China y sus nuevas trabas aduaneras irritan en Estados Unidos

Pocas industrias norteamericanas venden en el Reino del Medio mejor que la de artículos como marcapasos, monitores de pacientes o aparatos radiográficos. Por eso preocupa tanto un decreto indirectamante restrictivo.

17 noviembre, 2007

Emitido en junio, sus efectos comienzan a sentirse ahora. La directiva exige nuevas, complejas inspecciones a todo dispositivo médico importado, pero no a los locales. Por supuesto, Washington y los cabilderos privados salieron a protestar.

A criterio de algunos funcionarios comereciales, la medida trasunta un nuevo patrón, tendiente a privilegiar industrias propias sobre las extranjeras. Esto frustra todavía más los esfuerzos del secretario de hacienda, Henry Paulson (que no ha tenido éxito en casi nada desde que asumió).

Ignorando el escandaloso proteccionismo agrícola de su país, Myron Brilliant denuncia “un creciente nacionalismo económico, proclive a discriminar contra el extranjero en sectores claves de la economía”. Este ejecutivo trabaja para la cámara de Comercio estadounidense, un influyente “lobby”, a cuyo juicio medidas como ésta “socavan la transición china a una economía de mercado”. Pero Beijing jamás se propuso semejante cosa.

Obviamente, pocos esperan ahora resultados tangibles del próximo viaje a China de Paulson y una comitiva de altos funcionarios a principios de diciembre. Será otro capítulo del pomposo “diálogo estratégico”, iniciado en septiembre de 2006. Pero, en vez de desactivar viejas disputas, Paulson se encontrará con nuevas.

Las inquietudes norteamericanas, igual que el proteccionismo agrícola, tienen replica en la Unión Europea. “Cada vez mas industriales chinos cabildean presionando al gobierno para obtener preferencias” señalaba el inglés Peter Mandelson, comisario de comercio, olvidando que esos “empresarios” son socios del propio estado.

Emitido en junio, sus efectos comienzan a sentirse ahora. La directiva exige nuevas, complejas inspecciones a todo dispositivo médico importado, pero no a los locales. Por supuesto, Washington y los cabilderos privados salieron a protestar.

A criterio de algunos funcionarios comereciales, la medida trasunta un nuevo patrón, tendiente a privilegiar industrias propias sobre las extranjeras. Esto frustra todavía más los esfuerzos del secretario de hacienda, Henry Paulson (que no ha tenido éxito en casi nada desde que asumió).

Ignorando el escandaloso proteccionismo agrícola de su país, Myron Brilliant denuncia “un creciente nacionalismo económico, proclive a discriminar contra el extranjero en sectores claves de la economía”. Este ejecutivo trabaja para la cámara de Comercio estadounidense, un influyente “lobby”, a cuyo juicio medidas como ésta “socavan la transición china a una economía de mercado”. Pero Beijing jamás se propuso semejante cosa.

Obviamente, pocos esperan ahora resultados tangibles del próximo viaje a China de Paulson y una comitiva de altos funcionarios a principios de diciembre. Será otro capítulo del pomposo “diálogo estratégico”, iniciado en septiembre de 2006. Pero, en vez de desactivar viejas disputas, Paulson se encontrará con nuevas.

Las inquietudes norteamericanas, igual que el proteccionismo agrícola, tienen replica en la Unión Europea. “Cada vez mas industriales chinos cabildean presionando al gobierno para obtener preferencias” señalaba el inglés Peter Mandelson, comisario de comercio, olvidando que esos “empresarios” son socios del propio estado.

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