Rasgos mafiosos agravan la crisis oficialista en el congreso

A fin de septiembre, acusado de asociación ilícita, Thomas DeLay –ex jefe de la mayoría republicana en diputados- trató de “canalla” a Ronald Earle, fiscal de Texas. A eso se añadió, el 4, algo mucho peor: lavado de fondos y un crimen.

Obligado a dimitir tras la primera acusación, la segunda puede privar del escaño al hombre que ha manejado durante años su bancada y la cámara baja íntegra con puño de hierro. Sin hablar del empleo discrecional de fondos en las campañas electorales ni de los estrechos lazos entre DeLay, la familia Bush y el vicepresidente Richard Cheney. “Un símbolo de la politiquería tejana que se ha enseñoreado de todo el país”, señalaba el “Boston Globe”.

Otro papel de DeLay era sobornar o extorsionar a legisladores opositores o disidentes para reunir los votos necesarios a George Walker Bush y sus proyectos favoritos. Así ocurrió en 2003, cuando un grupo nutrido de republicanos iba a votar contra la costosa reforma en el sistema de asistencia médica. Ahí pusieron dinero algunas farmoquímicas. Tiempo después, este año, DeLay forzó el pasaje del acuerdo entre Estados Unidos y Centroamérica, para formar una zona de libre comercio que beneficia sólo a determinados sectores empresarios norteamericanos y sus socios locales.

La caída del diputado puede afectar una larga serie de leyes aprobadas merced a sus maniobras y las de sus operadores. Especialmente Jack Abramoff, un poderoso gestor de negocios turbios que funcionaba como polea de transmisión en el sistema controlado por DeLay. Sumido en una serie de escándalos, inclusive fraude en casinos, el “lobbyist” ha desaparecido de los lugares que solía frecuentar.

Se trata del eslabón más débil de la cadena que lleva a DeLay y Bush. El asunto de los casinos se relaciona con un asesinato por encargo, donde están implicados tres ítalo norteamericanos, ya en la cárcel. Echado de la universidad por violento y veterano de golpes militares en Venezuela y aledaños, a DeLay no lo turban -en apariencia- sus nexos con el prófugo Abramoff. “Quizá porque lo supone callado para siempre”, presumía un diario de Monterrey.

El derrumbe de DeLay será un hecho político crucial, debido a su estilo de “no hacer prisioneros”. O sea, acabar con adversarios, rivales y opositores, que ahora volverán para ajustar cuentas. Este personaje, comentaba el “Washington Post”, había inventado “un aparato cerrado, donde los legisladores quedan sometidos al comité central del partido, los ‘lobbies’, los recaudadores de fondos electorales, las empresas aportantes y el gobierno federal”.

Los rasgos mafiosos que encarnan DeLay y su socio Abramoff bien podrían ser el Watergate de Bush.

Obligado a dimitir tras la primera acusación, la segunda puede privar del escaño al hombre que ha manejado durante años su bancada y la cámara baja íntegra con puño de hierro. Sin hablar del empleo discrecional de fondos en las campañas electorales ni de los estrechos lazos entre DeLay, la familia Bush y el vicepresidente Richard Cheney. “Un símbolo de la politiquería tejana que se ha enseñoreado de todo el país”, señalaba el “Boston Globe”.

Otro papel de DeLay era sobornar o extorsionar a legisladores opositores o disidentes para reunir los votos necesarios a George Walker Bush y sus proyectos favoritos. Así ocurrió en 2003, cuando un grupo nutrido de republicanos iba a votar contra la costosa reforma en el sistema de asistencia médica. Ahí pusieron dinero algunas farmoquímicas. Tiempo después, este año, DeLay forzó el pasaje del acuerdo entre Estados Unidos y Centroamérica, para formar una zona de libre comercio que beneficia sólo a determinados sectores empresarios norteamericanos y sus socios locales.

La caída del diputado puede afectar una larga serie de leyes aprobadas merced a sus maniobras y las de sus operadores. Especialmente Jack Abramoff, un poderoso gestor de negocios turbios que funcionaba como polea de transmisión en el sistema controlado por DeLay. Sumido en una serie de escándalos, inclusive fraude en casinos, el “lobbyist” ha desaparecido de los lugares que solía frecuentar.

Se trata del eslabón más débil de la cadena que lleva a DeLay y Bush. El asunto de los casinos se relaciona con un asesinato por encargo, donde están implicados tres ítalo norteamericanos, ya en la cárcel. Echado de la universidad por violento y veterano de golpes militares en Venezuela y aledaños, a DeLay no lo turban -en apariencia- sus nexos con el prófugo Abramoff. “Quizá porque lo supone callado para siempre”, presumía un diario de Monterrey.

El derrumbe de DeLay será un hecho político crucial, debido a su estilo de “no hacer prisioneros”. O sea, acabar con adversarios, rivales y opositores, que ahora volverán para ajustar cuentas. Este personaje, comentaba el “Washington Post”, había inventado “un aparato cerrado, donde los legisladores quedan sometidos al comité central del partido, los ‘lobbies’, los recaudadores de fondos electorales, las empresas aportantes y el gobierno federal”.

Los rasgos mafiosos que encarnan DeLay y su socio Abramoff bien podrían ser el Watergate de Bush.

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