La versión local del negocio deportivo

Mientras en el mundo los mejores contratos son para las grandes figuras individuales, aquí sólo consiguen sponsors los seleccionados. El récord del golfista Cóceres sigue siendo una excepción. Por Gustavo Javier Gómez

El equipo nacional femenino de hockey sobre césped, reconocido en el mundo por haber ganado la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Sydney, cerró un contrato con la tarjeta de crédito internacional Visa para portar esa marca en sus camisetas, durante tres años y por un monto que oscilaría –aunque no fue confirmado por la empresa– entre US$ 400.000 y US$ 450.000.

Casi simultáneamente, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) anunció que la petrolera hispano-argentina Repsol YPF aportará US$ 3,5 millones hasta fines de 2002 para colocar su nombre en la publicidad estática de los estadios en los que su seleccionado juegue sus cotejos.

Después de que lo hicieran la propia Visa, la cervecería Quilmes, la fábrica de gaseosas Coca-Cola y la compañía de indumentaria deportiva Reebok, ahora será la petrolera la que apostará a la pasión futbolera y al magnetismo de la casaca nacional.

Los millonarios números que se manejan en el fútbol tuvieron probablemente su punto máximo cuando la firma norteamericana Nike anunció que pagaría la friolera de US$ 400 millones para que el seleccionado brasileño vistiera casacas de su marca durante 10 años.

Esa operación generó una innumerable cantidad de sospechas y trascendidos, que cuestionaron –incluida una investigación gubernamental– los manejos comerciales de la Confederación Brasileña de Fútbol y hasta comprometieron la imagen del hoy aún lesionado Ronaldo, máxima figura de ese deporte para la fecha del contrato.

Si bien en otros países el fenómeno de la sponsorización millonaria va de la mano de nombres propios y de personajes como el golfista Tiger Woods, la tenista Anna Kournikova o el automovilista Michael Schumacher, en la Argentina esa tendencia se ha traducido en un interés creciente sobre los equipos nacionales más representativos y carismáticos.

Las grandes figuras argentinas no han podido asomarse aún a los umbrales de lo que ganan por publicidad otras del resto del mundo, aunque futbolistas como Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, Juan Sebastián Verón o Javier Saviola, entre otros, estén cerca de superar ese límite histórico gracias, en muchos casos, a la camiseta del seleccionado que hoy dirige Marcelo Bielsa.

Por ahora, los US$ 630.000 que ganó esta semana el golfista chaqueño José Cóceres en el Worldcom Classic de Hilton Head –y que lo pusieron al tope en el ranking de las remuneraciones obtenidas por deportistas argentinos de todos los tiempos en una actuación individual– no dejan de ser una excepción a la regla.

El deporte espectáculo se ha convertido en el objetivo número uno de la publicidad mundial y las empresas lo han entendido a la perfección; tanto, que no dudan en ofrecer cifras millonarias por esta codiciada vidriera.

En el caso del fútbol argentino, el negocio adquiere ribetes de telenovela cuando los millones que manejan los grandes equipos y la misma AFA gracias a los ingresos por publicidad y gerenciamiento de imagen, chocan con la realidad de la mayoría de los clubes, afectados por agujeros financieros casi irreparables.

Fuentes de Futbolistas Argentinos Agremiados le agregaron un nuevo matiz a la cuestión cuando sugirieron la posibilidad, que se haría pública en las próximas horas, de declarar una huelga general si los clubes no saldan la deuda total que mantienen con los jugadores y que, según publicó en su edición de hoy (viernes 20) el diario La Nación, supera los $ 53 millones por todo concepto (sueldos, primas, y premios) sólo entre los 20 clubes de Primera División.

La pregunta, entonces obvia, es: ¿cuál será el destino de esos ingresos, teniendo en cuenta que federaciones como la AFA constituyen, en última instancia, el reaseguro institucional de un deporte que lejos estuvo en sus comienzos de guiarse por los lineamientos comerciales que hoy lo atraviesan?

Después del brillante desempeño del seleccionado nacional de rugby durante el último mundial, en 1999, el dinero por publicidad –obtenido de marcas como la cervecera Heineken, la automotriz Peugeot, Visa (que pagó US$ 450.000 por año para estar presente en la camiseta de los Pumas) y la aerolínea British Airways– superó cualquier antecedente histórico para ese deporte y abrió la puerta a una fuente de dinero que parece no tener límites.

Pero que, con todo, terminó destinándose a fomentar la práctica seria y organizada de una actividad que en la Argentina no termina de superar la barrera del amateurismo.

En este contexto, las feroces controversias entre los fabricantes de automóviles y los organizadores y propietarios de los derechos televisivos de la Fórmula 1 por los millonarios números que se juegan en esa competencia, reducen los acuerdos locales a niveles irrisorios, aunque son el mejor ejemplo de la tendencia que impera al nivel mundial.

Mientras tanto, el escenario que se vislumbra es demasiado heterogéneo como para hacer pronósticos aventurados, pero lo indiscutible es que la aparición de figuras convocantes, del tipo de Diego Maradona, es en la actualidad menor.

Y que el fenómeno contrasta con la capacidad de negociación, casi corporativa, que presentan las grandes federaciones y clubes, contra la debacle penosa –y, al parecer, irreversible– de las antiguas y conmovedoras instituciones deportivas de barrio.

