Cigarrillos: la falsificación masiva aterra a las tabacaleras

Las mayores tabacaleras mundiales, acosadas por falsificaciones, pierden mucho dinero y también consumidores. Pero se lo merecen: durante años, hicieron fortunas con el contrabando de productos genuinos, a costa del fisco.

26 noviembre, 2003

Hoy, los mismos que se dedicaban a contrabandear cigarrillos auténticos encuentran más redituables las imitaciones baratas. Desde China a Paraguay. No sin cierta audacia, British American Tobacco define las falsificaciones como “un mal social”. Las restantes –Altria-Philip Morris, Japan Tobacco, Imperial Tobacco Group- gastan bastante para defender sus marcas. Pero Estados Unidos y la Unión Europea las consideran hipócritas.

Diversos estados las han acusado, durante veinte años (1981-2000), de abastecer a intermediarios del contrabando, conociendo el destino de su mercadería. A fines de la década pasada, por ejemplo, una subsidiaria de RJ Reynolds y su director de ventas fueron sentenciados por orquestar una compleja maniobra.

Era un viaje de ida y vuelta. Cigarrillos de RJR Canada se exportaban a EE.UU. y luego se reexportaban al vecino nórdico. Objeto: burlar los altos impuestos internos en el país de origen. Ahora, esas trampas se vuelven contra la industria misma.

Se estimaba, a fines de 2002, que uno de cada cuatro cartones exportados en el mundo era de contrabando. Las pérdidas fiscales equivalían a unos US$ 30.000 millones cada año. Pero, si a las aduanas les da igual que los productos sean reales o falsos, para las empresas la diferencia es clave.

Mientras el contrabando era de atados genuinos, las compañías penetraban en mercados donde las trabas a la importación o el bajo poder de compra restringen ventas. Pero las falsificaciones las reducen y, además, deterioran la lealtad del público: si un fumador compra un atado en apariencia genuino y le sabe mal, perdió la marca.

Fuentes de la industria estiman que se venden hasta 200.000 millones de cigarrillos falsos cada año en el mundo. Es decir. 4% del consumo o un atado diario para más de 27 millones de fumadores (y la tendencia avanza). En los últimos mes, solo Philip Morris ha demandado a 2.800 mayoristas, casi todos en California, por ofrecer Marlboro “truchos” provenientes de China. BAT ha detectado imitaciones en setenta países. Allí donde haya un mercado negro, gran parte se compone de atados falsos.

Finalmente, las cuatro grandes han puesto a un lado sus diferencias para hacer frente al fenómeno. En enero, tres de ellas (BAT, Altria, Japan Tobacco), formaron una alianza. Meses después, China inició una campaña contra los falsificadores masivos. Quedan los Balcanes y Paraguay, donde el negocio cuenta con la tradicional –y rentada- complicidad de altos funcionarios, dirigentes y aduanas.

Por supuesto, las tabacaleras no están solas, pues existe un próspero tráfico internacional de fármacos, cosméticos, artículos de cuero, videos, música, electrónicos y software falsos o pirateados. Según la International Chamber of Commerce –que maneja datos algo viejos-, en 2000 el contrabando y lo “trucho” sumaban US$ 450.000 millones alrededor del planeta. Vale decir, 8% del comercio mundial.

Pero sólo las tabacaleras solían beneficiarse por el tráfico ilegal de sus propios productos. Hasta que emergieron las imitaciones. Este cambio y la presión de varios gobiernos hicieron que rompieran lazos con distribuidores asociados al contrabando mayorista.

Lo malo es que estos esfuerzos para limpiar la casa tiendan a perjudicarlas más. Al no poder obtener productos genuinos, esos mismos intermediarios se pasaron a las falsificaciones, aprovechando sus propias redes en el mercado negro.

De paso, sacan partido de Internet. Así, Alibaba.com, un “portal de exportación e importación”, saca avisos sobre “la buena calidad y el bajo precio de famosas marcas imitadas en China”.

Tiempo atrás, detectar falsificaciones era bastante sencillo, pues el inglés de las etiquetas era un desastre; en particular, en las advertencias a la salud del fumador. Hoy, escáners e impresoras han avanzado al punto de producir paquetes de superior calidad, indistinguibles de los verdaderos.

En general, los cigarrillos “truchos” viajan en contenedores, disimulados entre juguetes, electrónicos y otros artículos (a diferencia de la cocaína o la heroína, no hay perros adiestrados para detectar cigarrillos). Una unidad puede llevar 425.000 cartones, cuyo precio de origen en China oscila en torno de US$ 120.000 por partida (costos, sobornos y gastos de transporte).

Presumiendo precios de tres a seis dólares por cartón en la calle, un contenedor promedio representa ventas por US$ 1,25 2,5 millones y utilidades de uno a dos millones. Estos números no conmueven en los países centrales. En noviembre de 2000, la Comisión Europea radicó una demanda contra RJ Reynols y Philips Morris por “promover el contrabando y no cooperar con las autoridades”. Además, recomendó a las aduanas “limitar en lo posible contactos con ejecutivos de esas firmas”.

Entretanto, funcionarios y fiscales siguen irritados por pasadas reticencias de las tabacaleras a colaborar en investigaciones y causas por contrabando. Un ejemplo ya clásico es RJR International. En 1997, España confiscó una gran partida de sus cigarrillos y la compañía se negó a dar informaciones porque, como tiene sede en Ginebra, “los datos están amparados por el secreto bancario suizo”.

