Con Dohá o sin ella, algunos dudan del libre comercio

Por un lado, en Bruselas hablan de “fijar objetivos menos ambiciosos para resucitar la ronda de Dohá”. Por el otro, ciertos economistas y analistas sospechan que el libre comercio no tiene tantas bondades como las supuestas.

Esta misma semana, Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil e India se reúnen, a meses de que se derrumbara la ronda Dohá en julio último. Para no abandonar el turismo habitual, el encuentro es en Nueva Delhi y, se espera, definirá un temario para cuando se junten los 150 miembros que contabiliza la Organización Mundial de Comercio (muchos de ellos apenas puntos en el mapa).

Pero en Ginebra (sede de la OMC), Bruselas (UE) y otras capìtales cunde el pesimismo. La difunta ronda surgió en 2001 y sus metas eran contradictorias: las economías centrales debieran comprarles más alimentos e insumos primarios al resto y éste más bienes de alto valor agregado y servicios a los líderes.

Ni siquiera esto fue posible: la UE, EE.UU. y Japón siguen aferrados a sus enormes subsidios agrícolas, en defensa de productores poco eficientes, pero con influencia política en sus países. La elección de secretario general en la OMC ilustra el punto, pues recayó en el francés Pascal Lamy, antiguo campeón de los subsidios europeos. Estos fue simétrico a la imposiciòn de Paul Wolfowitz, un enemigo de la asistencia social, como presidente del Banco Mundial. Ahora, otro allegado a Washington, el surcoreano Ban Ki-mun, encabeza Naciones Unidas.

Casi por casualidad –o no-, varios medios de economías centrales vuelven a fijarse en Alan Blinder, adalid de Princeton, y algunos colegas suyos. Este grupo tiene sus propìas inconsistencias. Por una parte, se proclama libremercadista a ultranza, leyendo mal a Adam Smith. Por la otra, señala que ese mismo libre comercio perjudica al sector laboral de países desarrollados y en desarrollo, como sostenía en los años 70/80 el hindú Raví Batra.

Sólo que, ahora, Blinder y sus correligionarios descubren que los inconvenientes del libre comercio desbordan sus ventajas. Ni el difunto Kenneth Gailbraith llegaba a tanto. Pero, claro, esta gente no piensa en la periferia ni las economías primarias, sino en el núcleo y teme que una nueva revolución tecnológica –especialmente en comunicaciones- “fomente servicios prestables desde cualquier parte del globo y elimine por lo menos 40 millones de empleos, el doble de los industriales, sólo en EE.UU.” (Blinder dixit).

En otras palabras, parece una nueva ofensiva contra la tercerización, en particular de servicios informáticos (o sea intangibles, no una industria propiamente dicha). No por casualidad, coincide con el triunfo de los demócratas en el congreso y su previsible acceso a la presidencia en 2009. Como se sabe, son más proteccionistas que los republicanos, cuya ausencia de pensamiento económico sistémico los torna dependientes de Wall Street y el sector financiero.

Blinder y su grupo se preguntan entonces si el gobierno norteamericano “debería promover las tendencias globalizadoras o sofrenarlas”. Sin detenerse en otra contradicción (los subsidios agrícolas), recuerdan que “el desempeño económico de Latinoamérica es decepcionante desde que, hace veinte años, la región empezó a bajar aranceles”.

Simultáneamente, “Asia oriental y meridional prosperaban sin adoptar recetas de libre mercado”, salvo en materia bursátil y, hasta cierto punto, financiera. En este punto del debate, resulta sugestivo que analistas y economistas de origen hindú -por ejemplo Jagdish Bhagwati, Columbia-rechacen de plano esas heterodoxias y sean fanáticos conversos al libre comercio.

Esta misma semana, Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil e India se reúnen, a meses de que se derrumbara la ronda Dohá en julio último. Para no abandonar el turismo habitual, el encuentro es en Nueva Delhi y, se espera, definirá un temario para cuando se junten los 150 miembros que contabiliza la Organización Mundial de Comercio (muchos de ellos apenas puntos en el mapa).

Pero en Ginebra (sede de la OMC), Bruselas (UE) y otras capìtales cunde el pesimismo. La difunta ronda surgió en 2001 y sus metas eran contradictorias: las economías centrales debieran comprarles más alimentos e insumos primarios al resto y éste más bienes de alto valor agregado y servicios a los líderes.

Ni siquiera esto fue posible: la UE, EE.UU. y Japón siguen aferrados a sus enormes subsidios agrícolas, en defensa de productores poco eficientes, pero con influencia política en sus países. La elección de secretario general en la OMC ilustra el punto, pues recayó en el francés Pascal Lamy, antiguo campeón de los subsidios europeos. Estos fue simétrico a la imposiciòn de Paul Wolfowitz, un enemigo de la asistencia social, como presidente del Banco Mundial. Ahora, otro allegado a Washington, el surcoreano Ban Ki-mun, encabeza Naciones Unidas.

Casi por casualidad –o no-, varios medios de economías centrales vuelven a fijarse en Alan Blinder, adalid de Princeton, y algunos colegas suyos. Este grupo tiene sus propìas inconsistencias. Por una parte, se proclama libremercadista a ultranza, leyendo mal a Adam Smith. Por la otra, señala que ese mismo libre comercio perjudica al sector laboral de países desarrollados y en desarrollo, como sostenía en los años 70/80 el hindú Raví Batra.

Sólo que, ahora, Blinder y sus correligionarios descubren que los inconvenientes del libre comercio desbordan sus ventajas. Ni el difunto Kenneth Gailbraith llegaba a tanto. Pero, claro, esta gente no piensa en la periferia ni las economías primarias, sino en el núcleo y teme que una nueva revolución tecnológica –especialmente en comunicaciones- “fomente servicios prestables desde cualquier parte del globo y elimine por lo menos 40 millones de empleos, el doble de los industriales, sólo en EE.UU.” (Blinder dixit).

En otras palabras, parece una nueva ofensiva contra la tercerización, en particular de servicios informáticos (o sea intangibles, no una industria propiamente dicha). No por casualidad, coincide con el triunfo de los demócratas en el congreso y su previsible acceso a la presidencia en 2009. Como se sabe, son más proteccionistas que los republicanos, cuya ausencia de pensamiento económico sistémico los torna dependientes de Wall Street y el sector financiero.

Blinder y su grupo se preguntan entonces si el gobierno norteamericano “debería promover las tendencias globalizadoras o sofrenarlas”. Sin detenerse en otra contradicción (los subsidios agrícolas), recuerdan que “el desempeño económico de Latinoamérica es decepcionante desde que, hace veinte años, la región empezó a bajar aranceles”.

Simultáneamente, “Asia oriental y meridional prosperaban sin adoptar recetas de libre mercado”, salvo en materia bursátil y, hasta cierto punto, financiera. En este punto del debate, resulta sugestivo que analistas y economistas de origen hindú -por ejemplo Jagdish Bhagwati, Columbia-rechacen de plano esas heterodoxias y sean fanáticos conversos al libre comercio.

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