Dólar: su perspectiva a corto plazo es francamente mala

Las sacudidas del primer semestres dieron trabajo a los analistas. Con el euro en picos históricos (US$ 1,382), igual que la libra (2,055), lo único extraño era que no hubiese ocurrido antes. Menos previsible era que, en San Pablo, cayera a R 1,86.

Al respecto, la mayoría de expertos supone que el serrucho descendente continuará este semestre. El euro bien podría pasar de US$ 1,40 y la libra rozar US$ 2,10, con Brasil pagando el dólar a menos de 1,75 reales. Ante semejantes perspectivas ¿cómo hará el banco central argentino para mantener la divisa por encima de tres pesos?…

Las bajas recientes fueron detonadas por malas noticias sobre la economía norteamericana, donde el desinfle de la larga burbuja inmobiliaria golpea más de lo supuesto. Simultáneamente, la confianza del público y las compras de bienes durables cedieron a mayor ritmo que esperado. Por el contrario, en la Eurozona la confianza de los empresarios alemanes se mantenía en el máximo de quince años.

En otro plano y pese a algunos gurúes sobreoptimistas, existen temores en cuanto a que China y otros países repletos de activos en dólares dejen de comprarlos o comiencen a venderlos. Todavía en junio, Benjamin Bernanke (presidente del Sistema de Reserva Federal) insistía en que la economía “tendrá un aterrizaje suave”.

Esta noción presupone que el dólar repuntará porque los grandes inversores externos (bancos centrales) seguirán ávidos de activos en esa moneda y financiarán el enorme déficit en la cuenta corriente de pagos externos. En todo caso, no se largarían a vender, pues eso afectaría el valor en mercado de sus propias tenencias. La masiva compra de dólares que hace el Banco del Japón, cada vez que la divisa baja de ¥ 115, ilustra ese tipo de conductas.

Pero, el primer trimestre de 2007, el producto bruto interno norteamericano se contrajo mucho más de lo que suponían los analista (apenas 0,8% anual). Mientras, los precios de viviendas caían el piso en seis años y aumentaban los riesgos recesivos. Por otro lado, los factores cíclicos explican apenas parte de la antigua fortaleza del dólar. En el fondo, su atractivo se basaba en ilusiones sobre las diferencias estructurales entre Estados Unidos y la Eurozona.

Según subrayan varios economistas sistémicos, sólo los analistas financieros creen que la economía estadounidense muestra un desempeño vastamente superior al de otras líderes. Pero las estadísticas no convalidan ese espejismo. Por cierto, el PBI norteamericano ha crecido –hasta mediados de 2006- a mayor ritmo que el de la Eurozona, pero también su población se incrementa con mayor velocidad.

Escarbando, las diferencias se achican. Verbigracia, las cifras oficiales sobre aumento de productividad –que debieran teóricamente ser claves de los movimientos cambiarios- exageran la ventaja de EE.UU. Si ambas series se midieran por parámetros similares, durante el decenio 1997-2006 ese crecimiento resultaría casi igual en la Eurozona. Es más: recientes guarismos sugieren que, mientras la productividad pierde aliento aquende el Atlántico, lo recobra al otro lado.

La escasa ventaja lograda por EE.UU. ha sido a costa de “esteroides fiscales”. Desde 2000, sus déficit estructurales –ajustados según sus efectos en el ciclo económico corto- se han ampliado abruptamente. Al mismo tiempo, la caída del ahorro familiar engrosa el déficit en cuenta corriente (6,7% del PBI, a fin de 2006). También desde 2000, las economías de la Eurozona no gozan de estímulos fiscales y sus tasas de ahorro interno se mantienen estables.

El crecimiento estadounidense, entonces, ha sido promovido por el gasto de los consumidores. A su vez fundado en la continua reducción del ahorro interno y la adicción al endeudamiento (mal que también padece el fisco). Esta situación, claramente, no puede sostenerse indefinidamente, aunque así lo crean los mercados especulativos). Tarde o temprano, habrá consecuencias tan inevitables como severos desequilibrios y un largo período de crecimiento moroso.

Las visiones sobreoptimistas ignoran problemas y tensiones. Hace varias semanas, el historiador Niall Ferguson ofrecía una perspectiva severa. “No creo tener sagacidad geopolítica excepcional, algo por lo común riesgoso, pero preveo un entorno muy difícil para los inversores. ¿Qué significa esto? Que nada se puede hacer, salvo cuantificar riesgos, reducir exposición y estar preparado. Lo geopolítico no es fácil de interpretar en perspectiva financiera. Entonces, los analistas de mercado optan por enfocarse en componentes fundamentales sólo en ese nivel”.

