China se encamina hacia tiempos difíciles

El estancamiento económico y el férreo control social que impone Xi Jinping pueden generar descontento social y terminar en cambios hoy impensados.

China tiene una fragilidad que va a salir a la luz ahora con la presión del nuevo coronavirus. Esta es la tesis que expone Minxin Pei en un ensayo que publica Foreign Affairs, Pei atribuye la responsabilidad de esta situación a la controvertida figura del presidente Xi Jinping con su política de incentivar el poderío y la presencia de China en el mundo. Según él , la pandemia del nuevo coronavirus va a exponer a la vista de todo el mundo la fragilidad y la inseguridad que están debajo de las superficie de Xi y sus expresiones de solidez y fortaleza.

 

Para el ensayista, Estados Unidos tiene poca posibilidad de influir en el cerrado sistema político chino, pero la presión diplomática, económica y militar que Washington puede ejercer sobre Beijing pondrá en dificultades a Xi y al partido comunista de gobierno. Este prolongado periodo de confrontación estratégica con Estados Unidos va a crear las condiciones para que sobrevengan cambios profundos.

 

Muchos comparan la actual competencia entre Estados Unidos y China con la de Estados Unidos y Rusia durante los años de la Guerra Fría. Y en la comparación recuerdan que una de las causas que contribuyeron a la desintegración de la Unión Soviética fue la rigidez de su gobierno y un sistema económico incapaz de manejar la vasta comunidad de naciones que integraban la URSS. China hoy podría correr la misma suerte. Su sistema rígido le limita la capacidad para corregir errores en política.

En 2018 Xi decidió abolir la cláusula legal que ponía límite a los términos que podía gobernar un presidente. Eran señales claras de su intención de perpetuarse en el gobierno. Realizó grandes purgas en el partido que disfrazó de medidas de anticorrupción, reprimió protestas en Hong Kong, arrestó a activistas por los derechos humanos e impuso la mayor censura a los medios de comunicación desde la era de Mao.

 

Si el presidente continúa por este camino, dice Pei, socavando las bases del poder político y económico y monopolizando el control, va a exponer al Partido Comunista Chino (PCC) a un cambio fenomenal.

 

Gobierno fuerte

Antes de 2012, cuando asumió la presidencia Xi Jinping, imperaba el liderazgo colectivo. Él lo transformó en un gobierno de presidencia fuerte. Antes de él, el régimen gozaba de un alto grado de flexibilidad y pragmatismo político. Evitaba errores recurriendo a un proceso de decisiones por consenso que incorporaba la visión de facciones rivales y conciliaba los intereses encontrados. El PCC evitaba involucrarse en disputas nacionales e internacionales. Ese régimen, si bien distaba mucho de ser perfecto, tenía una ventaja: era propenso al pragmatismo y a la cautela.

 

En los últimos 7 años ese sistema fue desmantelado y reemplazado por otro muy diferente, con alto grado de rigidez ideológica, políticas punitivas hacia minorías étnicas y opositores políticos y una política exterior expansiva encarnada en la Belt and Road Iniciative, un programa monumental de infraestructura que despierta sospechas en Occidente.

La centralización del poder bajo el gobierno de Xi ha creado nuevas fragilidades y expuesto al partido a mayores riesgos. La ventaja que tiene un sistema centralizado, que consiste en la posibilidad de tomar en forma rápida decisiones difíciles,  lleva consigo la desventaja de que se pueden cometer grandes errores. El viejo sistema era más lento y más ineficiente pero impedía que las ideas arriesgadas se convirtieran en políticas.

 

Con Xi, corregir errores se volvió difícil, porque una corrección significa que el hombre fuerte pierde su imagen de infalible. La exigencia de lealtad de Xi también ahogó los debates y el disenso dentro del PCC. Por eso el partido carece de la flexibilidad que hace falta para evitar y corregir errores futuros en la confrontación con Estados Unidos. Como resultado, podría crecer la desunión dentro del régimen. Y si aumenta la discordia crecería también la inseguridad y la paranoia de Xi.

 

Washington, por su parte, le aplica a Beijing el “desacople” económico, o sea la reducción de los lazos comerciales que  unieron a los dos países durante los últimos 40 años. Donald Trump y los suyos creen que si China queda afuera del vasto mercado norteamericano y de su tecnología, Washington puede reducir el crecimiento del poder de China. A pesar de la tregua que acordaron en enero Trump y Xi en la guerra comercial, el desacople económico de China muestra una tendencia a perdurar independientemente de quien esté en la presidencia de Estados Unidos. Eso es porque tanto los republicanos como los demócratas coinciden en el deseo de reducir la dependencia económica de China.

