Adulación y ganancias falsas

En El nuevo Maquiavelo Alistair McAlpine sostiene que las ideas del célebre pensador renacentista siguen siendo válidas para quien aspire a ocupar el puesto de director ejecutivo. Extraemos de allí sus apreciaciones sobre la adulación.

Usted necesita que las personas le digan la verdad, pero sólo la verdad de los temas en los que ellos son expertos. Me temo que esto es exigir demasiado de la naturaleza humana, porque uno de los hábitos de la humanidad es darle a usted opiniones sobre temas que seguramente usted conoce algo más que ellos.

…En la actividad comercial y empresarial las palabras de adulación no cuentan; en ese ámbito, lo único que importa es el resultado. Los resultados mensurables desplazan muy rápidamente a los aduladores que intentan ser consejeros. En la política, únicamente la inteligencia del líder político puede detectar a los aduladores por lo que realmente son.

…Los presidentes de directorio a menudo son halagados por un éxito que en realidad no existe. Las cuentas se disponen de tal manera que parecen demostrar que se han obtenido grandes ganancias.

Aquellos que escriben sobre la actividad comercial alaban los esfuerzos de los directores de esa corporación, los adulan sin darse cuenta de que se han convertido en una parte de la vanidad de esos directores. El valor de las acciones de la corporación se eleva y las reuniones de directorio se convierten en una farsa.

Los directores presumen y alardean del éxito de su compañía; los bancos están ansiosos por prestarle dinero a la corporación y escuchan absortos y con atención las palabras de su presidente; el presidente es invitado a formar parte de otros directorios, y en confidencia, hace alusión al secreto de un éxito aparente.

Todo es falso, todo es adulación. El alto valor de las acciones de esta compañía disminuye y, en consecuencia, facilita su compra por parte de otras empresas, cambiando sus acciones infladas por las buenas acciones de las víctimas de la corporación. Éstas pueden tener dinero en el banco, pero parecen pedestres y carecen de brillo cuando se las compara con el espectacular triunfo de la ahora gran corporación. Un día, por un sinnúmero de razones hasta cierto punto insignificantes, se volverán en contra de la gran corporación y ésta será vista como realmente es: un espacio vacío.

Entonces las reuniones de directorio se convertirán en encuentros salvajes; los accionistas gritarán con furia mientras pierden la posibilidad de obtener ganancias de sus acciones; los bancos, que alegremente habían recibido millones en pago de intereses, exigen una devolución de su capital con una prisa que equivale a defraudar a los accionistas usando el dinero de ellos. Lo peor de todo es que los trabajadores de la corporación, que no ganaron nada y trabajaron con la intención de no arriesgar nada, pierden su trabajo. Pierden su empleo sin ninguna advertencia, compensación o, incluso, comprensión.

A menudo estas tragedias industriales suceden en las épocas en las que el trabajo es escaso y no se consigue fácilmente. Ése es el verdadero peligro de la adulación, cuando es tomada en serio.

Las fantásticas palabras de un individuo que sucumbe a la adulación no son nada comparadas con el daño que causa la vanidad colectiva de los administradores de una corporación cuando se dedica a la búsqueda de un éxito ilusorio. Las cosas empeoran aun más cuando las personas a cargo de la administración utilizan esta ilusión de éxito para buscar el prestigio personal y una posición de privilegio.

Engañar a otros, aunque se haga involuntariamente, puede ser (por razones complejas) motivo de admiración, pero el engañarse a sí mismo es siempre detestable. Sin embargo, no descarte del todo la adulación porque habrá ocasiones en las que necesitará de ese dudoso arte. Recuerde siempre que la adulación es la infantería de las negociaciones.

“El Nuevo Maquiavelo”
Realpolitik renacentista
para ejecutivos modernos

Por Alistair McAlpine
Editorial Gedisa S.A.
http://www.gedisa.com
e-mail: gedisa@gedisa.com

Usted necesita que las personas le digan la verdad, pero sólo la verdad de los temas en los que ellos son expertos. Me temo que esto es exigir demasiado de la naturaleza humana, porque uno de los hábitos de la humanidad es darle a usted opiniones sobre temas que seguramente usted conoce algo más que ellos.

…En la actividad comercial y empresarial las palabras de adulación no cuentan; en ese ámbito, lo único que importa es el resultado. Los resultados mensurables desplazan muy rápidamente a los aduladores que intentan ser consejeros. En la política, únicamente la inteligencia del líder político puede detectar a los aduladores por lo que realmente son.

…Los presidentes de directorio a menudo son halagados por un éxito que en realidad no existe. Las cuentas se disponen de tal manera que parecen demostrar que se han obtenido grandes ganancias.

Aquellos que escriben sobre la actividad comercial alaban los esfuerzos de los directores de esa corporación, los adulan sin darse cuenta de que se han convertido en una parte de la vanidad de esos directores. El valor de las acciones de la corporación se eleva y las reuniones de directorio se convierten en una farsa.

Los directores presumen y alardean del éxito de su compañía; los bancos están ansiosos por prestarle dinero a la corporación y escuchan absortos y con atención las palabras de su presidente; el presidente es invitado a formar parte de otros directorios, y en confidencia, hace alusión al secreto de un éxito aparente.

Todo es falso, todo es adulación. El alto valor de las acciones de esta compañía disminuye y, en consecuencia, facilita su compra por parte de otras empresas, cambiando sus acciones infladas por las buenas acciones de las víctimas de la corporación. Éstas pueden tener dinero en el banco, pero parecen pedestres y carecen de brillo cuando se las compara con el espectacular triunfo de la ahora gran corporación. Un día, por un sinnúmero de razones hasta cierto punto insignificantes, se volverán en contra de la gran corporación y ésta será vista como realmente es: un espacio vacío.

Entonces las reuniones de directorio se convertirán en encuentros salvajes; los accionistas gritarán con furia mientras pierden la posibilidad de obtener ganancias de sus acciones; los bancos, que alegremente habían recibido millones en pago de intereses, exigen una devolución de su capital con una prisa que equivale a defraudar a los accionistas usando el dinero de ellos. Lo peor de todo es que los trabajadores de la corporación, que no ganaron nada y trabajaron con la intención de no arriesgar nada, pierden su trabajo. Pierden su empleo sin ninguna advertencia, compensación o, incluso, comprensión.

A menudo estas tragedias industriales suceden en las épocas en las que el trabajo es escaso y no se consigue fácilmente. Ése es el verdadero peligro de la adulación, cuando es tomada en serio.

Las fantásticas palabras de un individuo que sucumbe a la adulación no son nada comparadas con el daño que causa la vanidad colectiva de los administradores de una corporación cuando se dedica a la búsqueda de un éxito ilusorio. Las cosas empeoran aun más cuando las personas a cargo de la administración utilizan esta ilusión de éxito para buscar el prestigio personal y una posición de privilegio.

Engañar a otros, aunque se haga involuntariamente, puede ser (por razones complejas) motivo de admiración, pero el engañarse a sí mismo es siempre detestable. Sin embargo, no descarte del todo la adulación porque habrá ocasiones en las que necesitará de ese dudoso arte. Recuerde siempre que la adulación es la infantería de las negociaciones.

“El Nuevo Maquiavelo”
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