Reinvención del Estado, capitalismo y democracia

El corona virus plantea una revolución total de consecuencias impensables

Se habla mucho –tal vez demasiado- de la pandemia que asola al mundo. Pero recién ahora, tímidamente, aparecen otros temas laterales, consecuencias de la aparición del virus, que prometen transformar radicalmente la forma en la que la sociedad está organizada, el pensamiento político y económico que la nutre, y hasta los hábitos y costumbres de la vida cotidiana.

 

Capitalismo responsable. Fue la bandera de dirigentes empresariales tanto en Davos, como en la más reciente reunión del Business Round Table. Ahora no hay margen para discursos: empresarios y gobiernos están obligados a pasar a la acción. Tanto los gobiernos como los bancos centrales de los diferentes países despliegan toda una batería de herramientas y recursos para evitar una parálisis total de la economía.

Para la empresa, la razón de ser no es ya el beneficio exclusivo para sus accionistas. La pandemia es una manera efectiva de demostrar que el discurso reciente no era “puro verso”. El nuevo modelo se basa en la sustentabilidad, aunque ello implique disminuir el crecimiento económico.

 

Resurgimiento del Estado. Siempre hubo temor social ante organizaciones estatales demasiado fuertes. La sombra de los regímenes autoritarios de la primera mitad del siglo 20, dejaron huella profunda. Ahora, en buena parte del mundo, un Estado controlado por las leyes y la presión social, evitaba caer en excesos.

Pero eso puede cambiar a gran velocidad. Por ejemplo, ¿cómo hizo Hong Kong para ser tan efectivo en la lucha contra la diseminación de la plaga? Un acierto fue el brazalete electrónico que se le colocó a cada persona que venía de fuera de la ciudad, para monitorear su cuarentena con eficacia.

Y funcionó muy bien. Pero, ¿qué pasaría si a cada ciudadano se le coloca el mismo brazalete para saber si participa de las marchas de protesta contra el gobierno? Una misma tecnología podría usarse con propósitos bien diferentes.

En la democracia, estos mecanismos se usan para persuadir antes que para ejercer coerción sobre los ciudadanos. Libertades civiles, derechos humanos y estilo de vida democrático pueden ser víctimas no pensadas de la lucha contra la pandemia.

La globalización, ¿se desglobaliza? Hay quienes suponen que el proceso globalizador que alcanzó a todo el planeta, avanzó firme en la década de los años 90. Incluso fue cuando apareció el famoso libro de Kenichi Omahe, “El mundo sin fronteras”.

Hoy, por donde se mire, hemos vuelto a las fronteras físicas (incluso entre los miembros de la Unión Europea). Cuando pase la epidemia, se dice, esas barreras serán levantadas otra vez.

¿Quién puede asegurarlo?

Pero lo más seguro es que no habrá una total restauración del planeta globalizado como existía hace pocas semanas atrás. Es el retorno del viejo Estado nación con sus rasgos más firmes. En la emergencia se retorna a ese modelo que tiene fortalezas financieras, organizacionales y emocionales, de las cuales carecen las versiones de la nación globalizada.

 

Fragilidad de las cadenas de suministro. La inmensa crisis desatada por la pandemia pone de relieve la fragilidad de las cadenas de suministro globales. Será difícil para Estados Unidos (y para otros países importantes) aceptar que tienen que importar casi todos sus suministros críticos. En especial, en la coyuntura, los insumos médicos y de salud.

A la par, el nuevo escenario refuerza tendencias que se vislumbraban y ahora aparecen con renovadas fuerzas. Demanda de mayor proteccionismo, determinada localización geográfica de la producción, y rígidos controles aduaneros en las fronteras.

 

El nacionalismo peligroso. Si crece de modo exagerado el sentimiento nacionalista, adiós a la cooperación internacional y además habrá una sensible caída en los niveles del comercio externo.

En este contexto, el escenario más peligroso es el colapso de la Unión Europea y un deterioro generalizado de las relaciones entre China y Estados Unidos, que puede terminar en un conflicto bélico.

La laboriosa unidad tejida por los europeos parecía trascender los estrechos límites de la geografía de sus países miembros. Hay, nuevamente, fronteras entre Francia y Alemania. Algo que nadie podía vaticinar. La solidaridad se da solamente dentro de los límites de cada nación.

 

 

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