Medio mundo anda tras el gas natural de Saudiarabia

El gobierno saudí confirmó esta semana que negocia nuevos acuerdos con China y Rusia. Por de pronto, empresas de ambos países figuran entre las primeras que explorarán y explotarán reservas de gas natural en más de treinta años.

Ya se han subscripto contratos con Lukoil –una de las mayores petroleras rusas- y Sinopec, gran productor chino de hidrocarburos. Lo más interesante es que ambos convenios llenan un vacío: el creado por petroleras norteamericanas líderes, que –en 2003- no llegaron a acuerdo con Riyadh sobre términos y condiciones. Varios analistas ven en eso otro signo de “enfriamiento” entre Estados Unidos y Saudiarabia.

“Sin duda, la cooperar en esta materia implica hacerlo en otras”, declaró Alí al-Naimí, ministro de Hidrocarburos. La señal es clara para Washington, pues Rusia es el mayor productor fuera de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, cuyo socio dominante es el reino saudí. La crisis global lleva a alianzas estratégicas y realineamientos inimaginables hace pocos meses”, opina la consultora PFC Energy.

Los esfuerzos de Riyadh, todavía productor líder, empiezan a rendir frutos dentro y fuera de la OPEP. Especialmente en cuanto a precios: desde la primera guerra del golfo o vísperas de la segunda, el petróleo no mantenía pisos (US$ 30/32) como lo hace ahora. Gracias a eso, el producto bruto interno árabe creció 6% en 2003.

No obstante, los saudíes han ido quedándose atrás en el desarrollo de exploraciones y explotaciones de gas natural. En esto, su política difiere de las aplicadas por Irán, Qatar o la Unión de Emiratos Árabes. “Precisamos inversiones y tecnología del exterior para subsanar retrasos”, afirma Abdullá Jum’ha, presidente ejecutivo de Saudi Aramco, controlada por la casa real (su nombre original suena a ironía: Arab-American Company).

Las relaciones con China, el mayor importador de crudos saudíes, se consideran vitales. Jum’ha reveló que Saudi Aramco negocia tomar 25% en el paquete de Sinopec. Pero también se subscribieron contratos con el italiano Ente Nazionale Idrocarburi (ENI), la española Repsol, la angloholandesa Royal Dutch/Shell y la francesa Total. Todo ello como resultado de haberse caído –en junio- un proyecto gasífero con ExxonMobil, la primera firma de su tipo en el mundo.

Por supuesto, las compañías norteamericanas siguen activas en refinería y petroquímica. “Perdieron” el gas por no aceptar exigencias financieras y operativas. En este caso, Riyadh pedía –a cambio- desarrollar usinas eléctricas y plantas desalinizadoras de agua.

Básicamente, Saudiarabia busca activar, vía gas natural, el “cuarto vacío”del país, o sea el desierto de arenas móviles que se extiende al sur y el sudeste. En su momento, ChevronTexaco se mostró interesada, pero tampoco obtuvo contratos.

En un plano general, varios analistas sectoriales son escépticos en cuanto a posibilidades de que las inversiones comprometidas (US$ 800 millones) generen aumentos significativos en la producción de gas. Con una población de 24 millones, su propia demanda interna presiona. En reservas, el reino figura cuarto, pero no tiene planes de exportar el fluido a Occidente. En este aspecto, lo aventajan Indonesia, Qatar y Argelia.

Al-Naimí estima que el consumo interno se doblará de ahora a 2025 y rozará los 14.000 millones de metros cúbicos diarios. Si bien el ministro no lo dice, estos nuevos planes denotan que –en la óptica árabe- los precios petroleros seguirán bastante tiempo en pisos elevados. Por ende, Riyadh echará mano al gas (como insumo industrial) para liberar unos ocho millones de barriles diarios de crudos y destinarlos a la exportación.

Un tercer aspecto se relaciona con las crecientes dificultades de los árabes para conseguir empleo. Saudi Aramco cree que los nuevos proyectos crearán 35.000 puestos directos y 150.000 indirectos. Paralelamente y emulando el proteccionismo laboral incipiente en EE.UU., se ha lanzado un programa para “saudizar” empleos en manos de extranjeros, inclusive musulmanes.

