Davos, Mumbái y los cuestionamientos al mercado puro

“Sólo algunos conversos asiáticos y latinoamericanos ven en los actuales mercados financieros y bursátiles motores de desarrollo” sostuvo, en Davos, Raghumam Raján, hombre de Chicago. Similares posturas surgían en otro foro, el de Mumbái.

Lo curioso es que el econometrista indio, un colega italiano (Luyigi Zingalese)
y el columnista inglés Martin Wolf partiesen de una misma premisa. A saber,
que “un mercado auténtico requiere sistemas financieros apropiados,
que fomenten la aparición de empresas en sectores productivos”.

Sin duda, la ola de escándalos y fraudes privados en Estados Unidos
y la Eurozona demuestra que -desde la burbuja cifrada en una mítica nueva
economía- “el llamado libre mercado es una amenaza”. Con variantes,
este veredicto se oyó en el Foro Económico Mundial (Davos) y el
Foro Social Global (Mumbái, o sea Bombay). Pero ambos sacaron conclusiones
muy diferentes…

No obstante, como apuntaba Wolf, “Davos reunía a los triunfadores
del capitalismo y Mumbái a los perdedores. Así, este año
no hubo un solo gobernante latinoamericano de relieve y la región casi
no aparecía en los trabajos del FEM”. En esencia, los dos encuentros
coincidieron en un punto: “bajo ciertas condiciones, los mercados puros
o libres son un riesgo para el capitalismo”.

Por cierto, la idea había aparecido en un texto publicado hace dos meses,
“Saving capitalism from capitalists”, de Raghuram y Zingalese (escuela
de Negocios, universidad de Chicago). A su criterio, “todos debieran beneficiarse
con mercados competitivos. Pero nadie saca enormes utilidades a través
de la competencia y la igualdad de oportunidades comerciales o financieras”.

¿Por qué? Porque, como reflexionaban Adam Smith o David Ricardo,
la corona -o sea, el estado- debe obrar como “una mano invisible”.
Para funcionar (sostiene el libro), los mercados precisan normas exógenas
que sólo el estado puede imponer. Pero los gobiernos suelen estar expuestos
a presiones y cabildeos. Por ende, un mercado verdaderamente libre actúa
en una franja inestable: no está bastante regulado o lo está en
demasía”.

No es el único problema. Desde la aparición en una plaza de futuros
y opciones (Citibank, Tokio, 1973) de contratos originados en instrumentos derivativos
(concebidos en 1968 por tres matemáticos financieros), descontrol y volatilidad
fueron apoderándose de los mercados. Simultáneamente, éstos
empezaron a operar día y noche, por encima de los grandes bancos centrales.
En síntesis, el dinero -tal como se lo conociera- ya no es tal, sino
una creciente masa de activos virtuales.

El siglo XXI se inicia con “una paradoja exacerbada – comentaba Jeffrey
Sachs, cofundador del FEM-, donde los mercados resultan al mismo tiempo indispensables
y peligrosos”. Ocurre que la especulación a riesgo se basa en apuestas
a futuro, o sea incertidumbres.

En la perspectiva de Wolf, Raghuram y Zingalese, “sólo sistemas
financieros y bursátiles avanzados, con fuertes reguladores públicos,
promueven empresas capaces de fomentar crecimiento en la economía real.
Es decir, en la sociedad misma”.

En este punto, las posiciones se bifurcan. Los principales economistas sistémicos
del momento (Joseph Stiglitz, Sachs, Paul Krugman, etc.) sostienen -como el
foro de Mumbái- que las fallas de los mercados especulativos son sistémicas,
o sea congénitas.

A su vez, Wolf, Raghuram y otros adhieren a la nueva doctrina generada en el
entorno de George W. Bush: sólo EE.UU. es capaz de competir, a expensas
de la Eurozona y Japón. Casos como el avance de Toyota sobre Ford, Airbus
sobre Boeing o Daimler sobre Chrysler no se toman en cuenta.

Lo curioso es que el econometrista indio, un colega italiano (Luyigi Zingalese)
y el columnista inglés Martin Wolf partiesen de una misma premisa. A saber,
que “un mercado auténtico requiere sistemas financieros apropiados,
que fomenten la aparición de empresas en sectores productivos”.

Sin duda, la ola de escándalos y fraudes privados en Estados Unidos
y la Eurozona demuestra que -desde la burbuja cifrada en una mítica nueva
economía- “el llamado libre mercado es una amenaza”. Con variantes,
este veredicto se oyó en el Foro Económico Mundial (Davos) y el
Foro Social Global (Mumbái, o sea Bombay). Pero ambos sacaron conclusiones
muy diferentes…

No obstante, como apuntaba Wolf, “Davos reunía a los triunfadores
del capitalismo y Mumbái a los perdedores. Así, este año
no hubo un solo gobernante latinoamericano de relieve y la región casi
no aparecía en los trabajos del FEM”. En esencia, los dos encuentros
coincidieron en un punto: “bajo ciertas condiciones, los mercados puros
o libres son un riesgo para el capitalismo”.

Por cierto, la idea había aparecido en un texto publicado hace dos meses,
“Saving capitalism from capitalists”, de Raghuram y Zingalese (escuela
de Negocios, universidad de Chicago). A su criterio, “todos debieran beneficiarse
con mercados competitivos. Pero nadie saca enormes utilidades a través
de la competencia y la igualdad de oportunidades comerciales o financieras”.

¿Por qué? Porque, como reflexionaban Adam Smith o David Ricardo,
la corona -o sea, el estado- debe obrar como “una mano invisible”.
Para funcionar (sostiene el libro), los mercados precisan normas exógenas
que sólo el estado puede imponer. Pero los gobiernos suelen estar expuestos
a presiones y cabildeos. Por ende, un mercado verdaderamente libre actúa
en una franja inestable: no está bastante regulado o lo está en
demasía”.

No es el único problema. Desde la aparición en una plaza de futuros
y opciones (Citibank, Tokio, 1973) de contratos originados en instrumentos derivativos
(concebidos en 1968 por tres matemáticos financieros), descontrol y volatilidad
fueron apoderándose de los mercados. Simultáneamente, éstos
empezaron a operar día y noche, por encima de los grandes bancos centrales.
En síntesis, el dinero -tal como se lo conociera- ya no es tal, sino
una creciente masa de activos virtuales.

El siglo XXI se inicia con “una paradoja exacerbada – comentaba Jeffrey
Sachs, cofundador del FEM-, donde los mercados resultan al mismo tiempo indispensables
y peligrosos”. Ocurre que la especulación a riesgo se basa en apuestas
a futuro, o sea incertidumbres.

En la perspectiva de Wolf, Raghuram y Zingalese, “sólo sistemas
financieros y bursátiles avanzados, con fuertes reguladores públicos,
promueven empresas capaces de fomentar crecimiento en la economía real.
Es decir, en la sociedad misma”.

En este punto, las posiciones se bifurcan. Los principales economistas sistémicos
del momento (Joseph Stiglitz, Sachs, Paul Krugman, etc.) sostienen -como el
foro de Mumbái- que las fallas de los mercados especulativos son sistémicas,
o sea congénitas.

A su vez, Wolf, Raghuram y otros adhieren a la nueva doctrina generada en el
entorno de George W. Bush: sólo EE.UU. es capaz de competir, a expensas
de la Eurozona y Japón. Casos como el avance de Toyota sobre Ford, Airbus
sobre Boeing o Daimler sobre Chrysler no se toman en cuenta.

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