Basilea 3 y los banqueros: muy poco, tardío y débil

Todo indica que seguirá imperando la inestabilidad financiera en las economías centrales, sin lograr paliar la desregulación que había desencadenado en 2007 la crisis sistémica. ¿Por qué? Porque el reciente acuerdo (Basilea 3) decepciona por su flojedad.

<p>Las fallas empiezan por el Banco de Ajustes Internacionales (&ldquo;banco central de bancos centrales&rdquo;, una exageraci&oacute;n), ente encargado de velar por normas que el comit&eacute; hom&oacute;nimo viene dictando desde 1935. Pero el BAI sigue careciendo de facultades para regular las finanzas mundiales: s&oacute;lo puede formular sugerencias no obligatorias, cuyo cumplimiento depende de los gobiernos supuestamente regulados.<br />
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Por ello, el reciente comunicado insiste en que los gobernadores y supervisores integrantes del comit&eacute; son quienes deben cristalizar las nuevas&nbsp; exigencias de capital a los bancos privados. Pero, a su vez, el acuerdo &ndash;se&ntilde;ala Knowledge@Wharton-&nbsp; es demasiado pobre y no justifica el nombre &ldquo;Basilea 3&rdquo;. No s&oacute;lo porque el aumento de marras sea m&iacute;nimo, sino porque el documento repite en lo fundamental Basilea 1 (1975). <br />
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En realidad, estas regulaciones y acci&oacute;n del BAI contin&uacute;an corriendo muy por detr&aacute;s de los acontecimientos, como le ocurre al Banco Central Europeo. La edici&oacute;n de hace veinticinco a&ntilde;os respond&iacute;a a la necesidad de definir responsabilidades espec&iacute;ficas derivadas de dos quiebras bancarias acaecidas en 1974.<br />
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Sin embargo, las posteriores bancarrota de los bancos Ambrosiano (Istituto Opere Religiose, asesinatos de Roberto Calvi y Michele Sindona) y Cr&eacute;dito &amp; Comercio Internacional plantearon nuevas ambivalencias e incertidumbres. Esto era porque el grueso de sus redes o de sus deudas correspond&iacute;a a sociedades domiciliadas en para&iacute;sos fiscales; entre ellos miembros del comit&eacute; como Suiza, Luxemburgo, etc. <br />
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Por ende, era imposible especificar comportamientos y cuadros normativos antes de atribuir&nbsp; responsabilidades. Eso se propuso Basilea 2 (1991), donde aparecieron requerimientos m&iacute;nimos de capital para bancos privados. Su prop&oacute;sito era prevenir situaciones de iliquidez y colapsos por p&eacute;rdidas inesperadas.<br />
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Despu&eacute;s, aparecieron los instrumentos derivativos &ndash;series de miles de ecuaciones para acotar riesgos- y contratos derivados, generalmente en futuros y opciones. La reacci&oacute;n de las entidades consisti&oacute; en lanzarse sobre esas innovaciones para acomodar los balances transfiriendo riesgos a los mercados de valores.<br />
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Cuando esos activos t&oacute;xicos se popularizaron en la d&eacute;cada actual, se gener&oacute; creciente desconfianza. Luego, el colapso de malas hipotecas (2005/6), la crisis sist&eacute;mica occidental, la ca&iacute;da de Bear Stearns y Lehman Brothers y los onerosos rescates de American International Group (US$ 187.000 millones) y otros llevaron a Basilea 3. Ahora, sus decisiones no impresionan a casi nadie y algunos economistas serios &ndash;Paul Krugman, Joseph Stiglitz, Paul Volcker, Jefffey Sachs- sugieren replantear todo en la pr&oacute;xima reuni&oacute;n del grupo de los 20 en noviembre (Se&uacute;l). <br />
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