Luis Alberto Quevedo, Flacso

¿Cómo serán los medios de comunicación de mañana?

Radio, narrativas audiovisuales, interacción de los grupos a través de aparatos inteligentes, noticias a medida de cada perfil seleccionadas por algoritmos, nueva tecnología multipantalla virtual, contenidos específicos impresos en formato periódico, revista o libro para un selecto público lector, serían algunos de los tips comunicacionales de 2030.

19 septiembre, 2019

Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO Argentina) e investigador del Área Comunicación y cultura de la misma casa de estudios, Luis Alberto Quevedo confiesa haber sido uno de los tantos que devoró “de pé a pá” la imaginaria hoja de ruta trazada a partir de que la web, apareció como la cara gráfica de la revolucionaria red virtual llamada Internet: el libro “Ser digital”, escrito en 1995 por el neoyorkino Nicholas Negroponte, un clásico gurú de la primera hora en el mundo Internet.

Estaba lleno de pronósticos, que un cuarto de siglo más tarde decidió releer para chequearlos. Constató que no siempre se cumplían, y que ni siquiera había insinuado la aparición del gran hallazgo tecnológico y cultural del nuevo milenio: los teléfonos inteligentes, un antes y un después en las comunicaciones.

Mercado lo entrevista y lo pone en el brete de bosquejar un escenario a 10 años: ¿cómo piensa que se informará la gente?, ¿cuál será la transformación de los medios de comunicación?, ¿desaparecerá a prensa gráfica impresa? y ¿hacia dónde van las redes sociales?

Se ataja con la anécdota de Negroponte: “Si él no acertó, ¿cómo podríamos imaginar qué sucederá con la tecnología para entonces?”.

 

–¿Tan cerca estamos de un apocalipsis mediático?

–Ya en el siglo XX hubo muchos diagnósticos sobre la muerte y nacimiento de los medios. En toda su historia, cada vez que aparecía alguno con una nueva tecnología que albergaba a muchos otros, se anunciaba que morirían los otros. Sucedió con la radio que parecía eliminar a la prensa gráfica. Con la televisión, que amenazaba a la radio y la gráfica juntas. Y hasta en los años 60 y 70 parecía sellada la suerte del libro. También cuando llegó Internet se revolucionó todo y provocó algo muy particular con su tecnología, como ha sido la convergencia digital, que unificó en un solo aparato a muchos de los que eran los medios tradicionales. Los teléfonos celulares son radios, televisión, Internet, diario, periódico, así que estamos en una nueva vuelta de tuerca. Desde ese momento, y en los últimos años, se escribió bastante sobre la muerte de la televisión.

 

–¿Se está recreando con los medios la teoría de la relatividad?

–De algún modo. Ninguno se perdió, pero hay transformaciones. Tampoco un medio se tragóal otro. La radio es un buen ejemplo. Hay que situar otro vector al lado de todo esto: hay aspectos tecnológicos, una gran concentración industrial de medios en todo el mundo, pero están también los consumidores, nosotros, que los usamos: tenemos hábitos, prácticas, gustos, formas de relacionarnos con los medios, que los hacemos vivir. La radio es un ejemplo. Acompaña en la casa, en el auto, en fines de semana y forma parte de muchas vidas cotidianas. El ciudadano se resiste a que desaparezca y por eso la sostenemos.

 

Los millennials y las redes

–¿Sucede igual con los millennials

–Los jóvenes han migrado a las redes, eso está claro, y se informan de una manera muy distinta a las otras generaciones. Están con otras pantallas alternativas a la de la televisión en la mano, como esta que caprichosamente llamamos teléfono celular y deberíamos cambiarle el nombre porque de teléfono no tiene nada. Se informan mucho por redes, como Facebook o Whatsapp, por Instagram, por las redes de contactos de amigos, o sea, muy del siglo XXI diría.

–¿Tiene un réquiem generacional anticipado la televisión?

–No existe un modo solitario y único para informarnos, se trate de jóvenes o adultos. Estamos envueltos en un ecosistema, en el que hay por todos lados televisores encendidos en los canales de noticias y nos enteramos de lo que sucede aunque no nos sentemos a mirar. Pero además está la forma de informarse de toda la vida, a través de colegas, amigos, trabajo, lugar de estudio, familia. Los jóvenes también forman parte de la cadena informativa.

 

–¿Cuán profunda es la crisis de los diarios y revistas impresos? 