Ya se han subscripto contratos con Lukoil –una de las mayores petroleras rusas- y Sinopec, gran productor chino de hidrocarburos. Lo más interesante es que ambos convenios llenan un vacío: el creado por petroleras norteamericanas líderes, que –en 2003- no llegaron a acuerdo con Riyadh sobre términos y condiciones. Varios analistas ven en eso otro signo de “enfriamiento” entre Estados Unidos y Saudiarabia.

“Sin duda, la cooperar en esta materia implica hacerlo en otras”, declaró Alí al-Naimí, ministro de Hidrocarburos. La señal es clara para Washington, pues Rusia es el mayor productor fuera de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, cuyo socio dominante es el reino saudí. La crisis global lleva a alianzas estratégicas y realineamientos inimaginables hace pocos meses”, opina la consultora PFC Energy.

Los esfuerzos de Riyadh, todavía productor líder, empiezan a rendir frutos dentro y fuera de la OPEP. Especialmente en cuanto a precios: desde la primera guerra del golfo o vísperas de la segunda, el petróleo no mantenía pisos (US$ 30/32) como lo hace ahora. Gracias a eso, el producto bruto interno árabe creció 6% en 2003.

No obstante, los saudíes han ido quedándose atrás en el desarrollo de exploraciones y explotaciones de gas natural. En esto, su política difiere de las aplicadas por Irán, Qatar o la Unión de Emiratos Árabes. “Precisamos inversiones y tecnología del exterior para subsanar retrasos”, afirma Abdullá Jum’ha, presidente ejecutivo de Saudi Aramco, controlada por la casa real (su nombre original suena a ironía: Arab-American Company).

Las relaciones con China, el mayor importador de crudos saudíes, se consideran vitales. Jum’ha reveló que Saudi Aramco negocia tomar 25% en el paquete de Sinopec. Pero también se subscribieron contratos con el italiano Ente Nazionale Idrocarburi (ENI), la española Repsol, la angloholandesa Royal Dutch/Shell y la francesa Total. Todo ello como resultado de haberse caído –en junio- un proyecto gasífero con ExxonMobil, la primera firma de su tipo en el mundo.

Por supuesto, las compañías norteamericanas siguen activas en refinería y petroquímica. “Perdieron” el gas por no aceptar exigencias financieras y operativas. En este caso, Riyadh pedía –a cambio- desarrollar usinas eléctricas y plantas desalinizadoras de agua.

Básicamente, Saudiarabia busca activar, vía gas natural, el “cuarto vacío”del país, o sea el desierto de arenas móviles que se extiende al sur y el sudeste. En su momento, ChevronTexaco se mostró interesada, pero tampoco obtuvo contratos.

En un plano general, varios analistas sectoriales son escépticos en cuanto a posibilidades de que las inversiones comprometidas (US$ 800 millones) generen aumentos significativos en la producción de gas. Con una población de 24 millones, su propia demanda interna presiona. En reservas, el reino figura cuarto, pero no tiene planes de exportar el fluido a Occidente. En este aspecto, lo aventajan Indonesia, Qatar y Argelia.

Al-Naimí estima que el consumo interno se doblará de ahora a 2025 y rozará los 14.000 millones de metros cúbicos diarios. Si bien el ministro no lo dice, estos nuevos planes denotan que –en la óptica árabe- los precios petroleros seguirán bastante tiempo en pisos elevados. Por ende, Riyadh echará mano al gas (como insumo industrial) para liberar unos ocho millones de barriles diarios de crudos y destinarlos a la exportación.

Un tercer aspecto se relaciona con las crecientes dificultades de los árabes para conseguir empleo. Saudi Aramco cree que los nuevos proyectos crearán 35.000 puestos directos y 150.000 indirectos. Paralelamente y emulando el proteccionismo laboral incipiente en EE.UU., se ha lanzado un programa para “saudizar” empleos en manos de extranjeros, inclusive musulmanes.

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