Hoy, los mismos que se dedicaban a contrabandear cigarrillos auténticos encuentran más redituables las imitaciones baratas. Desde China a Paraguay. No sin cierta audacia, British American Tobacco define las falsificaciones como “un mal social”. Las restantes –Altria-Philip Morris, Japan Tobacco, Imperial Tobacco Group- gastan bastante para defender sus marcas. Pero Estados Unidos y la Unión Europea las consideran hipócritas.

Diversos estados las han acusado, durante veinte años (1981-2000), de abastecer a intermediarios del contrabando, conociendo el destino de su mercadería. A fines de la década pasada, por ejemplo, una subsidiaria de RJ Reynolds y su director de ventas fueron sentenciados por orquestar una compleja maniobra.

Era un viaje de ida y vuelta. Cigarrillos de RJR Canada se exportaban a EE.UU. y luego se reexportaban al vecino nórdico. Objeto: burlar los altos impuestos internos en el país de origen. Ahora, esas trampas se vuelven contra la industria misma.

Se estimaba, a fines de 2002, que uno de cada cuatro cartones exportados en el mundo era de contrabando. Las pérdidas fiscales equivalían a unos US$ 30.000 millones cada año. Pero, si a las aduanas les da igual que los productos sean reales o falsos, para las empresas la diferencia es clave.

Mientras el contrabando era de atados genuinos, las compañías penetraban en mercados donde las trabas a la importación o el bajo poder de compra restringen ventas. Pero las falsificaciones las reducen y, además, deterioran la lealtad del público: si un fumador compra un atado en apariencia genuino y le sabe mal, perdió la marca.

Fuentes de la industria estiman que se venden hasta 200.000 millones de cigarrillos falsos cada año en el mundo. Es decir. 4% del consumo o un atado diario para más de 27 millones de fumadores (y la tendencia avanza). En los últimos mes, solo Philip Morris ha demandado a 2.800 mayoristas, casi todos en California, por ofrecer Marlboro “truchos” provenientes de China. BAT ha detectado imitaciones en setenta países. Allí donde haya un mercado negro, gran parte se compone de atados falsos.

Finalmente, las cuatro grandes han puesto a un lado sus diferencias para hacer frente al fenómeno. En enero, tres de ellas (BAT, Altria, Japan Tobacco), formaron una alianza. Meses después, China inició una campaña contra los falsificadores masivos. Quedan los Balcanes y Paraguay, donde el negocio cuenta con la tradicional –y rentada- complicidad de altos funcionarios, dirigentes y aduanas.

Por supuesto, las tabacaleras no están solas, pues existe un próspero tráfico internacional de fármacos, cosméticos, artículos de cuero, videos, música, electrónicos y software falsos o pirateados. Según la International Chamber of Commerce –que maneja datos algo viejos-, en 2000 el contrabando y lo “trucho” sumaban US$ 450.000 millones alrededor del planeta. Vale decir, 8% del comercio mundial.

Pero sólo las tabacaleras solían beneficiarse por el tráfico ilegal de sus propios productos. Hasta que emergieron las imitaciones. Este cambio y la presión de varios gobiernos hicieron que rompieran lazos con distribuidores asociados al contrabando mayorista.

Lo malo es que estos esfuerzos para limpiar la casa tiendan a perjudicarlas más. Al no poder obtener productos genuinos, esos mismos intermediarios se pasaron a las falsificaciones, aprovechando sus propias redes en el mercado negro.

De paso, sacan partido de Internet. Así, Alibaba.com, un “portal de exportación e importación”, saca avisos sobre “la buena calidad y el bajo precio de famosas marcas imitadas en China”.

Tiempo atrás, detectar falsificaciones era bastante sencillo, pues el inglés de las etiquetas era un desastre; en particular, en las advertencias a la salud del fumador. Hoy, escáners e impresoras han avanzado al punto de producir paquetes de superior calidad, indistinguibles de los verdaderos.

En general, los cigarrillos “truchos” viajan en contenedores, disimulados entre juguetes, electrónicos y otros artículos (a diferencia de la cocaína o la heroína, no hay perros adiestrados para detectar cigarrillos). Una unidad puede llevar 425.000 cartones, cuyo precio de origen en China oscila en torno de US$ 120.000 por partida (costos, sobornos y gastos de transporte).

Presumiendo precios de tres a seis dólares por cartón en la calle, un contenedor promedio representa ventas por US$ 1,25 2,5 millones y utilidades de uno a dos millones. Estos números no conmueven en los países centrales. En noviembre de 2000, la Comisión Europea radicó una demanda contra RJ Reynols y Philips Morris por “promover el contrabando y no cooperar con las autoridades”. Además, recomendó a las aduanas “limitar en lo posible contactos con ejecutivos de esas firmas”.

Entretanto, funcionarios y fiscales siguen irritados por pasadas reticencias de las tabacaleras a colaborar en investigaciones y causas por contrabando. Un ejemplo ya clásico es RJR International. En 1997, España confiscó una gran partida de sus cigarrillos y la compañía se negó a dar informaciones porque, como tiene sede en Ginebra, “los datos están amparados por el secreto bancario suizo”.

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