Estados Unidos: menos exportación tecnológica y más venta de chatarra

Muchos afirman que Estados Unidos ya no compite. En verdad, las estadísticas de comercio exterior sugieren que la tecnología pierde terreno. Pero el país sigue líder en venta de chatarra y desechos (inalámbricos viejos inclusive).

17 enero, 2005

En los últimos años ´90, quienes recomendaban a los estadounidenses no preocuparse por el ya creciente déficit comercial, señalaban el auge de “productos de tecnologías avanzadas”. Una categoría incluida en las estadísticas oficiales que reflejaba la ventaja del país como competidor. Por entonces, en efecto, Estados Unidos mantenía un apreciable superávit en esa materia y las ventas de esos bienes subían a mayor ritmo que otras exportaciones.

Todo eso se ha dado vuelta. En noviembre, el país mostraba un déficit mensual récord (US$60.300 millones). Pero también lo era el de productos tecnológicos, con US$5.800 millones. El acumulado desde diciembre de 2003 (12 meses) también fue máximo en la categoría: US$39.900 millones.

Entonces ¿queda algún sector en avance? Sí, el denominado “descartes y sobrantes”. Con un total de US$8.400 millones en 12 meses, ha subido 31% en el lapso diciembre 2003 a noviembre último. “Algo que es en efecto basura representa hoy una de las categorías exportadores de mayor crecimiento”, apunta John Lonski, analista jefe de la agencia Moody’s Investor Service.

Basta comparar los niveles anuales de ventas al exterior actuales con los de fines de 1999 para obtener un cuadro bastante feo. En el quinquenio 2000-4, los bienes y servicios tecnológicos descendieron 21%, mientras los desechos avanzaban 135%. En cierta medida, el declive tecnológico refleja el desinfle de la burbuja pomposamente llamada “nueva economía” (1995-2001) y su correlato, la puntocom (1998-2002). Pero, ¡oh!, las importaciones tecnológicas aumentaron 28% en ese mismo período, lo cual indica que las burbujas no eran el único factor.

Bromas aparte, ignorar la verdadera relevancia de un cuadro comercial tan deteriorado entraña no reparar en un riesgo sistémico. Doble, además, pues la competencia estadounidense de disipa rápidamente y el dólar barato no corrige esta situación.

“Empresas y plantas que, hace relativamente poco, hubiesen capeado años de paridades cambiarias adversas, cerraron definitivamente”, señalaba Robert Prince, de la consultora financiera Bridgewater Associates. Eso en un informe comentando las cifras comerciales de noviembre, difundidas hace algunos días. “Si los precios hubiesen sido más fluidos, esos negocios se habrían recobrado al caer el dólar. No pudieron”.

Por el contrario, China, que tiene el mayor superávit entre quienes comercian con Estados Unidos, no permite que el yuan suba contra el dólar. Otros países de Asia oriental tienen políticas similares. Pero, calcula Prince, el dólar ha cedido apenas 5% contra una canasta de divisas armada para reflejar importaciones norteamericanas en 2004. No obstante, en 2000, el dólar se deterioró 20% según igual parámetro.

La disposición china a comprar bonos de la tesorería federal le ha servido tanto para impedir cambios en paridades cambiarias como para frenar las tasas. Esto promueve más consumo –o sea, más endeudamiento familiar- y crecientes déficit (comercio, presupuesto, pagos externos). Así lo admite Catherine Minehan, presidenta de la Reserva Federal de Boston: “Una ineludible lógica económica indica que, eventualmente, esta situación se tornará insostenible”.

Pero ello puede tomar mucho tiempo y, en Washington, nadie parece dispuesto a afrontar problemas de fondo. El gobierno de George W. Bush responsabiliza a la Unión Europea y Japón por no crecer al ritmo necesario, por lo cual no importan desde Estados Unidos. Pero esa visión oportunista excluye la baja competitividad propia. Entretanto, políticos de ambos partidos dominantes esgrimen las pobres estadísticas comerciales para impulsar o acentuar medidas proteccionistas en favor de un sector u otro.

Dista de quedar claro cómo revertir esas tendencias. Por ahora, varios países asiáticos se sienten felices prestando a los estadounidenses, generalmente vía compra de bonos públicos y privados. Ello les permite a los norteamericanos adquirirles de todo (además, son adictos a endeudarse para comprar) y mantenerles fuentes de producción. Eventualmente, habrá un límite a la voluntad de los prestamistas y a las exportaciones de chatarra estadounidense (rubro que incluye celulares reparados y revendidos a Latinoamérica o África).

