Presiones para que General Electric venda activos y se achique

En realidad, no se trata de accionistas ni inversores, sino de firmas de valores y sus voceros en medios como el “Wall Street journal” y otros. Todos hablan de impaciencia tras cinco años de utilidades decepcionantes.

Por supuesto, el objeto de las presiones es Jeffrey Immelt, hasta no hace mucho uno de los directivos favoritos del mundillo bursátil neoyorquino. Ahora, de pronto analistas y gurúes quieren que divida el conglomerado recreado durante la tenida de su célebre antecesor, Jack Welch.

Naturalmente, verdaderos accionistas del grupo afirman que las numerosas partes de General Electric funcionan muy bien juntas. En conjunto, actúan como sinergias combinadas: pueden equilibrar productos, servicios y ciclos de negocios disímiles. En lo financiero, por otro lado, protegen el conglomerado y, a largo plazo, eso redunda en favor de la capitalización bursátil.

Un grupo de expertos y administradores de carteras, a la sazón, estima que la diversificación es una ventaja, no un problema. Además, las actuales tendencias globales y el interés de los accionistas favorecen estructuras más grandes, como lo marca la fiebre de fusiones y adquisiciones. Un analista de Merrill Lynch, John Inch, trataba en 2006 de que el gigante se desprendiera de GE Money (créditos a usuarios) y de NBC Universal. Ahora ha cambiado de opinión.

Pero nada de eso detiene una campaña “psicológica” en pro de desmantelar el conglomerado, que llega al punto de sostener que Immelt es su cerebro real. En realidad, el presidente ejecutivo no está conforme con el precio de la acción, que ha cedido 7% desde asumir el cargo, en septiembre de 2001. Es una reacción normal, sin duda. Máxime si el promedio del Dow Jones industrial (incluye GE) subió 33% en el quinquenio 2002-6.

Pero la respuesta de Immelt no implica achicar el grupo, sino reajustar la cartera. Durante cuanto va de 2007, ha consolidado las divisiones aviación e hidrocarburos y ha puesto en venta sólo la de plásticos. Al viernes 12, por ejemplo, la acción cotizaba a 16,5 veces la relación de ganancias por título estimada para este año. O sea, está un poco más barata que los papeles de United Technologies o Honeywell International. Dos o tres influyentes intermediarios de Wall Street que presionan para dividir GE admiten, no obstante, que su capitalización bursátil supera los US$ 380.000 millones, o sea la cifra calculada por Immelt.

El punto más débil de una campaña armada por operadores, no accionistas ni inversores, se asocia a ese valor de mercado. Desmantelar la compañía pide reducir esa capitalización y desequilibrar las cargas entre sectores internos. Peor sería que, tomando en serio a cierto gurúes, el grupo se desprendiese de GE Money (60% de ganancias en el primer trimestre) o la división bienes raíces.

Por supuesto, el objeto de las presiones es Jeffrey Immelt, hasta no hace mucho uno de los directivos favoritos del mundillo bursátil neoyorquino. Ahora, de pronto analistas y gurúes quieren que divida el conglomerado recreado durante la tenida de su célebre antecesor, Jack Welch.

Naturalmente, verdaderos accionistas del grupo afirman que las numerosas partes de General Electric funcionan muy bien juntas. En conjunto, actúan como sinergias combinadas: pueden equilibrar productos, servicios y ciclos de negocios disímiles. En lo financiero, por otro lado, protegen el conglomerado y, a largo plazo, eso redunda en favor de la capitalización bursátil.

Un grupo de expertos y administradores de carteras, a la sazón, estima que la diversificación es una ventaja, no un problema. Además, las actuales tendencias globales y el interés de los accionistas favorecen estructuras más grandes, como lo marca la fiebre de fusiones y adquisiciones. Un analista de Merrill Lynch, John Inch, trataba en 2006 de que el gigante se desprendiera de GE Money (créditos a usuarios) y de NBC Universal. Ahora ha cambiado de opinión.

Pero nada de eso detiene una campaña “psicológica” en pro de desmantelar el conglomerado, que llega al punto de sostener que Immelt es su cerebro real. En realidad, el presidente ejecutivo no está conforme con el precio de la acción, que ha cedido 7% desde asumir el cargo, en septiembre de 2001. Es una reacción normal, sin duda. Máxime si el promedio del Dow Jones industrial (incluye GE) subió 33% en el quinquenio 2002-6.

Pero la respuesta de Immelt no implica achicar el grupo, sino reajustar la cartera. Durante cuanto va de 2007, ha consolidado las divisiones aviación e hidrocarburos y ha puesto en venta sólo la de plásticos. Al viernes 12, por ejemplo, la acción cotizaba a 16,5 veces la relación de ganancias por título estimada para este año. O sea, está un poco más barata que los papeles de United Technologies o Honeywell International. Dos o tres influyentes intermediarios de Wall Street que presionan para dividir GE admiten, no obstante, que su capitalización bursátil supera los US$ 380.000 millones, o sea la cifra calculada por Immelt.

El punto más débil de una campaña armada por operadores, no accionistas ni inversores, se asocia a ese valor de mercado. Desmantelar la compañía pide reducir esa capitalización y desequilibrar las cargas entre sectores internos. Peor sería que, tomando en serio a cierto gurúes, el grupo se desprendiese de GE Money (60% de ganancias en el primer trimestre) o la división bienes raíces.

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