EE.UU.: el servicio eléctrico en la trampa del mercado

El colapso eléctrico del jueves 14 trasunta graves vulnerabilidades estructurales. Debidas, en parte, a estados “bobos” o ausentes, atrapados en una teoría antirregulatoria impuesta por el mercado.

20 agosto, 2003

La febril búsqueda de chivos emisarios para el apagón del 14 de agosto “no reparó en la falla principal: la drástica eliminación de regulaciones eléctricas”. Así sostiene el economista Robert Kuttner, autor de “Everything for sale: virtues and limits of markets”.

Al levantarse restricciones y controles estatales sobre el negocio de la electricidad “se supuso que un mercado libre generaría iguales volúmenes de servicio a tarifas justas. Pero –apunta el autor- la electricidad no es un insumo primario común ni puede almacenarse en grandes cantidades. El sistema exige poder y capacidad de transmisión por encima de la demanda regular, justamente para afrontar picos como el de este cruel verano”.

También hacen falta un alto grado de planeamiento y coordinación e incentivos para mantener y mejorar líneas troncales. “La desregulación ha fracasado en esos planos. Pero nadie parece advertirlo. Por lo visto –reflexiona Kuttner-, calamidades como Enron, el apagón de 2001 en California y estados vecinos o el de ahora, sin parangones en la historia norteamericana, no bastan para cuestionar tanta fe ciega en recetas de mercado”.

Hace diez años, casi todos los servicios eran monopolios regulados. Tenían tasas mínimas de retorno garantidas, basadas en inversiones y costos. Por ende “el gobierno compensaba la capacidad generatriz sobrante y el mantenimiento de líneas. A veces, los reguladores cometían errores, como creer que la energía nuclear era una panacea limpia”.

Pese a ello, en los cincuenta años anteriores a la liberalización eléctrica, la productividad sectorial aumentaba tres veces más rápido que en el conjunto de la economía. Pero “la manía desregulatoria que culminó a fin del siglo XX segmentó grandes compañías eléctricas, que abarcaban generación, distribución mayorista y servicios minoristas”.

La nueva ola de empresas segmentadas no desterró todos los factores regulatorios. Por ejemplo, las tarifas siguieron en parte controladas. “La idea era que los servicios locales negociaran entre varios proveedores mayoristas, pagasen menos y transfirieran el ahorro al usuario. No funcionó”.

A criterio de Kuttner, mediaron tres motivos básicos. Primero, que la demanda normal es bastante fija y la capacidad no es elástica; por ende, las compañías generatrices podían (pueden) manipular precios. El escándalo Enron, firma que le succionó a ese estado miles de millones y llevó a la insolvencia actual -por cuya causa el republicano Arnold Schwarzenegger puede el próximo gobernador-, sólo fue un caso extremo.

Segundo, “crear grandes mercados nacionales para compraventa de electricidad suena bien en física, no en economía, pues la transmisión de energía es eficiente sólo hasta algunos cientos de kilómetros. Tercero, sin regulación los servicios locales ya no tienen incentivos para invertir en el mantenimiento de líneas troncales”. Más o menos, lo que ocurre en Argentina…

Por consiguiente, las líneas son antiguas y operan al máximo de capacidad. “Cuanta más energía se empaquete a larga distancia en un mercado no regulado, más exigida estará la red mayorista”. De ahí que los problemas no sean tan graves en el sudeste norteamericano, donde subsisten mayores grados de regulación.

Pero, dejando de lado las observaciones de Kuttner, queda mucha tela que cortar. “La CIA, el FBI y la Agencia de Seguridad Nacional cambiaron de opinión varias veces entre la crisis del jueves 14 y la semana siguiente”, explica un informe del diario alemán “Der Spiegel”.

Interpretaciones que iban del doctor No a su colega Strangelove o de James Bond al agente 86 iban desmoronándose hora a hora. Se temía otra forma de terrorismo. El Pentágono programaba envíos de tropas a Nueva York y demás urbes. Algunas policías urbanas dieron por sentado que Osama bin Laden había vuelto a atacar.

Pero era “sólo” un gigantesco apagón, provocado por fallas locales en una red vetusta e insegura. “Ese día, la superpotencia remanente quedó parcialmente inmovilizada. En tres minutos –explica el periódico germano-, nueve centrales atómicas y doce convencionales se cortaron automáticamente”.

La producción automotriz se detuvo en Detroit. Wall Street también. Cincuenta millones en EE.UU. y Canadá se quedaron sin refrigeración -en un agosto infernal-, heladeras, computadoras, televisores, microondas, etc. “Ese día, hubo el peor apagón de la historia humana. Hospitales, aeropuertos, oficinas públicas, empresas, casas y supermercados quedaron a obscuras durante horas”.

