La industria petrolera en declinación

Es una actividad que parece estar  planeando su retirada.

24 octubre, 2018

Es cierto que el árbol no deja ver el bosque. Los esfuerzos de Arabia Saudita (empujando al resto de la Opep) con Rusia para estabilizar precio y producción del barril de crudo y los esfuerzos desestabilizadores con que amenaza Donald Trump, son solamente la epidermis del problema, pero ocupan casi toda la escena.

Como trasfondo relevante, la Agencia Internacional de Energía estima que para 2050, todo el sistema energético global demandará una inversión adicional de US$ 29 billones (millones de millones) para dar respuesta a la demanda expansiva de energía a escala global.

Si esta inyección la debe aportar el mercado de capitales, la falta de certidumbre sobre el futuro de la actividad, puede ser una complicación que costará solucionar.

Hasta ahora, los esfuerzos por contener los precios del crudo en una etapa expansiva, parecía que eran responsabilidad de los productores de shale oil & gas de la Unión, pero Donald Trump parece haberlos subrogado. Sus últimos tweets son elocuentes y dirigidos, muy en especial, a los sauditas. Les recuerda que la seguridad de ese país y de todo el Oriente medio, está vinculada a la protección efectiva que preste Estados Unidos (que por otra parte, da continuas indicaciones de que en esta materia, está en franca retirada). 

En suma, si el precio del barril de crudo se mantiene barato y Saudiarabia eleva su producción en dos millones de b/d para compensar que Irán queda fuera de juego, EE.UU. defendería a Riyad y a otros productores de la región. Una promesa innecesaria que además es recibida con muchas dudas.

El actual escenario registra los precios más altos en casi cuatro años. Hay tres causas que lo explican. La primera, el juego geopolítico de Trump que castigó a Irán y a su potencial poder exportador. La segunda, la necesidad de que no suban petróleo y combustibles ahora que se avecinan las elecciones de medio término en Estados Unidos, para renovar legisladores. La tercera, y muy evidente, el desarrollo de la guerra comercial con China. Si no le hacen caso, el ocupante de la Casa Blanca, tiene un arma poderosa a mano: disponer del inventario de la reserva estratégica de petróleo que tiene el país. Lanzado al mercado, ese fondo puede complicar la estrategia de la Opep.

 

Incertidumbre en el largo plazo

Todo esto puede servir para explicar el corto plazo, los meses que vendrán. Pero no para entender lo que promete el largo plazo. Algo que las urgencias del presente a veces impiden analizar.

Mirando hacia adelante 30 años, para 2050, la única certidumbre es que el proceso va a ser costoso. 

En vista de los avances registrados en energías alternativas y la lucha contra el carbono desde el Acuerdo de París de 2015, lo que se advierte difícil para los que pronostican es que es cada vez más difícil predecir los riesgos asociados a esta tarea. 

En esta incertidumbre, el precio del petróleo y el gas es lo más complejo de avizorar para los inversionistas. En segundo lugar –después del carbón– es el sector más riesgoso en medio de un panorama energético pleno de transiciones y mutaciones.

Ante un futuro que luce tan incierto, ¿cuál puede ser la actitud de los inversores en el campo petrolero?

Hasta ahora había dos mecanismos estabilizadores que se conjugaban a la hora de hacer un cálculo, cuando se presentaba una situación de sobreproducción, de exceso de oferta. Uno era analizar la declinación natural en la producción de yacimientos maduros. El otro, las estimaciones de una demanda futura que a la larga, siempre apunta a crecer.

El primer aspecto está ligado a la famosa teoría del peak oil. El momento en que se llega a la máxima tasa de extracción de un pozo, y luego inevitablemente comienza la declinación. El concepto se utilizó también aplicado a toda la industria petrolera. Más allá de otros factores –fuentes energéticas que la reemplacen o la tecnología que introduce sensibles ahorros en la demanda– el concepto de peak oil aludía al momento en que la industria petrolera, como un todo, comenzara su declinación.

Lo que pareció acercarse en varios momentos históricos, hasta que descubrimientos de nuevos importantes yacimientos, o la posibilidad de explotar el shale oil, se convirtió en moneda corriente. Entonces, el temor a la declinación volvió a alejarse.

Sin embargo, la percepción es que ahora la vigencia del peak oil está cercana. Si eso ocurre –dicen los expertos– el sector petrolero se encontrará frente a una difícil disyuntiva.

Puede intentar una reconversión total para ingresar en el negocio de la energía renovable. Algunos actores ya lo están intentando y pueden lograrlo (en biogas, hidrógeno y electricidad). Pero no es una solución integral para el total del sector petrolero. El modelo de negocios actual de esta actividad es muy distinto. Es probable que, sin estridencias, comience una etapa de invertir menos y asegurar mejor retorno a los accionistas, que el actual. No habrá una parálisis de inversiones, pero sí seguramente un lento declinar. Competir por algo de market share en un mercado en declinación, es fuente segura de problemas.

