EE.UU.: Nuevas realidades que pueden trabar la reactivación

Durante casi treinta meses, Estados Unidos ha oscilado entre la recesión y débiles repuntes. Esto se traduce en pronósticos rosados que no cristalizan y, ahora, genera un optimismo que rechaza las nuevas realidades.

“Para empezar -señala el analista Louis Uchitelle en el “New
York Times”-, muchos no parecen notar hasta qué punto la economía
norteamericana se ha desviado del ciclo de negocios tradicional (llamado también
“ciclo corto”) y ya no funcionan las recetas convencionales”. Uno
de los principales factores es la fluidez de las propias empresas, en especial
“su movilidad geográfica en cuanto a producción, servicios
y mano de obra”, apunta Mark M. Zandi, de la consultora Economy.com.

En otros lapsos recesivos posteriores a la guerra de Corea (1950/3), cada ciclo
duraba menos de dos años y la fase negativa era relativamente fácil
de corregir. El patrón era simple: la oferta de productos y servicios
desbordaba la demanda, aumentaban existencias o capacidad ociosa, por consiguiente
se reducía la producción hasta ubicarla por debajo de las ventas.
Mientras tanto, la demanda se cubría con inventarios. Esta política
fomentaba menor inversión de capital, desempleo y baja de salarios.

Pero no se prolongaba mucho tiempo, pues “el Sistema de Reserva Federal
intervenía reduciendo tipos de interés, a fin de promover créditos
e inversiones. El seguro de desempleo, el gasto público -esa herramienta
keinesiana- y, a veces, las desgravaciones tributarias aumentaban la ocupación,
el ingreso de las personas, el consumo y la demanda”. Todo eso eliminaba
existencias o capacidad ociosa, recomponía precios y promovía
aumentos de producción, empleo, salarios, etc.

La misma gama de remedios está hoy en pleno uso y el público
gasta un poco más que hace pocos meses. Pero “los inventarios no
ceden, por lo cual precios, producción, empleo e inversiones no reaccionan
como debieran. Y Alan Greenspan ya no sabe qué decir”. ¿Por
qué? Porque “las empresas disponen de una opción inexistente
en el último laso de reactivación, hace doce años: derivar
producción al exterior, particularmente a lugares cuyos costos laborales
e impositivos sean inferiores”.

En el proceso, los mecanismos reactivantes dejan de funcionar como solían
hacerlo. Los inventarios parecen bajar sólo si son locales (o sea “made
in USA” pero, en el presente contexto global, los bienes producidos en
EE.UU. y afuera aportan por igual a las existencias y definen por igual la capacidad
productiva. “Ese nuevo total no se achica -tampoco lo hace el respectivo
grupo transnacional-, pero sí la parte local. Por tanto, las grandes
empresas -que ahora también gozan de ventajas tributarias otorgadas por
Washington- pueden estar mejorando, pero no la economía norteamericana”.

Por supuesto, admite Uchitelle, “las tasas mínimas, el crédito
hipotecario superbarato, el gasto militar o en seguridad y los regalos tributarios
de la administración Bush pueden fomentar un repunte temporario. Y ése
es el problema: las presiones negativas sobre la economía física
tienden a ser más duraderas que los estímulos. Especialmente porque
los déficit del gobierno federal crecen a ritmo peligroso”.

Ahora bien ¿quiénes aprovechan los estímulos o el repunte
temporario?. “En primer lugar -sostiene Zandi-, China, por las facilidades
que les ofrece a las empresas para derivar líneas de producción
o montaje y servicios, luego reexportables a EE.UU. mismo”. Esto ayuda
a explicar que el déficit comercial norteamericano haya subido 31% desde
el inicio de la recesión (marzo de 2001), o sea un volumen de US$ 114.000
millones (algo de 1% del PBI en 2003). Un tercio de la suma corresponde a importaciones
desde China. Entretanto, “ese 1% bastaría para convertir el suave
repunte actual en una reactivación sustentable en el tiempo”, estima
Steven Roach (Morgan Stanley).

