Lo que España demanda es una reforma a fondo

Los ciudadanos alejados de la vida política. La corrupción rampante en todos los ámbitos.

Justo ahora que en Italia, después de tres meses sin gobierno, se llegó a un acuerdo para que los socios victoriosos en elecciones, armen un equipo de gestión del Estado, en España empieza otra crisis. Acosado por denuncias sobre corrupción en su partido y su implicación en ella, el Presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, debió renunciar luego de siete años en el poder.

Comienza una etapa difícil: Bruselas no tendrá tiempo de respirar aliviada. En socios importantes de la Unión Europea se lucha por la estabilidad cotidiana.

En Madrid, el sucesor de Rajoy es Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista con un curioso record; perdió las últimas dos elecciones en las que compitió.

Nada garantiza que la actual composición le garantice tranquilidad. Está pendiente la cuestión catalana (los partidos representativos de vascos y catalanes votaron en contra de Rajoy), pero sobre todo con el auge reciente de partidos populistas (a izquierda y a derecha) está la promesa de cuestionamiento a los viejos partidos (tanto los populares desplazados como los recién llegados socialistas).

En muchos observadores y analistas locales predomina una convicción: para salir de esta crisis hay que avanzar en una reforma profunda, casi una refundación de muchas de las instituciones vigentes, y una diferente visión del futuro y de la convivencia entre las regiones y el poder central.

En síntesis, piensan que hace falta una reforma constitucional. Creen que “la transición” hacia la democracia luego de la muerte de Franco, tuvo enorme importancia, pero que ya está agotada.

Uno de los voceros más elocuentes de esta tesis es la abogada en temas internacionales, Mirian González Durántez, que acaba de publicar un artículo sobre esta idea central en el Financial Times.

La constitución de 1978, sostiene, logró un equilibrio difícil de lograr entre todos los actores políticos, con salvaguardas para que ninguna facción pudiera revertir la marcha hacia la democracia, y con reconocimiento a las regiones con los estatutos autonómicos. De esta manera, siguieron 40 años de vida democrática y de prosperidad económica.

Pero ahora – dice la especialista- la respuesta al descontento general no son cambios menores, irrelevantes, ni tampoco fórmulas tecnocráticas. Ahora los partidos nacionalistas de algunas regiones, están en el centro de la escena, reclamando poder efectivo a cambio de aportes económicos de sus economías. Entre tanto, la corrupción ha avanzado de modo notable y bien visible. Los dos grandes partidos tienen manchas en este terreno, tras largas y sonadas investigaciones judiciales. Hasta la crisis de 2008, muchas de estas anormalidades, fueron toleradas. Pero con el endurecimiento de la situación económica general, la tolerancia dejó paso al repudio, ahora en su etapa más virulenta. Gracias a ese caldo de cultivo, aparecieron nuevos partidos políticos que ganaron aceptación con enorme velocidad.

La crítica usual es a la estructura vertical de los partidos, viejos y nuevos, que hace que muchos ciudadanos se mantengan al tanto de la vida política activa. Si alguno de ellos logra atraer a los ciudadanos distantes tendrá una enorme base de poder. Lo que implica en verdad una reforma sustancial.

 

 

 

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