La avatarización de la economía

En nuestra economía, muchos de los trabajos que más se resisten a la automatización son los de menor valor económico.  El trabajo de un agrimensor es complicado: trabaja en terrenos impredecibles, realiza infinidad de tareas diferentes y usa herramientas especializadas. Este trabajo se paga más o menos US$ 8 la hora. 

¿Recuerdan que en la película Avatar, James Cameron pone a su protagonista en una silla de ruedas desde donde salva la vida en un planeta distante a través de una conexión inalámbrica con un cuerpo remoto?  Interactúa con otros, aprende nuevas habilidades y hasta se casa, mientras su verdadero cuerpo yace sobre una losa a kil´`ometros de distancia.
Varios elementos de este escenario ya no son ciencia ficción.  Las empresas producen y venden robots que permiten a los usuarios navegar a través de un entorno de trabajo remoto, intercatuando con otros por medio de una pantalla de computadora. Hasta ahora esos sistemas tienen una funcionalidad limitada y se han usado fundamentalmente para problemas de mucho valor que requieren expertos costosísimos. Por ejemplo, el RP-7, de InTouch Health, fue diseñado para permitir a médicos especialistas diagnosticar  en forma remota a pacientes con infartos cerebrales, ya que los hospitales pequeños no pueden financiar a un neurólogo en el plantel. 
La próxima ola, vaticina Matt Beane, actualmente alumno del doctorado de Information Technology en la Sloane School of Management del MIT, promete más capacidad por dólar. El robot Vgo no tiene la funcionalidad del RP-7 pero cuesta sólo US$ 6.000, doce veces menos. 

El progreso hacia la “avatarización” de la economía estuvo limitado por dos factores técnicos que nada tienen que ver con la robótica. Uno es la velocidad de las conexiones de Internet y el otro la latencia (o sea, el tiempo que transcurre entre el estímulo y la respuesta que produce) en las comunicaciones de larga distancia. 
 Conectar un trabajador en Tailandia a un avatar robótico en Japón con suficiente fidelidad de señal para realizar un trabajo no rutinario puede ser más difícil que construir un chasis robótico barato y sus sistemas de control relacionados.
¿Qué ancho de banda hace falta? Una conexión “perfecta” para un sistema robótico de telepresencia  debe acomodar una señal de 160 megas por segundo.  Teóricamente, también la distancia entre el robot y el trabajador no debería ser superior a los 2.900 kilómetros. Cualquier distancia superior a esa haría que el operador se confunda por la demora de la señal en hacer el viaje de ida y vuelta. Pensando en forma realista,  los trabajadores avatares pueden ser buenos porteros o médicos aun si están más lejos y la fidelidad de los sensores es más débil. El VGo corre sobre una red Verizon de 4 gigas y la unidad militar de Estados Unidos en Italia está a 4.345 kilómetros de Afganistán. 
Los usuarios en las principales ciudades de Estados Unidos y Europa llegarán a un umbral de 160 megabites por segundo entre 2014 y 2015. Los trabajadores avatar no les van muy en zaga. México, China, Polonia y Tailandia, sumaron 26,4 millones de usuarios de banda ancha en los últimos 12 meses.  Esos países tienen costos laborales relativamente bajos y están cerca de muchos países desarrollados. Más de la mitad de los estados de EE. UU. están dentro de los 2.900 km de la frontera con México. Si se consideran también los trabajadores de República Dominicana, sólo Alaska y la punta norte de Maine estarán fuera de alcance.
Telepresencia significa que en teoría 10, 100, o 1.000 veces  más trabajadores podrían competir (virtualmente) por el mismo trabajo. 
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