“Para empezar -señala el analista Louis Uchitelle en el “New
York Times”-, muchos no parecen notar hasta qué punto la economía
norteamericana se ha desviado del ciclo de negocios tradicional (llamado también
“ciclo corto”) y ya no funcionan las recetas convencionales”. Uno
de los principales factores es la fluidez de las propias empresas, en especial
“su movilidad geográfica en cuanto a producción, servicios
y mano de obra”, apunta Mark M. Zandi, de la consultora Economy.com.

En otros lapsos recesivos posteriores a la guerra de Corea (1950/3), cada ciclo
duraba menos de dos años y la fase negativa era relativamente fácil
de corregir. El patrón era simple: la oferta de productos y servicios
desbordaba la demanda, aumentaban existencias o capacidad ociosa, por consiguiente
se reducía la producción hasta ubicarla por debajo de las ventas.
Mientras tanto, la demanda se cubría con inventarios. Esta política
fomentaba menor inversión de capital, desempleo y baja de salarios.

Pero no se prolongaba mucho tiempo, pues “el Sistema de Reserva Federal
intervenía reduciendo tipos de interés, a fin de promover créditos
e inversiones. El seguro de desempleo, el gasto público -esa herramienta
keinesiana- y, a veces, las desgravaciones tributarias aumentaban la ocupación,
el ingreso de las personas, el consumo y la demanda”. Todo eso eliminaba
existencias o capacidad ociosa, recomponía precios y promovía
aumentos de producción, empleo, salarios, etc.

La misma gama de remedios está hoy en pleno uso y el público
gasta un poco más que hace pocos meses. Pero “los inventarios no
ceden, por lo cual precios, producción, empleo e inversiones no reaccionan
como debieran. Y Alan Greenspan ya no sabe qué decir”. ¿Por
qué? Porque “las empresas disponen de una opción inexistente
en el último laso de reactivación, hace doce años: derivar
producción al exterior, particularmente a lugares cuyos costos laborales
e impositivos sean inferiores”.

En el proceso, los mecanismos reactivantes dejan de funcionar como solían
hacerlo. Los inventarios parecen bajar sólo si son locales (o sea “made
in USA” pero, en el presente contexto global, los bienes producidos en
EE.UU. y afuera aportan por igual a las existencias y definen por igual la capacidad
productiva. “Ese nuevo total no se achica -tampoco lo hace el respectivo
grupo transnacional-, pero sí la parte local. Por tanto, las grandes
empresas -que ahora también gozan de ventajas tributarias otorgadas por
Washington- pueden estar mejorando, pero no la economía norteamericana”.

Por supuesto, admite Uchitelle, “las tasas mínimas, el crédito
hipotecario superbarato, el gasto militar o en seguridad y los regalos tributarios
de la administración Bush pueden fomentar un repunte temporario. Y ése
es el problema: las presiones negativas sobre la economía física
tienden a ser más duraderas que los estímulos. Especialmente porque
los déficit del gobierno federal crecen a ritmo peligroso”.

Ahora bien ¿quiénes aprovechan los estímulos o el repunte
temporario?. “En primer lugar -sostiene Zandi-, China, por las facilidades
que les ofrece a las empresas para derivar líneas de producción
o montaje y servicios, luego reexportables a EE.UU. mismo”. Esto ayuda
a explicar que el déficit comercial norteamericano haya subido 31% desde
el inicio de la recesión (marzo de 2001), o sea un volumen de US$ 114.000
millones (algo de 1% del PBI en 2003). Un tercio de la suma corresponde a importaciones
desde China. Entretanto, “ese 1% bastaría para convertir el suave
repunte actual en una reactivación sustentable en el tiempo”, estima
Steven Roach (Morgan Stanley).

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