El obligado rediseño de la macroeconomía

El debate más reciente es sobre si en verdad, tras la pandemia, se volverá a trabajar en la oficina, o si la práctica del home office es irreversible. Hay posiciones para todos los gustos.

Unos sostienen que se volverá a como era antes, entre otras cosas porque la convivencia laboral en las oficinas tiene muchas ventajas (que enumeran).

Los más extremistas insisten en que su destino será quedar cerradas. Finalmente están los que dicen “ni tanto ni tan poco”. Habrá más teletrabajo que antes, pero las oficinas seguirán funcionando.

La cuestión tiene además una gran relevancia económica. Todo el sector, global, tiene un valor comercial, como propiedad inmobiliaria, del orden de los tres billones (millones de millones) de dólares.

En medio de un contexto tan incierto y conflictivo, se suma otro ingrediente para fogonear el debate. Los expertos inmobiliarios temen una enorme depresión en este segmento de edificios, mientras otros se rompen la cabeza pensando qué otro uso se le puede dar a ese espacio.

Lo cierto es que el trabajo remoto se instaló por necesidad y ahora muchas empresas contemplan la posibilidad de implementarlo para siempre. Habría que analizar mucho la conveniencia de esa decisión.

Entre 2005 y 2017, el trabajo remoto creció 159% en Estados Unidos. Con la llegada de la pandemia las oficinas se vaciaron. Para principios de abril, 200 millones de reuniones se realizaban virtualmente a través de Zoom.

Ese mundo llegó con nuevas reglas sobre cómo trabajar bien desde el sofá y también con nuevos riesgos de experimentar situaciones incómodas, como que llore el bebé o que la pareja aparezca sin querer en paños menores. Pero unos pocos meses bastaron para demostrar que la gente podía seguir siendo productiva. En mayo Twitter dijo a su personal que podrían trabajar desde su casa “para siempre” si así lo deseaban. Luego muchas compañías comenzaron a anunciar que cerraban algunas oficinas en forma permanente para permitir que sus empleados trabajen desde sus casas.

Pero el mundo de los negocios sigue necesitando las oficinas y estos meses de aislamiento forzado explican en gran medida por qué. Trabajar desde el hogar funciona para mucha gente, pero puede ser una actividad muy solitaria e incómoda que además desdibuja las barreras entre trabajo y vida privada.

Una encuesta, en mayo pasado, confirmó que esas quejas no habían desaparecido. Aunque mucha gente está conforme trabajando en su casa, la modalidad impactó negativamente en la vida de los que tienen menos de 35 años. Ese grupo es el que más añora la oficina. Les cuesta motivarse, les afecta el aislamiento o no se pueden “desconectar”.

Desesperados por salir de sus casas

Trabajar desde sus casas, para muchos, es la peor opción. Ahora hay personas desesperadas por salir de sus casas. Son los que trabajan sobre la mesa de la cocina con otras tres personas que también trabajan en la cocina; o padres de niños pequeños que intentan meter en las dos horas de la siesta infantil lo que hacen durante ocho en la oficina. También, personas que no tienen en su casa un escritorio o una buena silla de trabajo.

Mucha gente que maneja una organización piensa que tener a todo el mundo trabajando desde su casa es ahorro de dinero y aumento en la productividad. Esa gente, probablemente, tiene un excelente lugar para trabajar en sus hogares y una casa lo bastante grande como para aislarse de las distracciones del hogar.

Una línea argumental es que el cierre de una oficina podría dañar la cultura corporativa y las relaciones con los empleados. Se daña el compromiso contraído con el empleado y el del empleado con la compañía.

Además, se le traslada al empleado la responsabilidad por la mecánica del trabajo, porque no todas las compañías ofrecen a sus trabajadores el apoyo suficiente.

Una encuesta comprobó que 45% de los consultados decían que sus empleadores no los estaban proveyendo de los recursos que necesitaban para trabajar; un tercio estaba usando su propio equipo.

Por eso lo que hace falta es equilibrio. Tomar decisiones drásticas en este momento ahora, en el medio de este experimento imperfecto, podría tener efectos problemáticos para el largo plazo.

La perspectiva de reabrir las oficinas ahora mismo no parece aconsejable porque todavía no son seguros los espacios compartidos. Pero lo importante es tener en cuenta que una oficina, además de ser un lugar para trabajar, es un espacio donde la gente se reúne para asegurarse de que pertenece. Seguimos necesitando las oficinas por las mismas razones que la gente necesita el bar para tomarse una cerveza con amigos. Seguimos necesitando oficinas porque todavía necesitamos de los demás.

 

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