 

Del lado chino, la economía es hoy menos dependiente de las exportaciones como motor de crecimiento. Por eso es que el desacople podría no deprimir el crecimiento tanto como suponen quienes lo proponen. Pero sí tendrá un impacto negativo neto en la economía china, un impacto que se suma al de la desaceleración del consumo interno y al crecimiento de la deuda.

Si la economía se debilita, el PCC podría ver erosionado el apoyo popular a causa de la caída del nivel de vida, del aumento del desempleo y de la deficiente red de seguridad social.

En semejante entorno económico, se volverán frecuentes las protestas, el descontento social y las huelgas. La amenaza más poderosa a la estabilidad del régimen partirá de la clase media. Una clase que por tradición, no se mete en política. Pero aunque sus miembros no participen en protestas anti-régimen pueden expresar su descontento en forma indirecta, en manifestaciones a favor de la protección ambiental, la salud pública, la educación, la seguridad alimentaria.

 

Una desaceleración económica también alteraría el apoyo del PCC, acostumbrado a las ventajas y los favores que el gobierno brinda a amigos y seguidores. En los últimos años la economía floreciente daba al gobierno ingresos abundantes que usaba para asegurar la lealtad del aparato del partido.

 

Lo más probable es que Xi bata el parche del nacionalismo chino para combatir con Estados Unidos. Eso le dificultaría al Partido virar hacia una estrategia más flexible. Desde las protestas en la Plaza de Tiananmen en 1989, que sacudieron al partido hasta la médula y resultaron en la sofocación del disenso, el PCC explotó el sentimiento nacionalista para apuntalar su legitimidad. Si ocurre el desacople y la caída económica, el partido recurrirá también al relato nacionalista. También tendría que volcarse hacia el control social y la represión política. Pero la represión saldría cara. Debería destinar enormes recursos a preservar la estabilidad por encima de otras prioridades. Además, un fuerte control social alienaría a algunas élites, como los emprendedores privados, los académicos y los escritores. El aumento de la represión generaría también más resistencia en la periferia de China: Tíbet, Xinjiang y Hong Kong y también provocaría la crítica internacional, especialmente en los países europeos.

Un régimen con estancamiento económico y descontento social más la competencia comercial extranjera es intrínsecamente frágil.

Es posible, aunque improbable, que el aumento de la insatisfacción dentro del régimen lleve a que los altos miembros del PCC organicen un golpe palaciego para derrocar a Xi. Pero el Partido ha adoptado técnicas sofisticadas a prueba de golpes: hay una oficina central que monitorea la comunicación entre sus miembros y es el único cuerpo que podría remover a Xi. Ese cuerpo está dominado por leales al presidente.

 

El escenario que indicaría la mayor probabilidad de cambio radical es una puja por la sucesión del poder en caso de que Xi falleciera o renunciara por problemas de salud. Por lo general, la lucha por el poder para reemplazar a un hombre fuerte produce un líder interino débil. Dada la necesidad del nuevo líder de afirmar su autoridad y de ofrecer una agenda diferente y más atractiva, es poco probable que sobreviva el duro autoritarismo de Xi.

 

El nuevo líder tendría entonces dos opciones: volver a la estrategia de supervivencia que tenía el partido antes de Xi y restaurar el liderazgo colectivo y la aversión al riesgo en política exterior. Eso le resultaría difícil de imponer porque el partido con todas sus estrategias de supervivencia podría estar desacreditado. O podría optar por reformas más radicales para salvar el partido. Tal vez no sea llegar a la democracia liberal, pero sí reducir la represión, aflojar el control social y acelerar la reforma económica.

Ese curso de acción seria más atractivo para una élite partidaria traumatizada por 20 años de mano dura. Si los reformistas se impusieran y se embarcaran por ese camino el tema más delicado sería ver si pueden evitar “la paradoja de Tockeville”. El teórico de la política Alexis de Tockeville decía que “las reformas que persigue una dictadura debilitada tienden a desencadenar una revolución que termina descabezando a la misma dictadura reformista”.

 

 

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