Al respecto, la mayoría de expertos supone que el serrucho descendente continuará este semestre. El euro bien podría pasar de US$ 1,40 y la libra rozar US$ 2,10, con Brasil pagando el dólar a menos de 1,75 reales. Ante semejantes perspectivas ¿cómo hará el banco central argentino para mantener la divisa por encima de tres pesos?…

Las bajas recientes fueron detonadas por malas noticias sobre la economía norteamericana, donde el desinfle de la larga burbuja inmobiliaria golpea más de lo supuesto. Simultáneamente, la confianza del público y las compras de bienes durables cedieron a mayor ritmo que esperado. Por el contrario, en la Eurozona la confianza de los empresarios alemanes se mantenía en el máximo de quince años.

En otro plano y pese a algunos gurúes sobreoptimistas, existen temores en cuanto a que China y otros países repletos de activos en dólares dejen de comprarlos o comiencen a venderlos. Todavía en junio, Benjamin Bernanke (presidente del Sistema de Reserva Federal) insistía en que la economía “tendrá un aterrizaje suave”.

Esta noción presupone que el dólar repuntará porque los grandes inversores externos (bancos centrales) seguirán ávidos de activos en esa moneda y financiarán el enorme déficit en la cuenta corriente de pagos externos. En todo caso, no se largarían a vender, pues eso afectaría el valor en mercado de sus propias tenencias. La masiva compra de dólares que hace el Banco del Japón, cada vez que la divisa baja de ¥ 115, ilustra ese tipo de conductas.

Pero, el primer trimestre de 2007, el producto bruto interno norteamericano se contrajo mucho más de lo que suponían los analista (apenas 0,8% anual). Mientras, los precios de viviendas caían el piso en seis años y aumentaban los riesgos recesivos. Por otro lado, los factores cíclicos explican apenas parte de la antigua fortaleza del dólar. En el fondo, su atractivo se basaba en ilusiones sobre las diferencias estructurales entre Estados Unidos y la Eurozona.

Según subrayan varios economistas sistémicos, sólo los analistas financieros creen que la economía estadounidense muestra un desempeño vastamente superior al de otras líderes. Pero las estadísticas no convalidan ese espejismo. Por cierto, el PBI norteamericano ha crecido –hasta mediados de 2006- a mayor ritmo que el de la Eurozona, pero también su población se incrementa con mayor velocidad.

Escarbando, las diferencias se achican. Verbigracia, las cifras oficiales sobre aumento de productividad –que debieran teóricamente ser claves de los movimientos cambiarios- exageran la ventaja de EE.UU. Si ambas series se midieran por parámetros similares, durante el decenio 1997-2006 ese crecimiento resultaría casi igual en la Eurozona. Es más: recientes guarismos sugieren que, mientras la productividad pierde aliento aquende el Atlántico, lo recobra al otro lado.

La escasa ventaja lograda por EE.UU. ha sido a costa de “esteroides fiscales”. Desde 2000, sus déficit estructurales –ajustados según sus efectos en el ciclo económico corto- se han ampliado abruptamente. Al mismo tiempo, la caída del ahorro familiar engrosa el déficit en cuenta corriente (6,7% del PBI, a fin de 2006). También desde 2000, las economías de la Eurozona no gozan de estímulos fiscales y sus tasas de ahorro interno se mantienen estables.

El crecimiento estadounidense, entonces, ha sido promovido por el gasto de los consumidores. A su vez fundado en la continua reducción del ahorro interno y la adicción al endeudamiento (mal que también padece el fisco). Esta situación, claramente, no puede sostenerse indefinidamente, aunque así lo crean los mercados especulativos). Tarde o temprano, habrá consecuencias tan inevitables como severos desequilibrios y un largo período de crecimiento moroso.

Las visiones sobreoptimistas ignoran problemas y tensiones. Hace varias semanas, el historiador Niall Ferguson ofrecía una perspectiva severa. “No creo tener sagacidad geopolítica excepcional, algo por lo común riesgoso, pero preveo un entorno muy difícil para los inversores. ¿Qué significa esto? Que nada se puede hacer, salvo cuantificar riesgos, reducir exposición y estar preparado. Lo geopolítico no es fácil de interpretar en perspectiva financiera. Entonces, los analistas de mercado optan por enfocarse en componentes fundamentales sólo en ese nivel”.

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