Ganó el No, pero Escocia ha marcado un camino

Ayer los escoceses decidieron que quieren seguir formando parte del Reino Unido. Pero todo el proceso del referéndum ha marcado un rumbo que probablemente transitarán otras regiones de Europa con fuerte sentido de identidad.

19 septiembre, 2014

En muchos sentidos, el resultado de la votación es menos importante que el contexto político en que se produce – específicamente la profunda crisis de gobernanza  en el Reino Unido y la Unión Europea. El referéndum escocés probablemente afecte la evolución de esta gran crisis pero no la resolverá. Para comprender por qué, primero hay que entender la naturaleza del Reino Unido y el estatus de  grandes países con diversidad en su interior, como el Reino Unido, en la Unión Europea, analizan Fiona Hill y Jeremy Shapiro en Foreign Affairs.

 

Londres versus el Reino Unido

Cuando los escoceses protestan contra Inglaterra, realmente están pensando en los políticos en la sede del gobierno en Westminster, y en Londres y en el sur de Inglaterra, que se  han convertido en lugares grandes, caros y alejados – económica y culturalmente – del resto del país.  El poder político y financiero del Reino Unido está fuertemente concentrado en Londres y sus alrededores, lo mismo que las oportunidades de empleo. La infraestructura del Reino Unido está mucho más desarrollada en el sur que en el norte o en Escocia y Gales; y los residentes de esas regiones  carecen de acceso fácil a otras partes del país, incluyendo Londres. Las diferencias económicas son claramente visibles en la vida cotidiana. Mientras la capital bulle día y noche, los pueblos y las ciudades de otras regiones del país parecen desiertas, aun durante las horas del día.

Para la gente de Escocia, Londres puede parecer otro país. Por cierto, también parece extranjera para muchos de los residentes del resto de Inglaterra, que incluye el centro y el norte. En las grandes extensiones de la Inglaterra rural del norte  los pobladores están tan convencidos como Escocia de que los políticos en Londres no tienen en cuenta sus intereses. Hay una clara división norte-sur en el Reino Unido en lo que hace a satisfacción con la economía, por ejemplo. Pero la línea divisoria no corre transversalmente a lo largo de la frontera con Escocia. Se extiende hacia abajo por toda Inglaterra. Sólo 33% de los londinenses y residentes del sur inglés considera que la economía está “mal”; pero en Escocia y el norte de Inglaterra el porcentaje crece a 46 y 42%, respectivamente, , recaba Foreign Affairs.

 

Parte del problema es el partido Conservador en el gobierno, que es visto como el partido de las élites privilegiadas que defienden sus propios intereses. Tiene pocas mujeres y minorías en sus filas y un déficit de figuras políticas con acentos regionales. En 2013 The Economist decía que “de la 158 bancas que componen las tres regiones inglesas del norte, sólo 43 son conservadoras”. Mientras tanto, el Partido Laborista, que es fuerte en Escocia, Gales y el norte de Inglaterra, tiene “nada más de diez de las 197 bancas en las tres regiones de la región al sur de Londres”. Y en una encuesta reciente, 60% de los norteños y escoceses expresaron disconformidad con el desempeño del primer ministro conservador David Cameron (50% en Londres y en el Sur).

O sea que los independentistas escoceses no están solos. Están expresando las mismas quejas que muchos residentes de Inglaterra. La principal diferencia es que el nacionalista escocés y la estructura política de devolución han dado a Escocia un vocabulario y una plataforma para hacer algo que la gente de otras partes del Reino Unido no puede: buscar su independencia de Londres. Entonces, más allá de que haya ganado el No, el problema de Londres seguirá creciendo como problema político. Van a hacer falta mayores esfuerzos de parte de la clase política británica, incluyendo a los del partido conservador, para llenar la brecha política y económica entre la capital y el sur por un lado y el resto del país por el otro.

 

Europa y el complejo de Napoleón

 

Claro que el problema de las capitales alejadas del interior de sus países no es nuevo ni desconocido en otras partes de Europa. En Francia, el más centralizado de los estados de Europa Occidental, París es vista desde hace mucho tiempo como un gigante cultural y político que provoca resentimiento en las provincias. Pero esta eterna lucha ahora se está dando en un paisaje político moldeado por la Unión Europea. No debería sorprender que una postura clave en la plataforma independentista del Partido Nacional Escocés es la de mantener la membresía en la Unión Europea. Aunque la UE es muy impopular en el Reino Unido, en Escocia es vista como la entidad que les brinda protección de las depredaciones de Londres.

