Grupo Antorcha, una receta uruguaya para el éxito

En Montevideo, los bajos ingresos reales y una reforma tributaria regresiva vacían las calles de vehículos. Pero ello no obsta para que el “Torch group” –antes “Uruguay works”- dicte cursos prohibidos en otros países.

Según explica el “Observador”, un diario no justamente izquierdista, se trata de “afianzar la personalidad y el desarrollo individual”. Los cursos se organizan en la capital y otros puntos, aunque hayan sido vedados en el exterior”. En general, a raíz de “denuncias que cuestionaban sus métodos de violencia psicológica”.

Estas actividades se conducen en el mayor hermetismo. Operan con mecanismos similares a ciertos grupos religiosos (los pentecostales, por ejemplo). Pero también aplican técnicas –verbigracia, hipnosis- “que pueden provocar daños psíquicos”.

Hasta 2002 “el grupo se llamaba Uruguay works, pero su filial en Argentina se vio envuelta en un escándalo, tras ser expuesta en Telenoche”, recuerda el columnista Rodrigo Caballero. “La entidad, también imputada por evasión impositiva, fue allanada y clausurada. Luego de eso, pasó a llamarse grupo Uruguay y hoy se denomina Torch”. O sea, antorcha.

Un episodio relatado por el periodista es emblemático. En 2002, un amigo lo invitó a “un seminario de una conocida automotriz japonesa para potenciar el trabajo de sus ejecutivos. En realidad, se trataba del entonces grupo Uruguay”. En una sala, alrededor de cien personas “aguardan en silencio. De golpe, los parlantes emiten ‘Así hablaba Zaratustra’, de Richard Strauss”. Probablemente, el comienzo hasta un largo pedal de órgano, popularizado por “2001”.

“Los ‘capitanes’ que circulan por la sala piden aplaudir y todos lo hacen a rabiar. Ingresa un hombre menudo, sonriente, que lleva un micrófono en la derecha. Se llama Esteban Garbino, habla con arrogancia y pregunta si eso molesta”. El rito se repite cinco días, entre seis y doce de la mañana. “Uno de los ejercicios consiste en formar parejas. Una de las partes expresa qué quiere de la vida, mientras la otra repite a gritos ‘¿qué querés?’. La presión aumenta pues, a cada exhortación, el otro debe revelar deseos más profundos”. Esto se define como “juego de los tres miedos”

Por ejemplo, explica Caballero, “miedo al fracaso, miedo al ridículo, miedo a la autoridad. Uno expresa cada deseo, en tanto el otro le grita que jamás lo logrará. Abandonar en cualquier punto del curso no es fácil. Si alguno no vuelve, lo asedìan llamados telefónicos de sus compañeros, reclamándole que regrese. Veinte, veinticinco veces al día”.

Como en el adiestramiento compulsivo, “uno de los resultados buscados por el grupo es ganar, siempre ganar”. En etapas posteriores, “surgen reuniones imprevistas. De pronto, uno recibe un llamado, debe dejar lo que esté haciendo y correr al lugar de la cita”. Tomando un viejo rasgo de la venta compulsiva –similar al sistema Tupperware-, “cada participante debe lograr que seis personas se inscriban en el curso”.

Todo culmina en dos jornadas, en alguna propiedad rural -llegar exige haber enrolado esas seis personas-, donde se cumple con un accidentado ritual iniciático llamado “grial”. Se ignora si ahí pasan el “Parsifal” de Richard Wagner. Como nada es gratis en la vida, el primer curso cuesta alrededor de US$ 320 y los tres niveles completos salen unos 580.

Según explica el “Observador”, un diario no justamente izquierdista, se trata de “afianzar la personalidad y el desarrollo individual”. Los cursos se organizan en la capital y otros puntos, aunque hayan sido vedados en el exterior”. En general, a raíz de “denuncias que cuestionaban sus métodos de violencia psicológica”.

Estas actividades se conducen en el mayor hermetismo. Operan con mecanismos similares a ciertos grupos religiosos (los pentecostales, por ejemplo). Pero también aplican técnicas –verbigracia, hipnosis- “que pueden provocar daños psíquicos”.

Hasta 2002 “el grupo se llamaba Uruguay works, pero su filial en Argentina se vio envuelta en un escándalo, tras ser expuesta en Telenoche”, recuerda el columnista Rodrigo Caballero. “La entidad, también imputada por evasión impositiva, fue allanada y clausurada. Luego de eso, pasó a llamarse grupo Uruguay y hoy se denomina Torch”. O sea, antorcha.

Un episodio relatado por el periodista es emblemático. En 2002, un amigo lo invitó a “un seminario de una conocida automotriz japonesa para potenciar el trabajo de sus ejecutivos. En realidad, se trataba del entonces grupo Uruguay”. En una sala, alrededor de cien personas “aguardan en silencio. De golpe, los parlantes emiten ‘Así hablaba Zaratustra’, de Richard Strauss”. Probablemente, el comienzo hasta un largo pedal de órgano, popularizado por “2001”.

“Los ‘capitanes’ que circulan por la sala piden aplaudir y todos lo hacen a rabiar. Ingresa un hombre menudo, sonriente, que lleva un micrófono en la derecha. Se llama Esteban Garbino, habla con arrogancia y pregunta si eso molesta”. El rito se repite cinco días, entre seis y doce de la mañana. “Uno de los ejercicios consiste en formar parejas. Una de las partes expresa qué quiere de la vida, mientras la otra repite a gritos ‘¿qué querés?’. La presión aumenta pues, a cada exhortación, el otro debe revelar deseos más profundos”. Esto se define como “juego de los tres miedos”

Por ejemplo, explica Caballero, “miedo al fracaso, miedo al ridículo, miedo a la autoridad. Uno expresa cada deseo, en tanto el otro le grita que jamás lo logrará. Abandonar en cualquier punto del curso no es fácil. Si alguno no vuelve, lo asedìan llamados telefónicos de sus compañeros, reclamándole que regrese. Veinte, veinticinco veces al día”.

Como en el adiestramiento compulsivo, “uno de los resultados buscados por el grupo es ganar, siempre ganar”. En etapas posteriores, “surgen reuniones imprevistas. De pronto, uno recibe un llamado, debe dejar lo que esté haciendo y correr al lugar de la cita”. Tomando un viejo rasgo de la venta compulsiva –similar al sistema Tupperware-, “cada participante debe lograr que seis personas se inscriban en el curso”.

Todo culmina en dos jornadas, en alguna propiedad rural -llegar exige haber enrolado esas seis personas-, donde se cumple con un accidentado ritual iniciático llamado “grial”. Se ignora si ahí pasan el “Parsifal” de Richard Wagner. Como nada es gratis en la vida, el primer curso cuesta alrededor de US$ 320 y los tres niveles completos salen unos 580.

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