Una nueva pero vieja corrida financioera cuestiona el sistema

Generaciones atrás, ahorristas –extintos en EE.UU.-, inversores y especuladores respondían a los pánicos retirando fondos en masa. Ni los bancos mayores lograban recobrar liquidez en lapsos razonables. Hoy vuelve algo que se suponía historia.

13 agosto, 2007

Esta vez, empero, el objeto directo no son bancos (que recién ahora empiezan a padecer) sino títulos de deuda privada, fuente principal de crédito en el “nuevo” entorno mundial. “El actual sistema de apalancamiento financiero y sus estructuras denotan fallas críticas”, señala William Gross, de Pimco, una administradora de fondos jubilatorios. “La más grave es que no haya mecanismos capaces de cubrir picos de iliquidez”.

Sin embargo, este problema no es nuevo y viene golpeando regularmente a Estados Unidos. Al menos, desde el pánico internacional de 1907, cuya recidiva política llevó a las guerras balcánicas y a la de 1914/8. En aquel momento, John Pierpoint Morgan persuadió a los bancos a unirse y sostener entidades en riesgo. Eso condujo a formar en 1913, tras la muerte de J.P., el sistema de Reserva Federal.

Más sagaz que el tozudo banco de Inglaterra -no quiso unirse al rescate, aunque sí lo hicieron el Reichsbank y la banque de France-, el congreso norteamericano advirtió que la suerte del sistema financiero había pendido de un solo hombre. Más tarde, el derrumbe de 1929/30 y la depresión subsiguiente provocaron una cadena de pánicos bancarios y la creación de la garantía voluntaria sobre depósitos. Tras la II guerra mundial, la gente supuso que ya no debía temer quiebras y las corridas se espaciaron, aunque sin desaparecer.

Pero, en los años 90, surgió una novedosa y especulativa arquitectura de negocios financieros, apoyada más en bonos de deuda que en sus intermediarios naturales, los bancos privados. Hoy, se cuestiona el valor real de esos títulos y no existe una garantía similar a la de depósitos. Por tanto, quienes tomaron esos papeles cuando eran estrellas incuestionadas quieren recobrar el dinero. La incipiente licuación de hipotecas, fondos de cobertura y compras apalancadas genera una “corrida siglo XXI” equivalente a las que –en el siglo XX – castigaban a los bancos.

Lo malo es que las instituciones, los recursos y el management a mano sólo sirven para afrontar crisis como las de antes. Especialmente en casos como la RF, el Banco central europeo, el de Inglaterra, Benjamin Bernanke, Jean-Claude Trichet y Mervyn King. Ninguno es Paul Volcker ni, mucho menos, John Maynard Keynes o J.P.Morgan.

Mientras estas instituciones y sus colegas en otras economías mayores influyen en los sistemas financieros normales, no supervisan títulos privados de deuda, fondos especulativos (en particular lo que operan con derivados) o hipotecas predatorias. A lo sumo, sólo pueden hacer lo que ahora: inyectar liquidez vía “call” de cortísimo plazo y cruzar los dedos esperando que los bancos beneficiados lo repongan pagando entre 4,6 y 5,7% anual.

Un característica clave de esta corrida –a diferencia del caso Baring Securities, 1995- es que los bancos centrales ni siquiera saben quiénes tienen qué papeles. Esto resulta de una decisión poco atinada: admitir empréstitos financiados directamente por inversores y especuladores privados, no indirectamente vía depositantes bancarios. Audaces magnates, fondos de cobertura y extrabursátiles creían ¿ciegamente? en esos bonos sólo porque agencias como Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch los calificaban muy bien. Ahora son las primeras en degradarlos a chatarra.

En general, los títulos bien calificados pagan menores tasas. Hasta los problemnas surgidos en junio-julio, muchos estaban dispuestos a comprar esos papeles o prestarles dinero a quienes los tenían en carteta. Pero no hay motivos para atesorarlos si están en tela de juicio su seguridad o su precio real. Exactamente como les pasaba a los bancos en otros tiempos.

Por consiguiente, se congelan mercados claves para el libre flujo internacional del crédito. Eso se llama iliquidez. La crisis queda encarnada por hoy en Bear Steanrs (cinco fondos de cobertura suspendidos) y Goldman Sachs (dos). Esos síntomas ponen en evidencia un grave error del sistema: suponer que bonos respaldados en malos créditos -las hipotecas usurarias- o en compras apalancadas pueden ser seguros.

Hace seis días, la Reserva Federal no quiso bajar tasas básicas sosteniendo que, pese a la volatilidad financiera, “la economía seguirá expandiéndose a ritmo moderado este trimestre y los próximos, apoyada en un sólido crecimiento de empleo e ingresos”. Orientado a Wall Street, este desmedido optimismo no ayuda a los turbulentos mercados financieros ni beneficia a bonos que casi nadie quiere comprar ni retener.

Ese mismo martes 7, BNP Paribas -el mayor banco privado francés- declarò que le era imposible justipreciar sus tenencias de bonos hipotecarios nortaamericanos y bloqueó su retiro por € 1.600 millones. Entre jueves y viernes, al multiplicarse ese fenómeno en otras bancas relevantes, el BCE hizo punta y, junto con la RF y el banco de Japón, inyectaron “call” por US$ 323.000 millones (dos veces el PBI argentino).

Si esto es un pánico irracional, la transfusión de fondos cortoplacistas permitirá capear la tormenta. De lo contrario, habrá más corridas y se licuarán más carteras especulativas o de baja calidad. Quizá la cuestión básica sea que los bancos centrales luchan contra la falta de confianza en el mismo sistema financiero que generaron, al no regular segmentos como los derivativos, las malas hipotecas o los fondos extrabursátiles dedicados a compras apalancadas.

