G-8: en la agenda de los técnicos, un documento de Basilea

En las sesiones preliminares (29-31 de mayo), el Grupo de los 8 examinó un extenso documento del Banco de Ajustes Internacionales (BAI). Obviamente, se trata del esquema “Basilea II”, poco propicio para Rusia y las economías periféricas.

El encuentro entre el Grupo de los 7 (Estados Unidos, Japón, Alemania,
Gran Bretaña, Francia, Canadá, Italia) y Rusia -en forma de G-8-
es esencialmente político. Pero el estancamiento de la ronda Dohá
y el futuro del petróleo iraquí (asunto clave para Moscú)
figuraban en la agenda. En eso, llegó el documento del “banco central
de banco centrales”, cuya asamblea había precedido a Evian en pocas
semanas.

En realidad, el BAI está ya enfrascado en una etapa que tendrá
honda influencia entre los bancos, el “Basilea II”, que recién
se completará en 2007. No es buena noticia para países periféricos
o en problemas (y Rusia e Irak figuran en el segundo grupo). El comité
de Basilea abarca los principales bancos centrales y, junto con el propio BAI,
incluye a Suiza. Por de pronto, “Basilea II” llevará a un fuerte
aumento de exigencias en cuanto a capitales, lo cual resentirá el crédito
en perjuicio de países y empresas en apuros. Si bien el peso de las reformas
tal vez no se sienta hasta 2007, el estudio entregado al G-8 anticipa que “al
menos 360 entidades deberán elevar capitales contra riesgos”.

Además, es probable que cada banco central añada cargos, a su
criterio, para mantener una capitalización superior a la planteada por
“Basilea II”. Esto se haría desde 2004, en forma paulatina.
Pero el documento pone en descubierto un detalle inquietante: virtualmente ningún
banco llega al nivel promedio. Muchas entidades especializadas en custodia de
títulos, administración de carteras y activos, etc., se verán
muy afectadas por las nuevas normas. Entretanto, los bancos minoristas emergerán,
en general, con 20% menos de exigencias; salvo los muy comprometidos con el
negocio del dinero plástico.

Una mayoría de expertos cree que “Basilea II” representa una
mejora cualitativa sobre “Basilea I” (rige desde 1988). Pero una minoría
sostiene que no profundiza lo suficiente en cuanto a modelos de riesgo. También
se nota cierta renuencia a encarar el grave problema de los instrumentos derivativos
y sus contratos derivados, claves de la globalización financiera iniciada
en 1973 y de un proceso que ha ido quitándoles poder a los propios bancos
centrales. El solo hecho de que Alan Greenspan (Reserva Federal) defienda los
derivativos crea alarma. El tercer bando, que pone al negocio financiero sobre
la propia economía real, teme que “Basilea II” haga caer dos
o tres sistemas bancarios en la Unión Europea. Especialmente en Alemania,
cuyos mayores bancos van de rojo en rojo, que es una fuente clave para solventar
a buena parte del ex bloque soviético: precisamente, las economías
transicionales (Hungría, repúblicas Checa y bálticas) o
subdesarrolladas (Eslovaquia, Polonia, Chipre) que deberán ingresar a
la Unión Europea.

El encuentro entre el Grupo de los 7 (Estados Unidos, Japón, Alemania,
Gran Bretaña, Francia, Canadá, Italia) y Rusia -en forma de G-8-
es esencialmente político. Pero el estancamiento de la ronda Dohá
y el futuro del petróleo iraquí (asunto clave para Moscú)
figuraban en la agenda. En eso, llegó el documento del “banco central
de banco centrales”, cuya asamblea había precedido a Evian en pocas
semanas.

En realidad, el BAI está ya enfrascado en una etapa que tendrá
honda influencia entre los bancos, el “Basilea II”, que recién
se completará en 2007. No es buena noticia para países periféricos
o en problemas (y Rusia e Irak figuran en el segundo grupo). El comité
de Basilea abarca los principales bancos centrales y, junto con el propio BAI,
incluye a Suiza. Por de pronto, “Basilea II” llevará a un fuerte
aumento de exigencias en cuanto a capitales, lo cual resentirá el crédito
en perjuicio de países y empresas en apuros. Si bien el peso de las reformas
tal vez no se sienta hasta 2007, el estudio entregado al G-8 anticipa que “al
menos 360 entidades deberán elevar capitales contra riesgos”.

Además, es probable que cada banco central añada cargos, a su
criterio, para mantener una capitalización superior a la planteada por
“Basilea II”. Esto se haría desde 2004, en forma paulatina.
Pero el documento pone en descubierto un detalle inquietante: virtualmente ningún
banco llega al nivel promedio. Muchas entidades especializadas en custodia de
títulos, administración de carteras y activos, etc., se verán
muy afectadas por las nuevas normas. Entretanto, los bancos minoristas emergerán,
en general, con 20% menos de exigencias; salvo los muy comprometidos con el
negocio del dinero plástico.

Una mayoría de expertos cree que “Basilea II” representa una
mejora cualitativa sobre “Basilea I” (rige desde 1988). Pero una minoría
sostiene que no profundiza lo suficiente en cuanto a modelos de riesgo. También
se nota cierta renuencia a encarar el grave problema de los instrumentos derivativos
y sus contratos derivados, claves de la globalización financiera iniciada
en 1973 y de un proceso que ha ido quitándoles poder a los propios bancos
centrales. El solo hecho de que Alan Greenspan (Reserva Federal) defienda los
derivativos crea alarma. El tercer bando, que pone al negocio financiero sobre
la propia economía real, teme que “Basilea II” haga caer dos
o tres sistemas bancarios en la Unión Europea. Especialmente en Alemania,
cuyos mayores bancos van de rojo en rojo, que es una fuente clave para solventar
a buena parte del ex bloque soviético: precisamente, las economías
transicionales (Hungría, repúblicas Checa y bálticas) o
subdesarrolladas (Eslovaquia, Polonia, Chipre) que deberán ingresar a
la Unión Europea.

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