La verdad sobre la economía de Donald Trump, según Stiglitz

Se está convirtiendo en sabiduría convencional, dice el economista, que el presidente será difícil de derrotar en noviembre porque ha sido bueno para la economía del país. Nada más lejos de la verdad.

18 febrero, 2020

Ni el PBI ni el índice Dow Jones son buenos instrumentos para medir el desempeño económico del país. Ninguno dice nada sobre el nivel de vida del ciudadano común o la sustentabilidad.

 

Para obtener una buena lectura de la salud económica de un país hay que comenzar por observar la salud de sus ciudadanos. Si están felices y prósperos, tendrán salud y vivirán más. En este sentido, Estados Unidos está último entre los países desarrollados. La expectativa de vida, ya relativamente baja, cayó en cada uno de los dos primeros años de la presidencia de Trump y en 2017 la mortalidad a mitad de la vida alcanzó su marca más alta desde la Segunda Guerra Mundial. Esto no sorprende, porque ningún presidente ha hecho más para que más ciudadanos carezcan de seguro de salud. Millones han perdido su cobertura y en dos años la tasa de no asegurados creció de 10,9% a 13,7%.

 

Una de las razones que explican la declinación en la expectativa de vida son las muertes por alcohol, droga y suicidio.

 

Trump puede ser un buen presidente para el 1% más alto de la sociedad – y especialmente para el top 0,1% — peor no ha sido bueno para nadie más. El recorte impositivo de 201º7,m si se lo implemente plenamente, resultará en un aumento de los impuestos para las familias del segundo, tercero y cuarto nivel de ingresos.

 

Como los recortes impositivos benefician desproporcionadamente a los ultra ricos y a las empresas no debe sorprender que no hubo cambio significativo en el ingreso disponible de la familia media entre 2017 y 2018.

La parte del león del aumento en el PBI también va a los de arriba. La media de los ingresos reales está 2,6% del nivel que tenía cuando asumió Trump. Y los aumentos no han compensado los largos periodos de estancamiento salarial.

Tampoco hubo mucho progreso en reducir la disparidad racial.

 

El crecimiento generado no es ambientalmente sustentable, gracias a la eliminación de regulaciones en su gobierno. Como resultado el aire será menos respirable, el agua menos potable y el planeta más propenso al cambio climático.

 

Se suponía que la baja de impuestos iba a incentivar la inversión. En cambio, dio lugar a una ola de recompras de acciones a manos de las compañías más rentables del país y llevó a déficits récord en un país con pleno empleo. Y aun con poca inversión el país debió contraer deuda externa, US$ 500.000 millones anuales. El endeudamiento neto del país es de 10% en un solo año.

 

Además, las guerras comerciales de Trump, con todo su ruido y su furia, no redujeron el déficit comercial estadounidense, que era en 2018 un cuarto más alto de lo que era en 2016. Hasta el déficit comercial con China creció casi un cuarto desde 2016. Estados Unidos sí obtuvo un nuevo acuerdo comercial norteamericano, sin las cláusulas de inversión que quería la mesa redonda, sin las cláusula s para elevar los precios de los medicamentos que querían las farmacéuticas.

Trump, el auto proclamado maestro de las operaciones, perdió en casi todos los frentes en sus negociaciones con los congresistas demócratas, lo que dio como resultado un acuerdo comercial apenas levemente mejorado.

Y a pesar de sus presumidas promesas de repatriar empleos de manufactura, el aumento de empleo en ese sector es más bajo del que había durante la presidencia de Barack Obama una vez producida la recuperación de la crisis.

 

Y aun juzgando por PBI, la economía de Trump se queda corta. El crecimiento del último trimestre fue de apenas 2,1%, mucho menos del 4%,5% y hasta 6% que prometía en su campaña e incluso menos del promedio de 2,4” del segundo periodo de Obama.

Ese es un desempeño notablemente pobre considerando el estímulo que brinda el déficit de US$ 1 billón y las tasas de interés ultra bajas. Esto no es ni casual ni un golpe de mala suerte. La marca de Trump es incertidumbre, volatilidad y embuste. Para crecer, en cambio, hace falta confianza y estabilidad. También igualdad, según el FMI.

 

De modo que Trump merece un aplazo no solo en tareas esenciales como defender la democracia y preservar el planeta. Tampoco debería aprobar la materia economía.

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