Prodi y Chirac, de nuevo contra el ingreso turco

Este fin de semana, Jacques Chirac se unió a Romano Prodi en objetar el cronograma de entrada turca. Angora no se sorprendió, pues los NO plebiscitarios en Francia y Holanda –más la diplomacoa vaticana- apuntaban a eso.

11 julio, 2005

Esas nuevas actitudes se tronan comunes. Muchos dirigentes otomanos se preguntan si la Unión Europea vale la pena, mientras reexaminan sus relaciones con Washington, deterioradas a raíz de la invasión a Irak y la política pro curda de la ocupación. Esos matices explican el interés en nuevas, discretas propuestas de Moscú a Angora y los países centroasiáticos de habla turca, en cuanto a armar un “bloque eurasiático”.

Por supuesto, pocos creen en el plan estadounidense para imponer en Levante una democracia occidental. Pero, fuera de ello, el propio primer ministro, Recip Tayyip Erdögän, visitó semanas atrás Washington, donde recibió apoyo a gestiones para finalizar el aislamiento político y económico de la Chipre turca.

Formalmente, la UE iniciará conversaciones sobre ingreso el 3 de octubre. Con ese objeto, Angora sancionó un nuevo código penal y firmó un protocolo por el cual la antigua unión aduanera europea –que Turquía integra desde 1963- se extendió a los nuevos miembros, inclusive la Chipre griega.

Sin embargo, las perspectivas de ingreso tornan a obscurecerse. La ola de intolerancia étnica que recorre la UE –más tras los atentados de al-Qa’eda en Londres- se cifra en los “peligros” que entraña un país con 80 millones de musulmanes (proyección hacia 2015) más pobres que, por ejemplo, Polonia con sus futuros 50 millones de católicos. De paso, esa eventual UE limitaría con Siria, Irak , Irán y una volátil marquetería de republiquetas caucásicas.

Ya algunos políticos europeos hablan abiertamente de “asociado especial”, no ya de socio pleno, cuando se refieren an Turquía. La idea, lanzada hace tres años por el chauvinista Valéry Giscard d’Estaing, ex presidente francés, acaba de ser retomada por los democristanos alemanes. Su líder, Angela Merkel –muy influida por Ratzinger-, se presenta en septiembre para disputarle el gobierno a Gerhard Schröder y promete bloquear las negociaciones con Angora, si gana las elecciones.

Pero hay otra promesa letal. En 2004, Jacques Chirac –sucesor de Giscard- anunció que el ingreso turco sería sometido a… un plebiscito. Tras el estruendoso fracaso del referendo constitucional, eso sería peor que el bloqueo germano. Por su lado, muchos turcos están hartos de las múltiples exigencias -sin garantías proporcionales- impuestas a su ingreso.

Un creciente grupo de políticos, empresarios e intelectuales empieza a vislumbrar el día cuando Turquía ya no precise a la UE, merced al apoyo de EE.UU. y… Rusia. Por de pronto, hay un marco económico favorable: el PBI repuntó casi 10% en 2004 y puede añadir 6% en 2005, el actual desempleo (10%) es el menor en más de treinta años y aumentan las inversiones externas directa, pues la secular corrupción turca va aflojando.

Esas nuevas actitudes se tronan comunes. Muchos dirigentes otomanos se preguntan si la Unión Europea vale la pena, mientras reexaminan sus relaciones con Washington, deterioradas a raíz de la invasión a Irak y la política pro curda de la ocupación. Esos matices explican el interés en nuevas, discretas propuestas de Moscú a Angora y los países centroasiáticos de habla turca, en cuanto a armar un “bloque eurasiático”.

Por supuesto, pocos creen en el plan estadounidense para imponer en Levante una democracia occidental. Pero, fuera de ello, el propio primer ministro, Recip Tayyip Erdögän, visitó semanas atrás Washington, donde recibió apoyo a gestiones para finalizar el aislamiento político y económico de la Chipre turca.

Formalmente, la UE iniciará conversaciones sobre ingreso el 3 de octubre. Con ese objeto, Angora sancionó un nuevo código penal y firmó un protocolo por el cual la antigua unión aduanera europea –que Turquía integra desde 1963- se extendió a los nuevos miembros, inclusive la Chipre griega.

Sin embargo, las perspectivas de ingreso tornan a obscurecerse. La ola de intolerancia étnica que recorre la UE –más tras los atentados de al-Qa’eda en Londres- se cifra en los “peligros” que entraña un país con 80 millones de musulmanes (proyección hacia 2015) más pobres que, por ejemplo, Polonia con sus futuros 50 millones de católicos. De paso, esa eventual UE limitaría con Siria, Irak , Irán y una volátil marquetería de republiquetas caucásicas.

Ya algunos políticos europeos hablan abiertamente de “asociado especial”, no ya de socio pleno, cuando se refieren an Turquía. La idea, lanzada hace tres años por el chauvinista Valéry Giscard d’Estaing, ex presidente francés, acaba de ser retomada por los democristanos alemanes. Su líder, Angela Merkel –muy influida por Ratzinger-, se presenta en septiembre para disputarle el gobierno a Gerhard Schröder y promete bloquear las negociaciones con Angora, si gana las elecciones.

Pero hay otra promesa letal. En 2004, Jacques Chirac –sucesor de Giscard- anunció que el ingreso turco sería sometido a… un plebiscito. Tras el estruendoso fracaso del referendo constitucional, eso sería peor que el bloqueo germano. Por su lado, muchos turcos están hartos de las múltiples exigencias -sin garantías proporcionales- impuestas a su ingreso.

Un creciente grupo de políticos, empresarios e intelectuales empieza a vislumbrar el día cuando Turquía ya no precise a la UE, merced al apoyo de EE.UU. y… Rusia. Por de pronto, hay un marco económico favorable: el PBI repuntó casi 10% en 2004 y puede añadir 6% en 2005, el actual desempleo (10%) es el menor en más de treinta años y aumentan las inversiones externas directa, pues la secular corrupción turca va aflojando.

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