¿Quién entiende al Ejército Islámico?

¿Por qué ocurrió que se subestimó tanto a esta organización político-militar, que no se tuvo en cuenta su capacidad logística y propagandística, su increíble crueldad y fanatismo? Por Miguel Ángel Diez.

16 noviembre, 2015

Pero lo más importante, ¿cómo es que los servicios de seguridad de las principales potencias militares del planeta son incapaces de anticipar la estrategia de este grupo tan diferente a otros combatientes jihadistas?

El año pasado, cuando el Papa Francisco habló de episodios de una Tercera Guerra mundial que ya había comenzado, los principales estadistas del mundo guardaron un diplomático y respetuoso silencio. Mejor no dejar en ridículo al Vaticano, habrán supuesto. Fue el mismo Francisco el que descartó una “guerra religiosa del siglo 21”, como sostenían algunos teóricos de las ciencias políticas. Se trata del fundamentalismo, expresó.

Para el mismo tiempo, Barack Obama –que buscaba retirarse totalmente del Medio Oriente- sostenía que se trataba de otro grupo de rebeldes sirios como los tantos otros que combaten al gobierno del presidente Assad.

Después de los degüellos públicos de varios rehenes – incluyendo estadounidenses- y con la presión de la opinión pública encima, recién en septiembre pasado – y de modo renuente- accedió a formar una milicia árabe para combatir a estos fanáticos: dinero, armas y municiones.

Está claro que el esquema no funcionó, como tampoco algunas acciones aéreas de los aliados occidentales. Entonces fue el momento de Vladimir Putin, quien encarna la humillación que sufren los rusos al ver que el mundo los considera como un Estado paria, una potencia que fue, pero que ya no tiene importancia. Y comenzaron los bombardeos rusos sobre Siria. Con una particularidad. Más que atacar al EI, lo hizo contra otras agrupaciones opuestas a su aliado, el presidente Assad.

Esto tensó la relación con Estados Unidos y con la Unión Europea. Hasta que un avión civil ruso, lleno de turistas, explotó tras dejar un aeropuerto egipcio. Una bomba en la bodega, habría sido la causa.

De inmediato siguieron varios atentados menores, luego una masacre en El Líbano (en un barrio dominado por Hamas, otra agrupación militante rival de EI), y finalmente la carnicería de París. Estado Islámico pretende tener el potencial de golpear en cualquier lugar del mundo.

Parece impredecible.

 

Al principio, parecía que su diferencia con Al Qaeda (de donde provenía) era la intención de construir un califato sobre un vasto territorio en Iraq y Siria. Y ejercer poder territorial, antes que golpear “afuera”. Entonces, ¿qué ocurrió para que cambiara la estrategia?

Tal vez la respuesta es que están ahora sometidos a fuerte presión en el territorio ocupado. En la última quincena perdieron el control de una base aérea siria que habían logrado ocupar. También fueron desalojados de la ciudad de Sinjar en Iraq (donde la población local, los yazidi, fueron antes masacrados).

Entonces golpearon en un lugar ejemplar: París, ciudad de pecado, de diversión, de alegría, representativa de todo lo que odia este fanatismo. Y con células locales, incluso ciudadanos belgas o franceses de origen árabe. No se trata de sirios refugiados, como pretende la derecha de Marina Le Pen. Es algo mucho más complejo.

En este momento, en la reunión del G-20 en Turquía, el tema del crecimiento económico global pasó a segundo plano. Este terrorismo es el que concentra la atención de los Jefes de Estado. Así lo demostró la reunión privada –no pautada antes- entre Obama y Putin. Así lo revela la intención de varios líderes europeos de hacer algunas concesiones a Moscú, para que Rusia coordine sus esfuerzos con los aliados. Todo esto mientras los aviones franceses daban su respuesta bombardeado Raqqa, la supuesta capital del “nuevo califato”.

El Ejército Islámico apareció en 2013, como un desprendimiento de Al Qaeda. A partir de ese momento comenzó un proceso de continua expansión territorial en Iraq y en Siria, sin que las tropas de ambos estados pudieran detenerlos. Crearon “un califato”, gobierno de un nuevo Estado y ganaron reputación de ferocidad y crueldad con actos que se ocuparon de divulgar a través de las redes sociales.

Su deseo hegemónico, lo llevó al enfrentamiento de otras organizaciones armadas árabes, hasta que al final vino el rompimiento original con Al Qaeda, de donde habían surgido.

 

 

 

 

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