El apagón continúa en materia de explicaciones consistentes o fundamentadas. “Las incertidumbres son tantas como tras los ataques terroristas de 2001, sólo que ahora no hay un Eje del Mal a mano. Hoy se sabe, además, que los amos del mundo pueden sufrir los desastres más simples y grotescos. También –apunta ‘Der Spiegel’- está claro que el imperio del siglo XXI depende de la corriente eléctrica, un invento del siglo XIX”.

En esa “vieja Europa” ridiculizada por los “nuevos halcones” (entre ellos, Donald Rumfeld, secretario de Defensa), muchos no creen lo que han visto. Los norteamericanos, cuya exhibición de poder omnímodo orilla la “hübrís” –triunfalismo trágico- y han desarrollado las armas más sutiles o letales, no pueden brindar un servicio eléctrico a muchos de sus habitantes.

Salvo en épocas de estados universales (potencias únicas en sus respectivas culturas), nunca antes un solo país ha sido tan hegemónico en estilos de vida, costumbres, armas, tecnologías y productos. Con sólo 4,5% de la población, tiene 32% del producto bruto mundial y gasta en defensa más que las veinte economías subsiguientes… juntas.

Kuttner, Paul Krugman, Jeffrey Sachs y otros analistas norteamericanos temen que la tremenda sobre concentración en la vanguardia tecnológica, “lleve consigo la semilla de la decadencia. Por ejemplo, EE.UU. ya no desarrolla televisores, aviones, automóviles ni dispositivos manuales de primera línea. El problema se llama desindustrialización”, afirma el sociólogo Emmanuel Todd en “Superpower USA, an obituary”.

Por otra parte, la sociedad estadounidense consume desde hace rato mucho más de lo que produce”, señala el historiador Paul Kennedy en “Rise and fall of the great powers”. En su planteo, “el máximo riesgo de Washington es una hipertrofia imperial, porque nunca tendrá la capacidad de desplegar tropas en docenas de puntos críticos alrededor del planeta”.

Amén de hipertrofia imperial, hay graves síntomas económicos. Este ejercicio, que cierra en septiembre, registrará récords de déficit fiscal (US$ 455.000 millones) y en balanza de pagos (6,3 billones). El gigante “tiene pies de barro, gracias a las prioridades de la administración Reagan. Este marco explica –subraya Kuttner- la
Incapacidad de mejorar el suministro eléctrico en un plazo corto o mediano”.

La febril búsqueda de chivos emisarios para el apagón del 14 de agosto “no reparó en la falla principal: la drástica eliminación de regulaciones eléctricas”. Así sostiene el economista Robert Kuttner, autor de “Everything for sale: virtues and limits of markets”.

Al levantarse restricciones y controles estatales sobre el negocio de la electricidad “se supuso que un mercado libre generaría iguales volúmenes de servicio a tarifas justas. Pero –apunta el autor- la electricidad no es un insumo primario común ni puede almacenarse en grandes cantidades. El sistema exige poder y capacidad de transmisión por encima de la demanda regular, justamente para afrontar picos como el de este cruel verano”.

También hacen falta un alto grado de planeamiento y coordinación e incentivos para mantener y mejorar líneas troncales. “La desregulación ha fracasado en esos planos. Pero nadie parece advertirlo. Por lo visto –reflexiona Kuttner-, calamidades como Enron, el apagón de 2001 en California y estados vecinos o el de ahora, sin parangones en la historia norteamericana, no bastan para cuestionar tanta fe ciega en recetas de mercado”.

Hace diez años, casi todos los servicios eran monopolios regulados. Tenían tasas mínimas de retorno garantidas, basadas en inversiones y costos. Por ende “el gobierno compensaba la capacidad generatriz sobrante y el mantenimiento de líneas. A veces, los reguladores cometían errores, como creer que la energía nuclear era una panacea limpia”.

Pese a ello, en los cincuenta años anteriores a la liberalización eléctrica, la productividad sectorial aumentaba tres veces más rápido que en el conjunto de la economía. Pero “la manía desregulatoria que culminó a fin del siglo XX segmentó grandes compañías eléctricas, que abarcaban generación, distribución mayorista y servicios minoristas”.

La nueva ola de empresas segmentadas no desterró todos los factores regulatorios. Por ejemplo, las tarifas siguieron en parte controladas. “La idea era que los servicios locales negociaran entre varios proveedores mayoristas, pagasen menos y transfirieran el ahorro al usuario. No funcionó”.

