Empresarios y la otra cara del capitalismo

 El primer gran problema para todos los países y sus Gobiernos, cuando se supere la pandemia, será enfrentar el desempleo masivo –en especial entre la gente joven que pretende ingresar al mercado de trabajo, los “cuentapropistas” y los despedidos de empleos formales–.

Claro que la economía estará en estado calamitoso, pero el desempleo a gran escala forma parte de ese escenario y tiene repercusión inmediata. Las economías más prósperas otorgaron ayuda financiera a las grandes empresas para reducir el daño, pero será difícil que puedan mantenerla.

En las economías emergentes –incluyendo la nuestra– la ayuda existe, pero ayuda a acumular una enorme deuda que se suma a la ya existente y que tornará muy difícil la recuperación.

Es oportuno recordar que las crisis crean o destruyen reputaciones. Uno de los resultados más duraderos de la de 2008 fue que dejó a los bancos del mundo en el papel de villanos por su responsabilidad en el colapso del sistema bancario.

La pandemia de hoy tiene una magnitud diferente y las grandes empresas no son responsables. Pero lo que importa es la respuesta del capitalismo a esta crisis. Antes de que el coronavirus engrillara a las economías, los empresarios habían prometido adherir a un nuevo tipo de capitalismo, más preocupado por el bienestar de la gente y más atento al cuidado del planeta.

La Business Roundtable, un cuerpo que representa a los responsables de algunas de las empresas más grandes de Estados Unidos, dijo que abandonaría el credo que pone primero a los accionistas y que guió al capitalismo de las últimas cinco décadas.

La promesa es que ahora las compañías tendrán en cuenta a otros grupos de stakeholders. Ninguna podría haber anticipado la devastadora emergencia de salud y financiera que azota hoy al mundo. Entonces se impone la pregunta: ¿Harán lo que prometieron?

Una colosal deuda pública y privada

Los Gobiernos del mundo están desembolsando más de US$ 5 billones (millones de millones) para que sus países no sean arrastrados hacia un colosal agujero negro económico. Pero ¿quiénes reciben ese dinero? ¿Y cómo se devolverá esa deuda?

La necesidad de ayuda estatal es altísima. En Estados Unidos, Donald Trump firmó, en su momento, un proyecto para canalizar otros US$ 310.000 millones al fondo para pequeñas empresas, El primer desembolso, de US$ 350.000 millones, voló en 14 días.

En Gran Bretaña, 185.000 empresas pidieron ayuda para un plan de retención de empleos. El Gobierno suizo tuvo que duplicar el monto de su programa de créditos a las empresas.

En una crisis como esta, muchos dicen que lo más importante es desembolsar dinero rápido. Aun así, hace falta transparencia: dar a conocer los nombres de los beneficiados. Eso podría impedir las irregularidades en programas creados a la carrera.

Los efectos colaterales de estos programas suelen durar más que los préstamos. Hace 10 años, los US$ 700.000 millones del programa Troubled Asset Relief provocó una revuelta política: se interpretó como un rescate a bancos que habían preferido proteger a sus dirigentes y no al resto de los trabajadores.

Esta vez, la Reserva Federal, que durante la crisis financiera se resistió a revelar los nombres de los que recibían la ayuda, anuncia que dará a conocer a quién van los préstamos de emergencia.

La deuda pública del mundo rico podría ascender a US$ 66 billones (millones de millones), o 122% del PBI a lo largo de todo 2020.

Los Gobiernos que deseen reducir esa deuda tendrán tres opciones para elegir: 1) Repagar los préstamos mediante impuestos. 2) Optar por no pagar y acordar una quita con los acreedores. 3) Esperar y renegociar los vencimientos de la deuda esperando que con el tiempo se reduzcan con relación a la economía.

A la cancelación de deuda con recaudación futura de impuestos la limita el factor político. Esa estrategia requiere combinar suba de impuestos –que molesta a mucha gente– con recorte del gasto en otras cosas, que también molesta a mucha gente.

La segunda opción –incumplimiento o reestructuración de la deuda–, puede ser la que se vean obligadas a elegir las economías emergentes que no tienen otra salida. Pero les causa también mucho sufrimiento. Una economía moderna integrada a los mercados financieros globales tiene un problema enorme si los mercados de capitales la excluyen por considerarla de alto riesgo.

La tercera opción, renegociar y postergar repagos, implica salir de la deuda con crecimiento. El secreto de esto es lograr que el nivel combinado de crecimiento económico real e inflación se mantenga por encima de la tasa de interés que el gobierno paga por su deuda. Eso permite que con el tiempo la relación PBI/deuda se contraiga.

 

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