Deuda a corto plazo: los bancos centrales no pueden apuntalarla

Los denodados esfuerzos de los principales emisores de Occidente –Reserva Federal, Banco Central europeo- parecen en vano. Los mercados de bonos a corto plazo se tambalean a ambas orillas de Atlántico norte.

Tanto en Europa occidental como en Estados Unidos, las tasas sobre préstamos a corto plazo siguen altas y crece la reticencia crediticia de las entidades privadas. Por ejemplo, tomar un seguro contra el cese de pagos de un banco llegado a superar veinte veces los valores de hace un año.

Estas inquietudes se contagian a una serie de activos, desde bonos municipales o estaduales a deuda del sector privado, mal llamada “corporativa”. Estas nuevas turbulencias son otra fase de las crisis hipotecaria y crediticia desatadas en agosto. Los bancos están ahora en el núcleo.

Si bien han asumido y depreciado más de US$ 200.000 millones, el proceso de detectar quebrantos no cesa. Otro problema graves hace a la salud de las aseguradores de bonos, que –se supone- avalan buena parte de las carteras hipotecarias morosas o desactivadas en manos de los bancos. Hace una semana, Ambac Financial (la segunda en Estados Unidos) anunció que precisaba US$ 1.500 millones adicionales y su acción se desplomó 33% en dos días. Obviamente, nadie cree en esa AAA que Fitch Ratings o Standard & Poor’s insisten en mantenerles a Ambac y a MBIA.

La RF y otros bancos centrales vienen desplegando desde noviembre una serie de medidas para inyectar liquidez a corto plazo y serenar los mercado especulativos, como si ésa fuera su función esencial. Pero una ola de aversión al riesgo deteriora la oferta de capitales. Ya a mediados de marzo, los operadores esperan que la RF –ahora o el 18- rebaje nuevamente los tipos referenciales de 3% anual (básico) y 4% (redescuento) a 2,25/3,25%. Pero la entidad ha abusado del recurso y los propios operadores temen que ya no surta efecto.

Tanto en Europa occidental como en Estados Unidos, las tasas sobre préstamos a corto plazo siguen altas y crece la reticencia crediticia de las entidades privadas. Por ejemplo, tomar un seguro contra el cese de pagos de un banco llegado a superar veinte veces los valores de hace un año.

Estas inquietudes se contagian a una serie de activos, desde bonos municipales o estaduales a deuda del sector privado, mal llamada “corporativa”. Estas nuevas turbulencias son otra fase de las crisis hipotecaria y crediticia desatadas en agosto. Los bancos están ahora en el núcleo.

Si bien han asumido y depreciado más de US$ 200.000 millones, el proceso de detectar quebrantos no cesa. Otro problema graves hace a la salud de las aseguradores de bonos, que –se supone- avalan buena parte de las carteras hipotecarias morosas o desactivadas en manos de los bancos. Hace una semana, Ambac Financial (la segunda en Estados Unidos) anunció que precisaba US$ 1.500 millones adicionales y su acción se desplomó 33% en dos días. Obviamente, nadie cree en esa AAA que Fitch Ratings o Standard & Poor’s insisten en mantenerles a Ambac y a MBIA.

La RF y otros bancos centrales vienen desplegando desde noviembre una serie de medidas para inyectar liquidez a corto plazo y serenar los mercado especulativos, como si ésa fuera su función esencial. Pero una ola de aversión al riesgo deteriora la oferta de capitales. Ya a mediados de marzo, los operadores esperan que la RF –ahora o el 18- rebaje nuevamente los tipos referenciales de 3% anual (básico) y 4% (redescuento) a 2,25/3,25%. Pero la entidad ha abusado del recurso y los propios operadores temen que ya no surta efecto.

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