Unión Europea: un rescate que empalidece ante el de China

Sin mucha convicción, la comisión europea presentó un paquete reactivador por € 200.000 millones (US$ 260.000 millones). Apenas 34% de los 590.000 millones anunciados poco antes desde Beijing para 2009-10.

27 noviembre, 2008

Probablemente, las obvias desinteligencias entre Francia, Alemania y Gran Bretaña –las tres economías mayores del área- contribuyeron a aguar el paquete. Sin duda, el monto no alcanzará para fomentar una reactivación seria en veintisiete países, aun recordando que el trío tiene sus propios programas nacionales.

Bruselas, en efecto, encara una marquetería de economías muy disímiles entre sí. Por un lado, la Eurozona es un bloque en parte homogéneo y desarrollado, salvo Grecia o Portugal. Por el otro, las apresuradas incorporaciones de 2005 involucran economías en desarrollo (Chequia, Hungría, Eslovaquia, las repúblicas bálticas) o retrasadas (Polonia, Rumania, Bulgaria).

En cierto modo, el plan puso contentos sólo a los banqueros privados, cuya situación no es tan severa como la de los norteamericano. En verdad, la modestia de los rescates regional y nacionales –en suma, ni se acercan al casi billón y medio de EE.UU.- parece garantía de que las presiones políticas o sociales no acabe con lo que queda de Maastricht (1992) y sus ilusiones de estabilidad fiscal.

No obstante, el nuevo programa de la CE depende de cómo lo reciban los veintisiete. Con ese objeto, Bruselas (donde sobrevive el increíble José Manoel Barroso) dora a pildora prometiendo que se flebilizará por dos años la “cláusula imposible” de Maastricht: no dejar que el déficit de cada estado supere 3% de cada producto bruto interno.

Probablemente, las obvias desinteligencias entre Francia, Alemania y Gran Bretaña –las tres economías mayores del área- contribuyeron a aguar el paquete. Sin duda, el monto no alcanzará para fomentar una reactivación seria en veintisiete países, aun recordando que el trío tiene sus propios programas nacionales.

Bruselas, en efecto, encara una marquetería de economías muy disímiles entre sí. Por un lado, la Eurozona es un bloque en parte homogéneo y desarrollado, salvo Grecia o Portugal. Por el otro, las apresuradas incorporaciones de 2005 involucran economías en desarrollo (Chequia, Hungría, Eslovaquia, las repúblicas bálticas) o retrasadas (Polonia, Rumania, Bulgaria).

En cierto modo, el plan puso contentos sólo a los banqueros privados, cuya situación no es tan severa como la de los norteamericano. En verdad, la modestia de los rescates regional y nacionales –en suma, ni se acercan al casi billón y medio de EE.UU.- parece garantía de que las presiones políticas o sociales no acabe con lo que queda de Maastricht (1992) y sus ilusiones de estabilidad fiscal.

No obstante, el nuevo programa de la CE depende de cómo lo reciban los veintisiete. Con ese objeto, Bruselas (donde sobrevive el increíble José Manoel Barroso) dora a pildora prometiendo que se flebilizará por dos años la “cláusula imposible” de Maastricht: no dejar que el déficit de cada estado supere 3% de cada producto bruto interno.

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