A criterio de Kuttner, mediaron tres motivos básicos. Primero, que la demanda normal es bastante fija y la capacidad no es elástica; por ende, las compañías generatrices podían (pueden) manipular precios. El escándalo Enron, firma que le succionó a ese estado miles de millones y llevó a la insolvencia actual -por cuya causa el republicano Arnold Schwarzenegger puede el próximo gobernador-, sólo fue un caso extremo.

Segundo, “crear grandes mercados nacionales para compraventa de electricidad suena bien en física, no en economía, pues la transmisión de energía es eficiente sólo hasta algunos cientos de kilómetros. Tercero, sin regulación los servicios locales ya no tienen incentivos para invertir en el mantenimiento de líneas troncales”. Más o menos, lo que ocurre en Argentina…

Por consiguiente, las líneas son antiguas y operan al máximo de capacidad. “Cuanta más energía se empaquete a larga distancia en un mercado no regulado, más exigida estará la red mayorista”. De ahí que los problemas no sean tan graves en el sudeste norteamericano, donde subsisten mayores grados de regulación.

Pero, dejando de lado las observaciones de Kuttner, queda mucha tela que cortar. “La CIA, el FBI y la Agencia de Seguridad Nacional cambiaron de opinión varias veces entre la crisis del jueves 14 y la semana siguiente”, explica un informe del diario alemán “Der Spiegel”.

Interpretaciones que iban del doctor No a su colega Strangelove o de James Bond al agente 86 iban desmoronándose hora a hora. Se temía otra forma de terrorismo. El Pentágono programaba envíos de tropas a Nueva York y demás urbes. Algunas policías urbanas dieron por sentado que Osama bin Laden había vuelto a atacar.

Pero era “sólo” un gigantesco apagón, provocado por fallas locales en una red vetusta e insegura. “Ese día, la superpotencia remanente quedó parcialmente inmovilizada. En tres minutos –explica el periódico germano-, nueve centrales atómicas y doce convencionales se cortaron automáticamente”.

La producción automotriz se detuvo en Detroit. Wall Street también. Cincuenta millones en EE.UU. y Canadá se quedaron sin refrigeración -en un agosto infernal-, heladeras, computadoras, televisores, microondas, etc. “Ese día, hubo el peor apagón de la historia humana. Hospitales, aeropuertos, oficinas públicas, empresas, casas y supermercados quedaron a obscuras durante horas”.

El apagón continúa en materia de explicaciones consistentes o fundamentadas. “Las incertidumbres son tantas como tras los ataques terroristas de 2001, sólo que ahora no hay un Eje del Mal a mano. Hoy se sabe, además, que los amos del mundo pueden sufrir los desastres más simples y grotescos. También –apunta ‘Der Spiegel’- está claro que el imperio del siglo XXI depende de la corriente eléctrica, un invento del siglo XIX”.

En esa “vieja Europa” ridiculizada por los “nuevos halcones” (entre ellos, Donald Rumfeld, secretario de Defensa), muchos no creen lo que han visto. Los norteamericanos, cuya exhibición de poder omnímodo orilla la “hübrís” –triunfalismo trágico- y han desarrollado las armas más sutiles o letales, no pueden brindar un servicio eléctrico a muchos de sus habitantes.

Salvo en épocas de estados universales (potencias únicas en sus respectivas culturas), nunca antes un solo país ha sido tan hegemónico en estilos de vida, costumbres, armas, tecnologías y productos. Con sólo 4,5% de la población, tiene 32% del producto bruto mundial y gasta en defensa más que las veinte economías subsiguientes… juntas.

Kuttner, Paul Krugman, Jeffrey Sachs y otros analistas norteamericanos temen que la tremenda sobre concentración en la vanguardia tecnológica, “lleve consigo la semilla de la decadencia. Por ejemplo, EE.UU. ya no desarrolla televisores, aviones, automóviles ni dispositivos manuales de primera línea. El problema se llama desindustrialización”, afirma el sociólogo Emmanuel Todd en “Superpower USA, an obituary”.

Por otra parte, la sociedad estadounidense consume desde hace rato mucho más de lo que produce”, señala el historiador Paul Kennedy en “Rise and fall of the great powers”. En su planteo, “el máximo riesgo de Washington es una hipertrofia imperial, porque nunca tendrá la capacidad de desplegar tropas en docenas de puntos críticos alrededor del planeta”.

Amén de hipertrofia imperial, hay graves síntomas económicos. Este ejercicio, que cierra en septiembre, registrará récords de déficit fiscal (US$ 455.000 millones) y en balanza de pagos (6,3 billones). El gigante “tiene pies de barro, gracias a las prioridades de la administración Reagan. Este marco explica –subraya Kuttner- la
Incapacidad de mejorar el suministro eléctrico en un plazo corto o mediano”.

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