Semana de cuatro días: ¿un modelo económico más justo?

La mayoría de los países industriales no ha cambiado de forma sustancial la semana laboral de 40 horas, conseguidas durante las luchas sindicales de los años setenta.

30 marzo, 2021

Por: Mario Pansera (*)

En junio de 1930 el economista británico John Maynard Keynes se encontraba en Madrid dando una conferencia titulada “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”.

Keynes predijo entonces que en unos 100 años los europeos llegarían a un nivel de desarrollo tecnológico que facilitaría la reducción de la semana laboral a tan solo 15 horas. Previsiones similares se volvieron a hacer en la posguerra, sobre todo durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. Incluso a principios de los ochenta, el filósofo André Gorz escribía: “La abolición del trabajo es un proceso que ya está en marcha (…) las formas para manejar este proceso constituyen el debate político más importante de las próximas décadas”.

Han pasado casi 100 años y la profecía de Keynes todavía no se ha cumplido.

 Productividad, precariedad, moralidad

 En 1919, tras la huelga en la fábrica barcelonesa de La Canadiense, España fue el primer país en aprobar la jornada laboral de 8 horas. En 2021, el Gobierno acaba de arrancar un plan piloto, sustentado con fondos europeos, para probar la semana laboral 4 días.

La mayoría de los países industriales no ha cambiado de forma sustancial la semana laboral de 40 horas, conseguidas durante las luchas sindicales de los setenta. Según datos de la OCDE, en 2019 en España se trabajó, en promedio, 1 686 horas, bastante menos de las 2 137 horas de México, pero casi 300 horas más que en Dinamarca. ¿Por qué seguimos trabajando prácticamente las mismas horas que nuestros abuelos?

Keynes argumentaba que la disminución de la jornada laboral se produciría por un aumento sostenido de la productividad, debido sobre todo a la innovación tecnológica. Es cierto que ahora, gracias a la innovación, producimos rápidamente más cosas con menos recursos.

A partir de la década de los cincuenta la productividad, sobre todo en los países industrializados de la OCDE, ha crecido de forma sostenida. Sin embargo, ni las horas trabajadas ni la remuneración por hora trabajada ha seguido una evolución proporcional a este patrón. El caso más claro es el de Estados Unidos, donde a partir de la década de los setenta el aumento de la productividad no ha influido de forma relevante en la compensación horaria de los trabajadores y trabajadoras norteamericanos.

Además, se ve claramente cómo, a partir de finales de los setenta, coincidiendo con la era Thatcher-Reagan, los incrementos de productividad han ido alimentando la renta del capital en detrimento de los salarios que, por lo menos en Occidente, no se han incrementado de una forma proporcional al desarrollo tecnológico.

Es más, en algunos sectores los salarios han perdido paulatinamente su poder adquisitivo, los trabajos son cada vez más precarios y sus condiciones más desfavorables. Muchos jóvenes en Europa están desempleados, otros luchan para encontrar un trabajo estable y el número de trabajadores pobres (o sea, personas que luchan para sobrevivir a pesar de tener un trabajo), ha aumentado de forma preocupante.

En Reino Unido, dos tercios de los 8 millones de personas que viven por debajo del umbral de pobreza tienen un trabajo estable. Según el sindicato español UGT, en 2020, en España, el 12,7% de los empleados entrarían en la categoría de trabajadores pobres. Si a este escenario le añadimos el impacto de las tecnologías digitales, que aumenta enormemente la productividad individual al mantenernos conectados 24 horas al día, podríamos sumar también el aumento de estrés y de las horas efectivas de trabajo.

No solo no hemos llegado a trabajar 15 horas a la semana, sino que también hemos multiplicado los llamados trabajos inútiles.

El antropólogo recientemente fallecido David Graeber documenta en su libro “Trabajos de Mierda” el fenómeno de la proliferación de trabajos considerados por los mismos trabajadores como inútiles, es decir, que no aportan ningún valor a la sociedad o que incluso son dañinos para la misma. Graeber calculaba que entre el 20% y 30% de los trabajadores/as en el mundo anglosajón consideraban su trabajo inútil.

¿Cómo es posible, se preguntaba, que un sistema que se supone el más eficiente de todos, produzca trabajos inútiles y dañinos para la sociedad, el medioambiente y las personas que los realizan? Graeber llegaba a la conclusión de que el trabajo no es simplemente algo que necesita la sociedad industrial para producir riqueza, sino que es, sobre todo, un imperativo moral.

Nuestra sociedad no concibe otra lógica que no sea la de trabaja duro y conseguirás tus sueños. Es la ética protestante llevada a su máxima expresión. Según esta visión, el capitalismo industrial nos mantiene en un estado constante de ansiedad por conseguir un trabajo que nos dignifique moralmente, pagando el precio de terminar haciendo trabajos horribles y nocivos para no sufrir el estigma del desempleo.

Un nuevo mundo: poscrecimiento y postrabajo

El trabajo como imperativo moral se combina perfectamente con otra religión de nuestro tiempo: el crecimiento económico. Si el PIB tiene que crecer de forma sostenida un mínimo de 3% al año, se entiende perfectamente cómo una reducción del horario de trabajo no es una opción viable. Sin embargo, la idea del crecimiento infinito lleva años siendo cuestionada por científicos y más recientemente por un número creciente de economistas.

Hoy sabemos que organizar la economía para conseguir un aumento constante de un indicador como el PIB no solo es destructivo para el medioambiente, que ofrece recursos abundantes pero no infinitos, sino que también, después de un cierto punto, deja de producir bienestar.

Desde hace años, expertos como el economista catalán Joan Martínez Alier denuncian la insensatez de perseguir un crecimiento infinito. Más recientemente, académicos como Tim Jackson y Kate Raworth, e incluso agencias de la UE, han propuesto con urgencia la necesidad de crear una economía poscrecimiento. La idea es que una sociedad puede prosperar sin tener que aumentar su producción y consumo de forma indefinida.

Una solución posible sería crear un sistema económico poscrecimiento basado en indicadores cualitativos mucho más complejos y acertados que el PIB. Un mundo poscrecimiento debería ser también un mundo postrabajo, donde este ya no sea un imperativo moral sino un elemento necesario, pero no central, en el desarrollo del bienestar de las personas.

En términos concretos, esto implica una radical redistribución de la riqueza y una transformación en las inversiones de las ganancias generadas por la productividad. Una parte de esas ganancias debería servir para seguir innovando y el resto para disminuir progresivamente las horas trabajadas, hasta llegar a un mínimo que permita una vida digna y satisfactoria.

Además, una reducción del horario laboral ayudaría a la conciliación familiar y a la vida social y personal, aumentando el tiempo dedicado a otras actividades que mejoren el bienestar general (arte, deporte, etcétera).

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