La troika se despide pero no los ajustes

El FMI anunció su salida del triunvirato que forma con la Comisión y el Banco Central Europeos, tras las duras acusaciones intercambiadas por los rescates a los países abatidos por la crisis del euro, como Grecia y Chipre, o Portugal e Irlanda. 

La troika entre Bruselas y Washington, nacida en 2010, con Grecia al borde de la catástrofe, está a sólo un paso del final. Surgida de la oposición de Alemania a la iniciativa de salvataje del euro, constituyendo un Fondo Monetario Europeo y complaciendo a Berlín con la inclusión del FMI, los rescates que supuestamente estarían armados con excelencia técnica tuvieron entre malos y pésimos resultados que terminaron por desbaratar al triunvirato.
Las acusaciones atraviesan el Viejo Continente de norte a sur y cruzan el Atlántico de ida y de vuelta ante una realidad irreversible: los recortes no hicieron levantar cabeza a las economías que sustentan el euro ni se crearon empleos para restablecer la paz social.
El Parlamento Europeo estudia abrir comisiones de investigación sobre todo lo ocurrido. El BCE se escudó en un conservadurismo a ultranza y el FMI entremezcla la autocrítica por el ajuste aplicado a Grecia con un furibundo ataque a primeros ministros, ministros de Finanzas, comisarios, funcionarios del Eurogrupo y halcones del BCE. 
Se queja de que los europeos eludieron la reestructuración de la deuda griega, los estímulos perpetuos que demandan Portugal e Irlanda y la debacle de Chipre.
Bruselas critica la deslealtad del Fondo, que achaca al creciente protagonismo de los países emergentes. China, Brasil y compañía están molestos con los riesgos asumidos en Europa, un continente tan rico para ser rescatado (la renta per capita irlandesa es la cuarta de la UE: superior a la alemana y muy por encima de la brasileña) como tóxico para la credibilidad del FMI, que estaba dispuesto a aportar un tercio del rescate en Grecia; y en Chipre sólo a contribuir con el 10%. 
La troika, incluido el FMI, naufraga porque solo impusieron ajustes a los rescatados, cuando el problema era de toda la zona euro, de Berlín y de Fráncfort.
Las opiniones académicas advierten que, más allá de que la troika sea incómoda para el FMI y Europa y el Fondo critique a la UE por su rechazo a reestructurar deudas insostenibles, su fracaso para recapitalizar bancos y su insistencia en la austeridad, el desastre será seguro si Europa continúa con su negación respecto de la banca o la necesidad de reestructurar deudas allá donde es imprescindible, y sobre todo si sigue en esa carrera absurda de austeridad y reformas sin que el BCE y Alemania compensen por algún lado.
Los programas se diseñaron para proteger a los países que están bien, no para salvar a los rescatados, retrucan desde Washington.  Y advierten que en general no habrá solución hasta que los acreedores lleguen a acuerdos con los deudores. 
Desde la London School of Economics, se culpa a la troika por haber orquestado una recesión en toda Europa con esos programas basados en la austeridad sin poner peros a los países acreedores, como Alemania, que deberían hacer mucho más. 
El réquiem a la troika lejos está de significar que los fundamentalistas de la tijera no se sigan imponiendo en las instituciones europeas. En Bruselas, lo que no se consiguió cortar de los presupuestos fiscales, se aplicó ortodoxamente en la política monetaria.
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