 

De Obama a Trump, el “arco de la historia”

Para mucha gente es una aberración. Pero el actual Presidente está reescribiendo la historia, con algunas perspectivas de éxito. Entonces puede dejar de ser una anécdota, un accidente, y convertirse en la figura icónica de otra manera de pensar la democracia.

 

Es una idea que contribuyó a divulgar Barack Obama, que citó el “arco de la historia” con frecuencia, además de tener estas palabras escritas en un cuadro en el Salón Oval, en la Casa Blanca. No era de su autoría: la adoptó de Martin Luther King. Que a su vez, parece, la tomó de un abolicionista blanco de mediados del siglo 19 (no falta quien sostenga que el verdadero progenitor es Karl Max).

Pero lo que en verdad importa, es la idea implícita en el concepto. El “arco de la historia” o la ruta de la historia si se prefiere, ocurre cuando el proceso se aleja de su patrón natural por caminos imprevistos. Inevitablemente, piensan los partidarios de esta expresión, las aguas volverán a su cauce, a retomar el rumbo. El arco, la curvatura, es una aberración que se corrige con el tiempo.

Es una tesis que obtiene amplio consenso en los movimientos liberales estadounidenses, democráticos y enemigos del populismo y del autoritarismo. Lo mismo con los expertos en el escenario internacional. La globalización es indetenible, podrá sufrir algún contratiempo, pero al final prevalecerá. En síntesis, el futuro estará de nuestra parte, aunque el presente parezca apuntar en otra dirección.  No hay duda que Donald Trump hace todo lo posible –y con cierta eficacia– para no dejar vestigios de esta doctrina adoptada por Obama y por borrar los rasgos esenciales de su tiempo en la Presidencia.

El desconocimiento del acuerdo con Irán, la guerra comercial con China y otros países (la mayoría de ellos, aliados por décadas), el proteccionismo rampante, la belicosa actitud con los inmigrantes, los conflictos raciales, y el aislamiento internacional, son buena prueba de ello. Pero no importa cuánto tiempo tome, la curvatura del arco retomará su posición original y todo el arsenal de Trump quedará condenado al olvido. Esa es la firme convicción de quienes se le oponen y creen “en la verdadera ruta de la historia. ¿Y si no es así? Aun asumiendo que el actual presidente estadounidense está equivocado, lo cierto es que está reescribiendo la historia que tal vez –solo tal vez– puede cambiar de rumbo y comenzar otra etapa.

 

La perspectiva electoral

Nadie puede garantizar que sea derrotado en las presidenciales de 2020. Pero aún si lo fuera, todo el cambio que introdujo en el escenario social y político de su país, y del mundo, será difícil de cambiar. Es que ese mundo sigue andando (y no esperando la rectificación de la famosa curva), y así al par que un retroceso de partidos y gobiernos democráticos en varios continentes, se advierte el crecimiento de simpatizantes foráneos que creen de verdad en un autoritarismo eficiente que consigue resultados. 

 

Ahora, con otra designación en la Corte Suprema de Justicia de su país –por el retiro de uno de sus miembros– tiene la oportunidad de transformar de modo decisivo la política social estadounidense, al menos por una generación. Estados Unidos –pero también buena parte del mundo– está más polarizado en sus posiciones que cuando Trump asumió hace apenas un año y medio. La demografía estadounidense garantiza que en un cuarto de siglo, la población blanca será minoría.

Pero todavía falta mucho para eso. En cambio, hoy lo cierto es que 43% de los votantes estadounidenses son más pobres que sus padres, sin educación adecuada para enfrentar los actuales desafíos, y con dificultades para conseguir empleos en vastas franjas centrales del país. Las últimas encuestas indican que Trump tiene una aprobación de 45% del electorado. Cuando llegue la hora de la verdad, la mitad de los hispanos (la primera minoría) prefieren autodefinirse como “blancos”.

Otras corrientes inmigratorias, como italianos e irlandeses están claramente a favor de Trump. Los que se oponen con vigor a toda esta tendencia política, tal vez no han percibido que hay un cambio fundamental. Un cambio que puede ser entendido y para el cual se puede diseñar una política efectiva para modificarlo. Pero si de verdad se cree que es un mero accidente histórico, y que en el algún momento, en el futuro, las cosas volverán a la normalidad –el arco completa su curva y vuelve a lo lineal– no hay posibilidad de enfrentar con éxito esta nueva corriente de pensamiento, que amenaza convertirse en mayoritaria.  Aunque sea triste admitirlo, muchas veces el cambio es producto de gente irracional.

 

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