Tensiones acumuladas pueden llevar a corrección cambiaria

Luego de cinco meses de tasas de inflación mensuales descendentes, el índice de precios del mes de septiembre avanzó por encima del 3,5%, revirtiendo la tendencia y encendiendo alertas sobre los meses que restan para culminar el año.

1 noviembre, 2021

El problema de la inflación en la Argentina no es nuevo, advierte el habitual informe económico de PwC. Si hacemos un repaso de la historia, encontramos que entre 1944 y 2020 el país presentó una inflación promedio anual de dos dígitos en 65 de estos 77 años. Y sumarán 66 cuando haya terminado el corriente año. En el último tiempo ha cobrado relevancia, habiendo superado el 30% en los últimos cuatro años.

Si bien el fenómeno inflacionario es un proceso complejo y multicausal, la teoría económica señala que el componente monetario tiene una influencia decisiva en el proceso de alza sostenida y generalizada de precios, es decir, en la inflación. Como con cualquier bien, cuando la oferta crece por encima de la demanda el precio baja. En el caso particular del dinero, siendo una de sus funciones ser unidad de cuenta, los precios de los bienes se referencian en él. Por lo tanto, una disminución “del precio” del dinero es un aumento generalizado del precio de los restantes bienes o, lo que es lo mismo, inflación.

Durante el 2020, la creación de dinero por parte del BCRA creció fuertemente en términos reales. Esto incluye tanto los pasivos no remunerados -base monetaria- como remunerados -Leliqs y pases-, utilizados para esterilizar la creación de dinero pero que, dada la dinámica, implican emisión futura diferida.

Parte de este crecimiento se explica por la necesidad que tuvo el Tesoro de ser financiado por la autoridad monetaria, en el contexto de las restricciones de acceso al mercado de deuda y necesidades de erogaciones adicionales destinadas a atender los gastos ocasionados por la pandemia. Por su parte, durante el 2021 hubo más meses de crecimiento real positivo que de contracción monetaria.

Todo ello con efectos sobre los precios. Ahora bien, aun cuando -como lo explicáramos anteriormente -la inflación tiene un origen de naturaleza monetaria, en el corto plazo se dan variaciones de precios relativos (algunos precios aumentan relativamente más que otros en un momento puntual) cuyo análisis contribuye a comprender mejor el fenómeno.

En el caso particular de la aceleración de la inflación en el mes de septiembre, es posible identificar múltiples factores. El noveno mes del año suele contener aumentos estacionales que impulsan el índice general. En particular en septiembre de 2021 este rubro alcanzó el 6,4%, casi el doble que el índice general.

En cuanto a la desagregación del rubro por capítulo, se destaca el de prendas de vestir y calzado (+6%), que en septiembre aumenta los precios ante el cambio de temporada. El otro rubro con influencia en el mes bajo análisis fue el de los precios regulados. Si bien las tarifas de los servicios públicos se encuentran congeladas, hay otros precios regulados -como los de la medicina prepaga, las comunicaciones (internet, telefonía fija y celulares) y los colegios privados- que fueron autorizados a aumentar por parte del gobierno.

Por último, el otro capítulo que ha tenido incidencia ha sido el de restaurantes y hoteles, ya que se encuentra corrigiendo precios que no habían ajustado en igual medida durante 2020 debido a las restricciones impuestas por la pandemia.

Ahora, a medida que se van produciendo aperturas, comienzan a corregir y recuperar terreno. Tales fueron los casos de diciembre de 2020 y enero, febrero y julio del corriente año. En todos estos meses las variaciones intermensuales fueron mayores al 4,5%, mientras que en septiembre -mes en que se dieron casi por terminadas las restricciones por el Covid-19- aumentó un 4,1%, por encima del nivel general.

Otro aspecto relevante en la formación de precios es el de las expectativas. En este sentido, un suceso de relevancia que probablemente haya influido en la evolución de los precios del mes fue el resultado electoral de las PASO del 12 de septiembre. La derrota inesperada por parte del oficialismo trajo consigo incertidumbre política que derivó en el cambio de varios miembros del gabinete nacional y de la provincia de Buenos Aires.

Todo ello en un marco de conjeturas sobre aumento del gasto público que, dadas las restricciones imperantes, sólo podría ser financiado con mayor emisión, arrastrando así las expectativas de una mayor inflación futura y derivando en un aumento de precios en la segunda quincena del mes mayor que el de la primera.