En los últimos años ´90, quienes recomendaban a los estadounidenses no preocuparse por el ya creciente déficit comercial, señalaban el auge de “productos de tecnologías avanzadas”. Una categoría incluida en las estadísticas oficiales que reflejaba la ventaja del país como competidor. Por entonces, en efecto, Estados Unidos mantenía un apreciable superávit en esa materia y las ventas de esos bienes subían a mayor ritmo que otras exportaciones.

Todo eso se ha dado vuelta. En noviembre, el país mostraba un déficit mensual récord (US$60.300 millones). Pero también lo era el de productos tecnológicos, con US$5.800 millones. El acumulado desde diciembre de 2003 (12 meses) también fue máximo en la categoría: US$39.900 millones.

Entonces ¿queda algún sector en avance? Sí, el denominado “descartes y sobrantes”. Con un total de US$8.400 millones en 12 meses, ha subido 31% en el lapso diciembre 2003 a noviembre último. “Algo que es en efecto basura representa hoy una de las categorías exportadores de mayor crecimiento”, apunta John Lonski, analista jefe de la agencia Moody’s Investor Service.

Basta comparar los niveles anuales de ventas al exterior actuales con los de fines de 1999 para obtener un cuadro bastante feo. En el quinquenio 2000-4, los bienes y servicios tecnológicos descendieron 21%, mientras los desechos avanzaban 135%. En cierta medida, el declive tecnológico refleja el desinfle de la burbuja pomposamente llamada “nueva economía” (1995-2001) y su correlato, la puntocom (1998-2002). Pero, ¡oh!, las importaciones tecnológicas aumentaron 28% en ese mismo período, lo cual indica que las burbujas no eran el único factor.

Bromas aparte, ignorar la verdadera relevancia de un cuadro comercial tan deteriorado entraña no reparar en un riesgo sistémico. Doble, además, pues la competencia estadounidense de disipa rápidamente y el dólar barato no corrige esta situación.

“Empresas y plantas que, hace relativamente poco, hubiesen capeado años de paridades cambiarias adversas, cerraron definitivamente”, señalaba Robert Prince, de la consultora financiera Bridgewater Associates. Eso en un informe comentando las cifras comerciales de noviembre, difundidas hace algunos días. “Si los precios hubiesen sido más fluidos, esos negocios se habrían recobrado al caer el dólar. No pudieron”.

Por el contrario, China, que tiene el mayor superávit entre quienes comercian con Estados Unidos, no permite que el yuan suba contra el dólar. Otros países de Asia oriental tienen políticas similares. Pero, calcula Prince, el dólar ha cedido apenas 5% contra una canasta de divisas armada para reflejar importaciones norteamericanas en 2004. No obstante, en 2000, el dólar se deterioró 20% según igual parámetro.

La disposición china a comprar bonos de la tesorería federal le ha servido tanto para impedir cambios en paridades cambiarias como para frenar las tasas. Esto promueve más consumo –o sea, más endeudamiento familiar- y crecientes déficit (comercio, presupuesto, pagos externos). Así lo admite Catherine Minehan, presidenta de la Reserva Federal de Boston: “Una ineludible lógica económica indica que, eventualmente, esta situación se tornará insostenible”.

Pero ello puede tomar mucho tiempo y, en Washington, nadie parece dispuesto a afrontar problemas de fondo. El gobierno de George W. Bush responsabiliza a la Unión Europea y Japón por no crecer al ritmo necesario, por lo cual no importan desde Estados Unidos. Pero esa visión oportunista excluye la baja competitividad propia. Entretanto, políticos de ambos partidos dominantes esgrimen las pobres estadísticas comerciales para impulsar o acentuar medidas proteccionistas en favor de un sector u otro.

Dista de quedar claro cómo revertir esas tendencias. Por ahora, varios países asiáticos se sienten felices prestando a los estadounidenses, generalmente vía compra de bonos públicos y privados. Ello les permite a los norteamericanos adquirirles de todo (además, son adictos a endeudarse para comprar) y mantenerles fuentes de producción. Eventualmente, habrá un límite a la voluntad de los prestamistas y a las exportaciones de chatarra estadounidense (rubro que incluye celulares reparados y revendidos a Latinoamérica o África).

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