En muchos aspectos, el actual movimiento independentista escocés no sería posible sin la Unión Europea. En el pasado, por insufribles que las provincias encontraran a sus capitales, las necesitaban para ejercer las funciones críticas de nacionalidad—para defenderlas de los depredadores extranjeros, brindar las economías de escala necesarias para las economías modernas y establecer un mercado para sus productos. Hoy no es tan claro que una provincia siga necesitando a una entidad nacional más grande para prosperar. Las capitales nacionales han sido reducidas al rango de gerentes medios en la gobernanza europea y pueden  fácilmente ser repuestas por entidades menores. Por eso es que una de las preguntas que fueron clave en el debate del referéndum – si Escocia es lo suficientemente grande como para ser un estado “viable” – es inapropiada. Si la OTAN brinda defensa de agresiones externas y la UE libre acceso a los grandes mercados del mundo, entonces un estado de cualquier tamaño puede ser viable.

Luxemburgo, por ejemplo, es el estado más pequeño en la UE, con solo 500.000 ciudadanos. Es también el más rico, un estatus que ha logrado esencialmente sin ningún requisito para la defensa a nivel nacional u otros medios tradicionales para mantener su soberanía. Para Luxemburgo, la soberanía compartida dentro de la UE ha sido un precio pequeño a pagar por la oportunidad de enfocarse en temas locales y lograr prosperidad. También el suyo es un buen acuerdo para las élites locales que tienen la oportunidad de competir por el prestigio de convertirse en primer ministro de Luxemburgo, y como tal, poder sentarse a las mesas de la UE y la OTAN en lugar de verse obligado a servir como gobernador de una provincia del sudeste de Bélgica.  

 

Un futuro secesionista

 

A pesar de no haber triunfado el movimiento independentista escocés, Escocia no será la última región en Europa en buscar una situación similar. Le ha marcado el camino a toda provincia que tenga una identidad regional, políticos ambiciosos o un odio hacia su ciudad capital como para buscar la independencia, o al menos mucha más autonomía dentro del abrazo protector de la UE. A nadie extraña que otra región europea con fuerte identidad, Cataluña, parezca a punto de encaminarse por la misma senda. Tampoco sorprende que el Reino Unido, con su construcción explícitamente multinacional y su profunda y creciente división entre capital y provincias, haya sido el primer país en sentir lo que podría llamarse “el efecto UE”.

 

Si los líderes escoceses se aseguraban una membresía en la UE, podían lograr las mismas condiciones que sus colegas en Luxemburgo. El líder de una Escocia potencialmente independiente también habría podido aspirar a una posición de liderazgo al frente de la UE, como Jean Claude Juncker, el ex Primer Ministro de Luxemburgo que recientemente se convirtió en presidente de la Comisión Europea.

 

La UE debe, entonces, desarrollar formas para que las regiones con un fuerte sentido de identidad coexistan con sus ciudades capitales o para que se divorcien de manera que sea consistente con una Europa razonablemente fuerte. El referéndum de Escocia, en ese sentido, fue un importante experimento. Los detalles concretos de lo que ocurrió no importarán tanto como el tema de si Londres y Edimburgo son capaces de desarrollar cooperativamente desarrollar una nueva relación. Ahora que los resultados casi totales de la votación indican que seguirán siendo un país, Londres deberá encontrar una forma de reducir su abrumadora presencia en la vida escocesa y de revigorizar la autonomía regional y su vitalidad económica.

 

Igualmente urgente, Londres tendrá que explorar nuevos mecanismos para gobernar el Reino Unido si espera mantener unido al resto del país. Las diversas medidas sueltas que se originaron en los 90 como respuesta a demandas de poblaciones locales insatisfechas han creado un combinado de acuerdos de gobernanza en el Reino que no satisface a nadie. Tal vez sea hora de que Londres tome la iniciativa y proponga una restructuración total según lineamientos más federales que den a otras partes, incluyendo Londres mismo, una posición formal constitucional y poderes locales iguales dentro de una esquema europeo.

 

Ese sería un paso drástico para un país que ha favorecido tradicionalmente acuerdos informales de gobernanza que preservan la ficción de que toda la soberanía reside en la monarquía. Pero aun si esa ficción fue conveniente durante un tiempo, ya no funciona. Un Reino Unido moderno en una moderna Unión Europea necesita considerar una nueva narrativa.

 

 

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