework for Business and Human Rights”, 7 Apr 2008.<br />
<a href="http://www.business-humanrights.org/Documents/RuggieHRC2008">http://www.business-humanrights.org/Documents/RuggieHRC2008</a><br />
John Ruggie: “A man in search of the ‘sparkling grey zone’”. Ethical Performance, 8 (May 2006). <br />
<a href="http://www.ethicalperformance.com/">http://www.ethicalperformance.com</a> <br />
<a href="http://198.170.85.29/Ethical-Performance-Ruggie-interview-8-May-2006.doc">http://198.170.85.29/Ethical-Performance-Ruggie-interview-8-May-2006.doc</a><br />
Ruggie, John Gerard. “Standards and Practices: Guiding Principles for Business and Government.” Ethical Corporation (September 6, 2007)</p>

<p>Los ap&oacute;stoles de la Responsabilidad Social Empresaria declaran superado el interrogante &ldquo;hist&oacute;rico&rdquo; sobre su viabilidad. Inclusive, los especialistas sostienen que el concepto se ha convertido en idea central del pensamiento en torno a la empresa, despu&eacute;s de una batalla te&oacute;rica de casi una d&eacute;cada. <br />
Definitivamente, el humor ha cambiado de modo significativo en los &uacute;ltimos cuatro o cinco a&ntilde;os, cuando Mercado comenz&oacute; a practicar su relevamiento anual sobre el estado de la cuesti&oacute;n en nuestro pa&iacute;s y en el contexto global.<br />
Lo cierto es que en varios estudios de opini&oacute;n recientes, apenas 5% de los ejecutivos consultados cree que la RSE sea una p&eacute;rdida de tiempo o dinero. Pero el debate subsiste porque ese grupo suele ocupar altas jerarqu&iacute;as y eso amerita considerar sus argumentos.<br />
En muchas compa&ntilde;&iacute;as, la minor&iacute;a esc&eacute;ptica pesa porque retiene una desmedida proporci&oacute;n de altos cargos. As&iacute;, los debates son recurrentes. El a&ntilde;o pasado, por ejemplo, Robert Reich, secretario laboral bajo William J. Clinton, y hoy en la Universidad de Berkeley, atac&oacute; duro a la RSE en el libro Supercapitalism.<br />
Aun sin plumas de ese calibre, la comunidad RSE ha intentando aventar cr&iacute;ticas de neocl&aacute;sicos como el Nobel econ&oacute;mico 1974, Milton Friedman, o referentes del management como Peter Drucker. Ambos ya no viven pero, a principios de los 70, coincid&iacute;an: &ldquo;The business of business is business&rdquo;. O dicho de otro modo: &ldquo;La Responsabilidad Social Empresaria consiste en tener utilidades&rdquo;.<br />
John Ruggie (Universidad de Harvard) afirma que hoy se da algo m&aacute;s relevante: &ldquo;inclusive quienes dudan al respecto lo hacen sobre la ejecuci&oacute;n, no la teor&iacute;a&rdquo;. Basta para ello tomar tres objeciones b&aacute;sicas: <br />
a)- la RSE invade obligaciones naturales del Gobierno, <br />
b)- es para lucimiento de la compa&ntilde;&iacute;a o<br />
c)- involucra jugar con dinero ajeno.<br />
Por ejemplo, Reich afirma que los esfuerzos insumidos en RSE apartan la atenci&oacute;n de acciones que s&iacute; benefician a la comunidad, tales como evitar derrames petroleros o defender derechos civiles. &ldquo;En una democracia &ndash;se&ntilde;ala&ndash;, esas cosas le competen al Estado o a organismos no gubernamentales, no a empresas que buscan elevar ganancias&rdquo;. Muchos lobbies, en cambio, encuentran m&aacute;s f&aacute;cil presionar a ejecutivos privados, pues reaccionan m&aacute;s r&aacute;pido.<br />
</p>

En la práctica, no obstante, la propia falta de normas estatales induce al sector privado a llenar vacíos. Por ejemplo, disminuyendo emisión de gases como el monóxido y el dióxido de carbono o mejorando condiciones laborales. Naturalmente, a Ruggie –que también es funcionario de Naciones Unidas– particularmente lo preocupan países donde la corrupción llega al extremo de impedir que el Estado dicte determinadas normas.<br />La idea de que la RSE sólo sirve para quedar bien, común tanto entre ejecutivos como entre activistas, presupone que la búsqueda de utilidades no es socialmente correcta. “Por el contrario –subraya el experto–, el bienestar que se genera vía trabajo, productos, servicios e innovaciones suele poner en segundo plano lo que se hace explícitamente en nombre de la RSE”.<p><strong>Plata ajena</strong></p><p>Pero las peores críticas contra RSE se cifran en que los ejecutivos gastan dinero de otros (accionistas en especial). Al parecer, les gusta firmar cheques para asistir en catástrofes naturales. Pero, como sostenía Friedman, no se les paga para eso, sino para generar dividendos en lugar de sacrificarlos en aras de una beneficencia quizá vana.<br />Una solución simple es centrarse en puntos donde las iniciativas funcionen para dar ganancias y cumplir con la responsabilidad social. Es la clase de situación (win-win) favorita, donde convergen lo inteligente y lo apropiado. Por cierto, las “políticas verdes” o éticas disponibles ofrecen ese tipo de oportunidades y atraen a muchas compañías.<br />De ese modo, reducir el consumo de combustible fósil baja costos y mejora la ecología al mismo tiempo. Ampliar la oferta de alimentos orgánicos puede aumentar la porción de mercado de una empresa. Igual lógica debería aplicarse ante un vasto espectro de iniciativas sociales, para escoger las más relevantes al negocio.<br />No obstante, ambos lados de la discusión tienden a desechar ese argumento. Para los escépticos, le quita sentido a la RSE y la reduce sencillamente a buena gestión. Para varias ONG y sus activistas, a menudo los mejores programas de una compañía se descartan cuando las cosas van mal o se produce una fusión. <br />“Ambas posturas son por demás estrechas”, apunta Ruggie. “Si una firma se alinea con tendencias sociales, advirtiendo riesgos u oportunidades, tanto mejor para el negocio. En lo atinente a los activistas, debieran admitir que, si una compañía se beneficia a causa de un proyecto de RSE sostenible, éste tiene más posibilidades de durar y su compromiso será más dinámico e innovador”.<br />Sin duda, las actitudes cambian. Un creciente número de empresas trabaja con ONG, particularmente en operaciones de campo. Ambas partes comienzan a notar que la RSE ofrece un “valor compartido” entre negocio y sociedad. El compromiso de RSE ha pasado de lo ético a lo económico.</p>

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