En este contexto, es importante mencionar el comportamiento del capítulo alimentos y bebidas no alcohólicas. Éste, si bien creció durante septiembre al 3% -por debajo del nivel general-, revirtió la tendencia que venía mostrando desde marzo. El fuerte impacto que tiene en la población este conjunto de bienes -teniendo en cuenta que la economía argentina tuvo en el primer semestre del año más del 40% de personas bajo la línea de pobreza- llevó a la Secretaría de Comercio Interior de la Nación a resolver congelar los precios de unos mil cuatrocientos productos.

Más allá de los efectos colaterales negativos de este tipo de medidas -como desabastecimientos y generación de mercados informales es posible que en el cortísimo plazo tenga algún efecto sobre los precios. No obstante, hay que señalar que, en adición a los efectos ya mencionados, se seguirán acumulando tensiones que tarde o temprano impactarán en los precios, probablemente de manera poco controlada.

Por otra parte, si bien el problema inflacionario de Argentina es de larga data, en el mundo es un fenómeno que se encuentra controlado. No obstante, las presiones inflacionarias -aun cuando en niveles sideralmente más bajos- han comenzado a resurgir en diferentes economías; y no serán inocuas para nuestro país.

Las políticas fiscales expansivas llevadas adelante por la mayoría de las economías desarrolladas del mundo, para reactivar la actividad económica fuertemente deprimida por los efectos de los cierres ocasionados por la pandemia, implicaron un sostenimiento de la demanda que se enfrentó con una oferta con estrangulamientos en la cadena de abastecimiento -por efecto de los cierres antes mencionados- y terminaron impactando en los precios.

El caso más evidente es el de las materias primas energéticas, principalmente gas natural, y petróleo. La conjunción de un salto en la demanda producto de la reactivación de la economía, a la par de una oferta que no ha podido reaccionar en consecuencia (una de las razones es la desinversión que se ha producido en los últimos años con el fin de mutar hacia una matriz energética más sustentable) y en un contexto donde se espera un invierno más crudo en el hemisferio norte, generó saltos discretos y de magnitud en los precios.

Siendo estos commodities insumos productivos, es probable que generen inflación de costos a nivel mundial. El resultado final aún es indeterminado. Por caso, en China la escasez energética ha impactado en diversas cadenas de producción, con consecuencias en el nivel de actividad. Esto a su vez podría redundar en menor demanda mundial, menor nivel de actividad y, por lo tanto, presiones contrarias sobre los precios.

Resulta temprano para una respuesta concluyente. El impacto para Argentina también es incierto, sea porque los precios energéticos generen inflación de costos o por el canal positivo, si dichos precios incentivan la inversión y consecuente aumento en la producción de Vaca Muerta. Lo que es un desafío podría volverse una oportunidad.

Por otro lado, si las presiones inflacionarias se sostuvieran, habría un impacto en la economía argentina dado por la cadena de transmisión financiera. Si el alza en los precios fuera de carácter más permanente -en lugar de transitorios como parecen interpretar hasta el momento las autoridades monetarias de las principales economías del mundo- podría dar lugar a políticas monetarias más contractivas, alzas en las tasas de interés y probablemente apreciación del dólar.

Mayores tasas elevarían los costos de endeudamiento para nuestro país, no solo para el Estado Nacional (que lo tiene bastante limitado) sino para todos los actores económicos, en especial el sector privado. A ello se sumaría la apreciación del dólar, consecuencia del vuelo a la calidad que genera alza de interés en economías avanzadas, generando un amesetamiento o reducción en los precios de los granos, principales bienes exportables de nuestro país.

Así, Argentina se encarrila a una nueva elección de medio término con un problema inflacionario de larga data, sin miras de ser resuelto y que se ha agravado en el último tiempo. Sumado a ello, el mundo tampoco parece estar ayudando, en caso de que las alzas de los precios sean de carácter de mediano plazo y no solo una reacción temporal por desequilibrios entre la oferta y demanda, o por problemas puntuales de estrangulamientos en la cadena de abastecimiento.

El país se enfrenta a un viejo pero complicado desafío que parece estar marcando la agenda de cortísimo plazo pero que las autoridades deberán encarar activa o reactivamente luego de las elecciones de noviembre.

 

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