Computadoras y división del trabajo

Frank Levy y Richard Murnane plantean, en su libro The New Division of Labor, que las computadoras están creando el próximo mercado laboral.

Dicen allí que computarización y extraterritorialización van de la mano; que los call centers se estén mudando de Illinois a India, porque el trabajo se puede describir en guiones en la pantalla; que los trabajos de manufactura se estén mudando a China porque el trabajo es previsible y requiere poco conocimiento experto. En ambos casos, los trabajos dependen de reglas lógicas (si x, entonces y) del tipo que las computadoras manejan tan bien.

A veces tiene sentido automatizar completamente esas tareas usando, digamos, robots industriales para reemplazar a obreros de fábrica, o sistemas de respuesta automatizada de voz para reemplazar a operadores de call centers. Otras veces lo que conviene es mudar el trabajo a economías baratas.

En cualquier caso, esos empleos constituyen una fracción cada vez más pequeña de los que están disponibles en las economías desarrolladas. Por eso, el libro plantea que la extraterritorialización (offshoring) es apenas el último capítulo en una historia que comenzó en los años ’60 con el arribo de las computadoras al lugar de trabajo.

En aquel entonces, el gran temor era que la automatización provocaría desempleo masivo. Tuvieron que intervenir hábiles economistas para explicar que las eficiencias ganadas con la computarización promoverían crecimiento económico y que, a la vez, crearían nuevos empleos.

Y así fue. En el pico del ciclo comercial en 1969 el desempleo estadounidense era de 3,5%. En el pico de 1999, era de 4%. Mientras tanto, el número de personas empleadas en la economía estadounidense creció de 83 millones a 135 millones.

Sin embargo, aunque la tasa de desempleo varió muy poco, hubo profundos cambios estructurales en los tipos de trabajo que se requerían. Los trabajos técnicos y administrativos cayeron víctimas de la automatización y, más tarde, de la extraterritorialización. En simultáneo, se creaban nuevos empleos bien en la cima de la pirámide de ingresos (médicos, abogados, programadores de computación) o cerca de la base (servicios, minorismo).

Levy y Murnane, ambos economistas especializados en temas del trabajo, hablan de un inexorable “ahuecamiento” de los mercados laborales: más porteros y más gerentes. “El resultado es una imagen en la que el número de tareas menores está creciendo pero el cambio general de ocupaciones es hacia los empleos de mayor jerarquía”, dicen. Creen que la tendencia continuará y predicen una mayor caída en la demanda de lo que describen como mano de obra “moderadamente calificada”.

Las implicancias de esto son preocupantes. Primero, seguirá ensanchándose la brecha del ingreso entre los profesionales –muy bien pagos- y los trabajadores pobres. Segundo, muchos de los empleos perdidos en la recesión de los últimos años –administrativos y fabriles desaparecidos por la automatización– no van a volver.
Aunque las computadoras no tienen toda la culpa –también entran a jugar la globalización y el desarrollo económico–, sí son un factor importante, dicen los autores.

El problema es que si bien las computadoras son buenas para las reglas lógicas, son absolutamente bobas en otros sentidos. Carecen de modelos mentales y experiencias que ayuden a los humanos a navegar en medio de un mundo impredecible. Todo lo que caiga fuera de las reglas que traen con su programación las deja girando en el vacío. Tampoco, todavía, manejan fácilmente las comunicaciones complejas o la capacidad para el pensamiento “metacognitivo”; o sea, reflexionar sobre el pensamiento para, si hace falta, modificar el curso.
Esta mezcla de increíbles fortalezas y notables debilidades explica por qué en algunas ocupaciones sustituyen el trabajo humano, pero en otras sólo lo complementan. Los robots se usan para fabricar autos pero no pueden igualar las habilidades de diagnóstico de un mecánico experto. Las computadoras son útiles para enseñar pero son malas profesoras.

Ante este desafío, los autores concluyen que tal vez no habría que dedicar tantas horas para enseñarles a los niños a manejar una computadora y sí emplear muchas más para enseñarles a desarrollar una línea de razonamiento, a manejar complejidad, a dudar de una solución, a colaborar y comunicarse con otros públicos. Todas esas habilidades que, por ahora, diferencian a los seres humanos de las máquinas.

