India y Somalía ponen en evidencia el declive de la OTAN

Ni la entidad ni la quinta flota de Estados Unidos pueden hacer nada contra los piratas en el cuerno de África. El sangriento ataque como Bombay sugiere también impotencia ante el terrorismo organizado en la misma zona del planeta.

1 diciembre, 2008

Pero existía ya una señal temprana, detectada por George Friedman, experto en geopolítica allegado al Pentágono. A principios de octubre, la canciller alemana Angela Merkel viajó a Petersburgo para discutir con Vladyímir Putin un pacto de seguridad mutua, entre la Unión Europea y Rusia.

Llamado luego “Helsinki II”, el esquema será ajeno a la Organización del Tratado Noratlántico. Contra lo previsto –dada su obsesión por el escudo nuclear antimoscovita-, Polonia, Chequia y las repúblicas bálticas estaban de acuerdo. Era natural: esa zona soportó las peores presiones ligadas a la guerra fría (1945/1991) y no les interesa volver a ese clima. Tampoco a Francia, España, Italia y los Balcanes.

“Se acerca la hora, entonces –apunta el analista- de replantear relaciones con EE.UU. y el destino de la OTAN. Lo ocurrido en los golfos de Adén (piratería mayorista) y Omán (asedio a Bombay desde el mar) lo pone de manifiesto”. Tras el encuentro en Petersburgo, Merkel objetó la idea de incorporar Ucrania y Georgia a la organización y Nicolas Sarkozy hizo lo mismo hablando con Dmitri Miedvyédiev en Evian.

Como “represalia”, Washington amenazó con disolver el consejo Rusia-OTAN que, desde 2002, discute el avance de la entidad sobre Europa occidental. A nadie se le movió un pelo. Atados a la doble guerra Irak-Afganistán, los norteamericanos parecen superados en su flanco europeo. Por otra parte, el megaterrorismo musulmán no alcanza a esa región ni a EE.UU., pero avanza en su propio terreno, Asia sudoccidental y meridional, bajo diversos ropajes. Hoy el estrecho de Ormuz –llave del golfo Pérsico- debe cuidarse no ya de Irán, sino de piratas –que sólo Rusia e India enfrentan- o de al-Qa’eda.

Pero existía ya una señal temprana, detectada por George Friedman, experto en geopolítica allegado al Pentágono. A principios de octubre, la canciller alemana Angela Merkel viajó a Petersburgo para discutir con Vladyímir Putin un pacto de seguridad mutua, entre la Unión Europea y Rusia.

Llamado luego “Helsinki II”, el esquema será ajeno a la Organización del Tratado Noratlántico. Contra lo previsto –dada su obsesión por el escudo nuclear antimoscovita-, Polonia, Chequia y las repúblicas bálticas estaban de acuerdo. Era natural: esa zona soportó las peores presiones ligadas a la guerra fría (1945/1991) y no les interesa volver a ese clima. Tampoco a Francia, España, Italia y los Balcanes.

“Se acerca la hora, entonces –apunta el analista- de replantear relaciones con EE.UU. y el destino de la OTAN. Lo ocurrido en los golfos de Adén (piratería mayorista) y Omán (asedio a Bombay desde el mar) lo pone de manifiesto”. Tras el encuentro en Petersburgo, Merkel objetó la idea de incorporar Ucrania y Georgia a la organización y Nicolas Sarkozy hizo lo mismo hablando con Dmitri Miedvyédiev en Evian.

Como “represalia”, Washington amenazó con disolver el consejo Rusia-OTAN que, desde 2002, discute el avance de la entidad sobre Europa occidental. A nadie se le movió un pelo. Atados a la doble guerra Irak-Afganistán, los norteamericanos parecen superados en su flanco europeo. Por otra parte, el megaterrorismo musulmán no alcanza a esa región ni a EE.UU., pero avanza en su propio terreno, Asia sudoccidental y meridional, bajo diversos ropajes. Hoy el estrecho de Ormuz –llave del golfo Pérsico- debe cuidarse no ya de Irán, sino de piratas –que sólo Rusia e India enfrentan- o de al-Qa’eda.

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