–Los diarios impresos en papel han cambiado bastante los lenguajes, los modos de comunicación respecto de lo que eran hace 50 años, sobre todo por el impacto de que los lectores están formados de otra manera; hay un sistema de expectativas en el lector, que es más visual y menos gráfico a nivel de lectura.

Las ofertas de consumos culturales y mediáticos de todo tipo nos deja siempre en deuda con ver una serie de Netflix o leer algún libro, o un artículo publicado en un periódico. La velocidad nos ha achicado el tiempo y eso hace que la comunicación también haya modificado sus tiempos de lectura. Los largos artículos ya no funcionan igual, ni tampoco la prensa gráfica como un soporte de la lectura, pero entiendo que el libro aún existe.

 

–¿Entonces para Ud. el papel no está muerto?

–Está en problemas, pero aún quedan muchos lectores del papel. Resulta inevitable enlazarlo con lo digital. Y el desafío sería cómo seducir a los lectores, que hay muchos todavía, para que elijan verlo pero renovado. Aunque esté en extinción, el lector de gráfica existe y es sofisticado, le gusta que lo seduzcan con la gráfica. Un medio gráfico que conoce muy bien a sus lectores sabe a quién le habla y nunca debería proponerse seducir a todo el mundo, sino que debería concentrarse en sus audiencias para que no lo abandonen. Página 12 ha hecho una transformación muy interesante. La Nación, que ha sido el diario más conservador de la Argentina, fue el que más rápidamente comprendió este cambio y se empezó a transformar.

 

–¿Los millennials le bajaron definitivamente el pulgar al papel?

–No es tan así. Ven revistas que nosotros no vemos y que están dirigidas a ellos, cada vez más targueteados, más focalizados.

 

–¿Qué debe hacerse para cohesionar cultura, comunicación y territorios?

–Es imposible pensarlos por separado. Se desestructuraron territorios, lenguajes, formatos y nos hemos vuelto consumidores de algo mucho más heterogéneo que todo lo que antes se acostumbraba: leer el diario al levantarse, en el desayuno, y ahí informarse sobre política. Hoy, al igual que la economía, la cultura, los espectáculos transitan por lugares múltiples y complejos. Somos cazadores omnímodos, no vamos al bosque a buscar una especie determinada o seleccionamos la pesca en el mar.

Nos alimentamos de todo lo más sofisticado que tiene la industria cultural, somos capaces de disfrutar de un excelente documental en Netflix pero también de melodramas, de chimentos, de historias de la vida cotidiana, de casos como el de la señora a la que le amputaron la pierna equivocada, de los temas sociales y culturales a las que les destinamos una parte de nuestro tiempo.

 

–Así como la televisión siempre ha satirizado al show de la política y lo sigue haciendo, ¿incide esa modalidad en los otros formatos?

–A nivel de las informaciones, la opinión política en base a memes es un hallazgo reciente que impacta. Si uno se pregunta cuál es el lenguaje dominante de la política hoy, no está muy claro: el discurso de tribuna de Perón o de Alfonsín ya no prende, por más que siga habiendo grandes actos con oradores. Sí la parodia ha ganado mucho territorio, por ejemplo los programas de radio y de televisión tienen imitadores, que ya forman parte de la política.

 

–¿Habrá que esperar que la tecnología nos depare otra sorpresa o la demanda obligará a pensar en algo distinto?

–La tecnología marcha velozmente hacia la inmaterialidad. Creo que el concepto físico de aparato se transformará en ambiente. En algún momento la interfase monitor o celular va a desaparecer y surgirá un tipo de interfases no materiales, de modo que cuando enciendo el dispositivo aparece recién ahí la pantalla. Una adaptación cultural es mucho más lenta, somos más atávicos, aún los jóvenes, que por más que se diga que están muy acostumbrados al cambio, cuando fueron formateados en determinado entorno les gusta que se lo respeten.

 

–¿Y qué piensa que harán los medios?

–Los que más vamos a sostener las prácticas culturales y de consumo somos los usuarios. Mi hija tiene 25 años y su estructuración cultural es muy distinta a la mía, pero escucha radio en el celular, y si se la sacaran se pondría nerviosa. El cine es el gran lenguaje audiovisual del siglo pasado que nos construyó a todos y luego ha ido pasando a muchos formatos: a la televisión, videocasetes. Seguimos apeteciendo las buenas narrativas cinematográficas, como buenos consumidores que somos.

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