Dicen allí que computarización y extraterritorialización van de la mano; que los call centers se estén mudando de Illinois a India, porque el trabajo se puede describir en guiones en la pantalla; que los trabajos de manufactura se estén mudando a China porque el trabajo es previsible y requiere poco conocimiento experto. En ambos casos, los trabajos dependen de reglas lógicas (si x, entonces y) del tipo que las computadoras manejan tan bien.

A veces tiene sentido automatizar completamente esas tareas usando, digamos, robots industriales para reemplazar a obreros de fábrica, o sistemas de respuesta automatizada de voz para reemplazar a operadores de call centers. Otras veces lo que conviene es mudar el trabajo a economías baratas.

En cualquier caso, esos empleos constituyen una fracción cada vez más pequeña de los que están disponibles en las economías desarrolladas. Por eso, el libro plantea que la extraterritorialización (offshoring) es apenas el último capítulo en una historia que comenzó en los años ’60 con el arribo de las computadoras al lugar de trabajo.

En aquel entonces, el gran temor era que la automatización provocaría desempleo masivo. Tuvieron que intervenir hábiles economistas para explicar que las eficiencias ganadas con la computarización promoverían crecimiento económico y que, a la vez, crearían nuevos empleos.

Y así fue. En el pico del ciclo comercial en 1969 el desempleo estadounidense era de 3,5%. En el pico de 1999, era de 4%. Mientras tanto, el número de personas empleadas en la economía estadounidense creció de 83 millones a 135 millones.

Sin embargo, aunque la tasa de desempleo varió muy poco, hubo profundos cambios estructurales en los tipos de trabajo que se requerían. Los trabajos técnicos y administrativos cayeron víctimas de la automatización y, más tarde, de la extraterritorialización. En simultáneo, se creaban nuevos empleos bien en la cima de la pirámide de ingresos (médicos, abogados, programadores de computación) o cerca de la base (servicios, minorismo).

Levy y Murnane, ambos economistas especializados en temas del trabajo, hablan de un inexorable “ahuecamiento” de los mercados laborales: más porteros y más gerentes. “El resultado es una imagen en la que el número de tareas menores está creciendo pero el cambio general de ocupaciones es hacia los empleos de mayor jerarquía”, dicen. Creen que la tendencia continuará y predicen una mayor caída en la demanda de lo que describen como mano de obra “moderadamente calificada”.

Las implicancias de esto son preocupantes. Primero, seguirá ensanchándose la brecha del ingreso entre los profesionales –muy bien pagos- y los trabajadores pobres. Segundo, muchos de los empleos perdidos en la recesión de los últimos años –administrativos y fabriles desaparecidos por la automatización– no van a volver.
Aunque las computadoras no tienen toda la culpa –también entran a jugar la globalización y el desarrollo económico–, sí son un factor importante, dicen los autores.

El problema es que si bien las computadoras son buenas para las reglas lógicas, son absolutamente bobas en otros sentidos. Carecen de modelos mentales y experiencias que ayuden a los humanos a navegar en medio de un mundo impredecible. Todo lo que caiga fuera de las reglas que traen con su programación las deja girando en el vacío. Tampoco, todavía, manejan fácilmente las comunicaciones complejas o la capacidad para el pensamiento “metacognitivo”; o sea, reflexionar sobre el pensamiento para, si hace falta, modificar el curso.
Esta mezcla de increíbles fortalezas y notables debilidades explica por qué en algunas ocupaciones sustituyen el trabajo humano, pero en otras sólo lo complementan. Los robots se usan para fabricar autos pero no pueden igualar las habilidades de diagnóstico de un mecánico experto. Las computadoras son útiles para enseñar pero son malas profesoras.

Ante este desafío, los autores concluyen que tal vez no habría que dedicar tantas horas para enseñarles a los niños a manejar una computadora y sí emplear muchas más para enseñarles a desarrollar una línea de razonamiento, a manejar complejidad, a dudar de una solución, a colaborar y comunicarse con otros públicos. Todas esas habilidades que, por ahora, diferencian a los seres humanos de las máquinas.

Notas Relacionadas

Suscripción Digital

Suscríbase a Mercado y reciba todos los meses la mas completa información sobre Economía, Negocios, Tecnología, Managment y más.

Suscribirse Archivo Ver todos los planes

Newsletter


Reciba todas las novedades de la Revista Mercado en su email.

Reciba todas las novedades