Esta vez, empero, el objeto directo no son bancos (que recién ahora empiezan a padecer) sino títulos de deuda privada, fuente principal de crédito en el “nuevo” entorno mundial. “El actual sistema de apalancamiento financiero y sus estructuras denotan fallas críticas”, señala William Gross, de Pimco, una administradora de fondos jubilatorios. “La más grave es que no haya mecanismos capaces de cubrir picos de iliquidez”.

Sin embargo, este problema no es nuevo y viene golpeando regularmente a Estados Unidos. Al menos, desde el pánico internacional de 1907, cuya recidiva política llevó a las guerras balcánicas y a la de 1914/8. En aquel momento, John Pierpoint Morgan persuadió a los bancos a unirse y sostener entidades en riesgo. Eso condujo a formar en 1913, tras la muerte de J.P., el sistema de Reserva Federal.

Más sagaz que el tozudo banco de Inglaterra -no quiso unirse al rescate, aunque sí lo hicieron el Reichsbank y la banque de France-, el congreso norteamericano advirtió que la suerte del sistema financiero había pendido de un solo hombre. Más tarde, el derrumbe de 1929/30 y la depresión subsiguiente provocaron una cadena de pánicos bancarios y la creación de la garantía voluntaria sobre depósitos. Tras la II guerra mundial, la gente supuso que ya no debía temer quiebras y las corridas se espaciaron, aunque sin desaparecer.

Pero, en los años 90, surgió una novedosa y especulativa arquitectura de negocios financieros, apoyada más en bonos de deuda que en sus intermediarios naturales, los bancos privados. Hoy, se cuestiona el valor real de esos títulos y no existe una garantía similar a la de depósitos. Por tanto, quienes tomaron esos papeles cuando eran estrellas incuestionadas quieren recobrar el dinero. La incipiente licuación de hipotecas, fondos de cobertura y compras apalancadas genera una “corrida siglo XXI” equivalente a las que –en el siglo XX – castigaban a los bancos.

Lo malo es que las instituciones, los recursos y el management a mano sólo sirven para afrontar crisis como las de antes. Especialmente en casos como la RF, el Banco central europeo, el de Inglaterra, Benjamin Bernanke, Jean-Claude Trichet y Mervyn King. Ninguno es Paul Volcker ni, mucho menos, John Maynard Keynes o J.P.Morgan.

Mientras estas instituciones y sus colegas en otras economías mayores influyen en los sistemas financieros normales, no supervisan títulos privados de deuda, fondos especulativos (en particular lo que operan con derivados) o hipotecas predatorias. A lo sumo, sólo pueden hacer lo que ahora: inyectar liquidez vía “call” de cortísimo plazo y cruzar los dedos esperando que los bancos beneficiados lo repongan pagando entre 4,6 y 5,7% anual.

Un característica clave de esta corrida –a diferencia del caso Baring Securities, 1995- es que los bancos centrales ni siquiera saben quiénes tienen qué papeles. Esto resulta de una decisión poco atinada: admitir empréstitos financiados directamente por inversores y especuladores privados, no indirectamente vía depositantes bancarios. Audaces magnates, fondos de cobertura y extrabursátiles creían ¿ciegamente? en esos bonos sólo porque agencias como Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch los calificaban muy bien. Ahora son las primeras en degradarlos a chatarra.

En general, los títulos bien calificados pagan menores tasas. Hasta los problemnas surgidos en junio-julio, muchos estaban dispuestos a comprar esos papeles o prestarles dinero a quienes los tenían en carteta. Pero no hay motivos para atesorarlos si están en tela de juicio su seguridad o su precio real. Exactamente como les pasaba a los bancos en otros tiempos.

Por consiguiente, se congelan mercados claves para el libre flujo internacional del crédito. Eso se llama iliquidez. La crisis queda encarnada por hoy en Bear Steanrs (cinco fondos de cobertura suspendidos) y Goldman Sachs (dos). Esos síntomas ponen en evidencia un grave error del sistema: suponer que bonos respaldados en malos créditos -las hipotecas usurarias- o en compras apalancadas pueden ser seguros.

Hace seis días, la Reserva Federal no quiso bajar tasas básicas sosteniendo que, pese a la volatilidad financiera, “la economía seguirá expandiéndose a ritmo moderado este trimestre y los próximos, apoyada en un sólido crecimiento de empleo e ingresos”. Orientado a Wall Street, este desmedido optimismo no ayuda a los turbulentos mercados financieros ni beneficia a bonos que casi nadie quiere comprar ni retener.

Ese mismo martes 7, BNP Paribas -el mayor banco privado francés- declarò que le era imposible justipreciar sus tenencias de bonos hipotecarios nortaamericanos y bloqueó su retiro por € 1.600 millones. Entre jueves y viernes, al multiplicarse ese fenómeno en otras bancas relevantes, el BCE hizo punta y, junto con la RF y el banco de Japón, inyectaron “call” por US$ 323.000 millones (dos veces el PBI argentino).

Si esto es un pánico irracional, la transfusión de fondos cortoplacistas permitirá capear la tormenta. De lo contrario, habrá más corridas y se licuarán más carteras especulativas o de baja calidad. Quizá la cuestión básica sea que los bancos centrales luchan contra la falta de confianza en el mismo sistema financiero que generaron, al no regular segmentos como los derivativos, las malas hipotecas o los fondos extrabursátiles dedicados a compras apalancadas.

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