El equipo nacional femenino de hockey sobre césped, reconocido en el mundo por haber ganado la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Sydney, cerró un contrato con la tarjeta de crédito internacional Visa para portar esa marca en sus camisetas, durante tres años y por un monto que oscilaría –aunque no fue confirmado por la empresa– entre US$ 400.000 y US$ 450.000.

Casi simultáneamente, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) anunció que la petrolera hispano-argentina Repsol YPF aportará US$ 3,5 millones hasta fines de 2002 para colocar su nombre en la publicidad estática de los estadios en los que su seleccionado juegue sus cotejos.

Después de que lo hicieran la propia Visa, la cervecería Quilmes, la fábrica de gaseosas Coca-Cola y la compañía de indumentaria deportiva Reebok, ahora será la petrolera la que apostará a la pasión futbolera y al magnetismo de la casaca nacional.

Los millonarios números que se manejan en el fútbol tuvieron probablemente su punto máximo cuando la firma norteamericana Nike anunció que pagaría la friolera de US$ 400 millones para que el seleccionado brasileño vistiera casacas de su marca durante 10 años.

Esa operación generó una innumerable cantidad de sospechas y trascendidos, que cuestionaron –incluida una investigación gubernamental– los manejos comerciales de la Confederación Brasileña de Fútbol y hasta comprometieron la imagen del hoy aún lesionado Ronaldo, máxima figura de ese deporte para la fecha del contrato.

Si bien en otros países el fenómeno de la sponsorización millonaria va de la mano de nombres propios y de personajes como el golfista Tiger Woods, la tenista Anna Kournikova o el automovilista Michael Schumacher, en la Argentina esa tendencia se ha traducido en un interés creciente sobre los equipos nacionales más representativos y carismáticos.

Las grandes figuras argentinas no han podido asomarse aún a los umbrales de lo que ganan por publicidad otras del resto del mundo, aunque futbolistas como Gabriel Batistuta, Hernán Crespo, Juan Sebastián Verón o Javier Saviola, entre otros, estén cerca de superar ese límite histórico gracias, en muchos casos, a la camiseta del seleccionado que hoy dirige Marcelo Bielsa.

Por ahora, los US$ 630.000 que ganó esta semana el golfista chaqueño José Cóceres en el Worldcom Classic de Hilton Head –y que lo pusieron al tope en el ranking de las remuneraciones obtenidas por deportistas argentinos de todos los tiempos en una actuación individual– no dejan de ser una excepción a la regla.

El deporte espectáculo se ha convertido en el objetivo número uno de la publicidad mundial y las empresas lo han entendido a la perfección; tanto, que no dudan en ofrecer cifras millonarias por esta codiciada vidriera.

En el caso del fútbol argentino, el negocio adquiere ribetes de telenovela cuando los millones que manejan los grandes equipos y la misma AFA gracias a los ingresos por publicidad y gerenciamiento de imagen, chocan con la realidad de la mayoría de los clubes, afectados por agujeros financieros casi irreparables.

Fuentes de Futbolistas Argentinos Agremiados le agregaron un nuevo matiz a la cuestión cuando sugirieron la posibilidad, que se haría pública en las próximas horas, de declarar una huelga general si los clubes no saldan la deuda total que mantienen con los jugadores y que, según publicó en su edición de hoy (viernes 20) el diario La Nación, supera los $ 53 millones por todo concepto (sueldos, primas, y premios) sólo entre los 20 clubes de Primera División.

La pregunta, entonces obvia, es: ¿cuál será el destino de esos ingresos, teniendo en cuenta que federaciones como la AFA constituyen, en última instancia, el reaseguro institucional de un deporte que lejos estuvo en sus comienzos de guiarse por los lineamientos comerciales que hoy lo atraviesan?

Después del brillante desempeño del seleccionado nacional de rugby durante el último mundial, en 1999, el dinero por publicidad –obtenido de marcas como la cervecera Heineken, la automotriz Peugeot, Visa (que pagó US$ 450.000 por año para estar presente en la camiseta de los Pumas) y la aerolínea British Airways– superó cualquier antecedente histórico para ese deporte y abrió la puerta a una fuente de dinero que parece no tener límites.

Pero que, con todo, terminó destinándose a fomentar la práctica seria y organizada de una actividad que en la Argentina no termina de superar la barrera del amateurismo.

En este contexto, las feroces controversias entre los fabricantes de automóviles y los organizadores y propietarios de los derechos televisivos de la Fórmula 1 por los millonarios números que se juegan en esa competencia, reducen los acuerdos locales a niveles irrisorios, aunque son el mejor ejemplo de la tendencia que impera al nivel mundial.

Mientras tanto, el escenario que se vislumbra es demasiado heterogéneo como para hacer pronósticos aventurados, pero lo indiscutible es que la aparición de figuras convocantes, del tipo de Diego Maradona, es en la actualidad menor.

Y que el fenómeno contrasta con la capacidad de negociación, casi corporativa, que presentan las grandes federaciones y clubes, contra la debacle penosa –y, al parecer, irreversible– de las antiguas y conmovedoras instituciones deportivas de barrio.

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